Cuestión de principios

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Una de las reacciones más repetidas ante los atentados de Bruselas del pasado día 22   ha sido la de que esos actos terroristas se dirigían contra nuestros valores y principios. Estoy de acuerdo. De lo que no estoy tan seguro es de que todos nos refiramos a lo mismo. Tengo la seguridad de que, en muchos casos, se está pensando en los “nuestros” frente a los “suyos”; lo que implica reforzar la voluntad de parapetarnos en una supuesta superior cultura judeo-cristiana-occidental.  Creo que tal concepción encierra dos errores esenciales. El primero se prueba con el evidente dato de que cerca del 90% de las víctimas de los yihadistas sunitas son musulmanes. El segundo atenta contra la piedra angular: el principio de los principios: todos los humanos nacemos iguales en dignidad y derechos. Asumir esta proposición, la primera de la Declaración Universal de Derechos, implica una gran responsabilidad; supone el compromiso recíproco, entre todos los que decimos defenderla y con el resto de nuestros congéneres. De ese principio se derivan el derecho de todos los hombres a condiciones materiales suficientes, alimento, vivienda, salud;  a la libertad de pensar y expresar lo que se piensa y siente; a vivir sin amenazas la propia condición sexual, étnica, religiosa, cultural; a elegir y disfrutar un lugar en el mundo… y, por tanto, el compromiso de todos para que esos derechos sean efectivos. Que los asesinos de Bruselas… y de Lahore (Pakistán) y de tantos otros lugares en Siria, Irak, Yemen, Mali… atentan contra esos principios desde su ideología excluyente nos resulta evidente. Lo que nos cuesta más trabajo ver es el terrible castigo a que los somete la actitud del Occidente desarrollado, heredero de quienes crearon y lucharon por esos principios. Basta ver la atención que reclaman los medios de comunicación para unos u otros atentados. Cada ser humano sufriente ha de ser un desgarro similar y cada sufrimiento evitable un aldabonazo para actuar. Ese es el compromiso al que apelan nuestros “principios”. La vergüenza de cerrar las puertas a  cientos de miles de congéneres que huyen de la guerra y la intolerancia, dejando atrás sus hogares, su tierra, su modo de vida… destruye nuestros valores y principios de un modo más intenso que los ataques del terrorismo, porque viene de quienes decimos defenderlos.

Cuanto me gustaría que el PSOE no se dejase atrapar en la trampa del nacionalismo

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Se que el tiempo verbal de la subordinada del título está equivocado, aunque sea gramaticalmente correcto; debe poner “no se hubiese dejado”, pero prefiero dejar la desesperanza para la segunda frase en lugar de manifestarla en la cabecera. Adelanto desde ya que mi tesis es la contraria a la que pudiera pensarse de una primera interpretación del titular.

El PSOE se encuentra en estos días en una encrucijada que implica más que la responsabilidad de formar gobierno para los próximos años; compromete su propia definición ideológica. Este partido histórico, en el cual milito, nació, como la ideología socialista que proclama en su frontispicio, como herramienta de transformación social con el objetivo de conseguir un modo de relacionarnos que permitiera acabar con la explotación de los de abajo por los de arriba, de los desposeídos por los poseedores, de los obreros por los amos. Por eso el eje sobre el que gira o debería girar el socialismo –y el PSOE- es la IGUALDAD. En tiempos de frases huecas y repetición de consignas, desmenuzar, analizar y reflexionar debería ser un ejercicio necesario. (No  pretendo decir con esto que mi reflexión sea  “necesaria”, simplemente tiendo a rascar la superficie y dejar escrito lo que encuentro).  Igualdad nos conduce a los principios, o sea a la génesis, o sea a la esencia. Cuando la Asamblea Constituyente en la Francia revolucionaria de 1789 decide poner por escrito el contrato del pueblo al que representan con sus gobernantes, esto es, una Constitución, se dan cuenta de que necesitan asentarla y de que sólo la darán cimientos firmes si ese asiento lo hacen sobre valores universales (a pesar de lo muy franceses y lo mucho franceses que siempre han sido los franceses). Y parieron la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y proclamaron en su primer artículo: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Los hombres, no sólo los franceses. Más tarde se incorporarían las mujeres a este gran principio universal de la igualdad. El socialismo nace de la necesidad de hacerlo  posible, desde la constatación que las ideologías y las prácticas basadas en el individualismo y el egoísmo conducían a la desigualdad tanto en acceso a la riqueza  como al ejercicio efectivo de derechos. Por eso el socialismo es la ideología de los de abajo y, por eso, el socialismo es una ideología universalista, ecuménica. Por eso la Internacional Socialista, ante la inminencia de la Primera Guerra Mundial, instó a los obreros a que no luchasen entre sí por intereses nacionales. Si proclamamos la dignidad humana, es decir, el acceso igual de todos los hombres a los recursos que les posibiliten construir su felicidad y elevamos esos recursos a la categoría de derechos universales, han de ser para todos, sin ninguna distinción de procedencias o sentimientos de pertenencia. Es la proclamación de los derechos individuales, tanto económicos como de libertades, el compromiso recíproco que representa y el contrato social para hacerlos efectivos lo que constituye esos principios, génesis o esencia que arriba mencionaba. Conviene resaltar que no solo nos referimos a libertades públicas y derechos ciudadanos, sino también a cosas tan esenciales como el derecho a tener con que alimentarse, a una vivienda, a un trabajo y salario dignos… Los derechos de los pueblos sólo deberían ser esgrimidos para aspectos culturales que no afecten a ese principio. Siempre que hemos antepuesto y anteponemos los derechos de los pueblos al de los individuos hemos cosechado y cosechamos enormes desgracias. La URSS no votó a favor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 por pretender que el Estado estaba por encima de los derechos individuales.(Como puede deducirse, no soy comunista). Los Estados, las naciones y sus instituciones, por tanto, no son fines en si mismos, sino medios (y me atrevo a afirmar que ya trasnochados) para ese gran objetivo ético de la justicia.

Por eso, no entiendo que la defensa de la nación española sea la línea roja para que el PSOE lidere un gobierno que ponga a la gente como objetivo, que luche contra la desigualdad y que garantice los derechos económicos y sociales. La organización territorial no es un fin, es un medio y su definición ha de conllevar un cambio constitucional que requiere un amplio consenso. Lo que ahora necesitamos es reconocer que la mayoría de los catalanes y probablemente de otros territorios dentro de España quieren tener la posibilidad de decidir el modo de relacionarse institucionalmente con el resto. Los resultados de las elecciones y las encuestas sociológicas lo señalan con toda claridad. La suma de los abiertamente independentistas y los que piden votar para decidir representa, en el caso específico catalán una mayoría incuestionable. Reconózcase esa realidad. Enfrentar a los nacionalismos periféricos el nacionalismo centralista es estimular la exacerbación de los sentimientos de pertenencia, de las afirmaciones grandilocuentes de los derechos de los pueblos y eso, vuelvo a decirlo, es tremendamente dañino. Es una trampa. Enaltecer sentimientos identitarios es muy sencillo, porque conecta con resortes inconscientes  y, una vez evoluciona a odio tribal, resulta incontrolable. En eso que llamamos ciencias sociales, el único laboratorio que tenemos es la experiencia histórica y ya nos ha demostrado sobradamente los resultados cuando se enfrentan nacionalismos exaltados. Probablemente una acción de gobierno que rescatase a los españoles, incluidos los catalanes – y los vascos, los gallegos, los andaluces…- , de la exclusión y dejase de criminalizar los sentimientos de pertenecía haría más por esa unidad de España que se pretende defender. Por eso, en esta circunstancia, tender la mano a los nacionalistas y evitar amenazarles con la “acción de la justicia”  me parece la actitud más sensata. Me parecería imperdonable perder la oportunidad de formar hoy un gobierno de cambio. Y creo que hemos de dejar de alimentar el dramatismo ante la posibilidad de que mañana una parte de los ciudadanos que forman el Estado decida iniciar una andadura con instituciones independientes.

Identidades mezquinas.

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Por qué crece EEUU y no la eurozona, se preguntaba Juan Ignacio Crespo hace unos días en El Pais. Como estoy enganchado a los artículos de Krugman de cada domingo, la cuestión me es familiar y también su respuesta (me refiero, claro está, a la respuesta que le dan los economistas a los que leo). Ambas partes del mundo, ambas economías, son grandes, muy pobladas, muy desarrolladas y muy heterogéneas en cuanto a su geografía, recursos e incluso especialización económica. De hecho EEUU tiene entre Estados más diferencias geográficas, poblacionales y productivas que la Eurozona entre sus Estados. Ambas partes del mundo alimentaron un voraz sistema de especulación financiera nutrido por una indecente desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza; ambas mantuvieron desequilibrios internos entre Estados deudores y acreedores; en ambas explotaron burbujas inmobiliarias localizadas en determinados Estados; ambas rescataron sus bancos con enormes y parecidas cantidades de dinero; en ambas creció el endeudamiento público en determinados Estados. Sin embargo EEUU no ha sufrido una crisis de deuda soberana, ha mantenido el empleo y ha limitado el período de recesión.
Desde un punto de vista económico, y siguiendo las tesis de estos economistas que cito y otros de su escuela (más o menos neokeynesianos) la razón es que en EEUU el Estado Federal ha mantenido políticas monetarias y fiscales de estímulo. Toda deuda de cualquiera de sus Estados tiene la garantía del Estado Federal y su banco central, la Reserva Federal, ha comprado toda la deuda necesaria, incluso futura. Pero además, ha invertido en sector público o para-público 4 billones de dólares. ¡Sorprendente!. Por el contrario, la Eurozona dejó a sus Estados con problemas abandonados a su suerte, permitiendo que los intereses de sus deudas subieran hasta porcentajes inasumibles, para después diseñar rescates pensando en los acreedores, no en los deudores. (El artículo de Krugman publicado el 1 de febrero en El País lo explica bastante bien) Y en lugar de promover gasto público, ha obligado a que sus Estados lo reduzcan en eso que se ha llamado muy acertadamente “austericidio”.
Lo dicho hasta aquí lo han escrito y documentado quienes saben y nada añado ni aporto; lo traigo a colación porque creo que hay un elemento, no económico, que es fundamental para explicar porqué se está infligiendo a la población de los países periféricos de la zona Euro y a tantos y tantos seres humanos en el mundo un sufrimiento innecesario. Se trata del sentimiento de pertenencia. Para un neoyorquino, un californiano es un compatriota, pese a la gran distancia geográfica, cultural, productiva… y por mucho que su Estado acumulase desequilibrios económicos y endeudamiento enormes. Para un alemán, un griego es un extranjero (y, además, vago, trilero, bajito y moreno). Para la Unión Europea o para el Banco Central del euro, corregir el endeudamiento griego e invertir para armonizar su economía con las de quienes compartimos moneda habría tenido un coste insignificante, desde luego mucho menor que el de la integración de la antigua Alemania del Este en la Alemania unida. Sin embargo, en este caso, el sentimiento identitario facilitó cualquier esfuerzo.
En este, como en prácticamente todos los grandes y pequeños conflictos humanos, subyace el egoísmo individual o tribal. Nuestra evolución como especie lo ha dejado grabado en lo más recóndito e inaccesible de cada una de nuestras mentes. Somos individuos sociales (con toda la contradicción que, incluso en sus propios términos, supone); pero tendemos a reconocer como propios y a reconocernos como integrantes de uno o varios más o menos pequeños grupos y a sentir como extraños, cuando no enemigos, a los otros: familia, tribu, equipo de fútbol, nación, religión, raza… Estos sentimientos, directores de comportamientos que nos han servido en el proceso evolutivo por selección natural, nos lastran en la evolución cultural con la que tratamos de paliar la desorientación a que nuestra “humanidad” nos avoca. El gran e inacabado edificio de la ética, en cuya construcción hemos ido tratando de enterrar situaciones como la esclavitud, la consideración de inferioridad de los individuos en razón de su sexo o su raza, la explotación económica o la opresión respecto de las libertades (con desiguales resultados), parte de la consideración, de la autoproclamación de que todos los humanos, por el solo hecho de serlo, nos reconocemos nacidos iguales en dignidad y derechos. Sólo los sentimiento de hermandad, de identidad con todos los hombres, de pertenencia a una única y gran familia humana, nos pueden llevar a poner como objetivo de nuestro trabajo, de las ciencias, de la tecnología, de la economía… el paliar el sufrimiento y crear las condiciones para que cada individuo tenga la oportunidad de construir sus caminos de felicidad.

Ya engordan los judiones en sus vainas

En el mes de diciembre, escribí una entrada en el blog que titulé “Una de judiones…”  dedicada al proyecto de la marca de garantía del judión de la Granja y en la que acababa diciendo:  “Si […] os llama la atención la idea, os sugiero que sigáis atentos al desarrollo del asunto. Hoy, la parte más visible del asunto es la media hectárea cultivada en la parcela detrás de la Casa del Pulimento: las guías de las plantas suben enredándose en sus varas, al tiempo que las flores germinadas van dando paso a prometedoras vainas.

 

 

Hemos construido una sociedad en la que triunfan los valores egoístas sobre  los cooperantes, los individuales sobre los comunes, los competitivos sobre los colaborativos. Como consecuencia, en el seno de una sociedad desarrollada y con posibilidad sobrada de generar recursos para satisfacer con creces las necesidades de todos, una parte muy significativa, que en el caso de los jóvenes llega al 50%, queda excluida del trabajo y, con ello, del acceso a ingresos propios, independencia, seguridad, proyectos de crecimiento, derechos económicos, en definitiva, dignidad. De lo que estamos hablando, o al menos de lo que a mi me interesa hablar en este proyecto, es  de la iniciativa conjunta de un grupo de ciudadanos y de una administración pública para posibilitar una alternativa de creación de riqueza y generación de trabajo.

Faltan algunos años aun para que veamos hasta que punto se cumplen las expectativas. No pretendo profetizar. Lo cierto es que el punto actual es decisivo para que podamos ver desarrollarse el potencial de la idea. La parcela a que me refería arriba, es el banco de semilla previsto para proveer a aquellos cultivadores que quieran adherirse a la marca de garantía “Judión de la Granja”.  La marca, de la que es titular el Ayuntamiento del Real Sitio, nace con una imagen consolidada, ya que el judión de la Granja, con tal denominación, es reconocido y demandado tanto en los comercios como, sobre todo, en los restaurantes. Esta es una ventaja comparativa nada desdeñable. Solo podrán denominar y vender como judiones de la Granja aquellos cultivadores, comerciantes o restauradores que se adhieran a la marca y a los controles garantes del cumplimiento de sus  requisitos. El primer paso es tener una buena producción de judiones con calidad para ser certificados como judión de La Granja. El objeto del banco de semillas es poder suministrar auténticos judiones, cultivados en La Granja y con las características idóneas verificadas por el Consorcio Agropecuario Provincial, a los agricultores que quieran producirlos. Con una demanda estimada de 25.000 Kg. solo en la Provincia de Segovia, que ha de ser creciente también fuera de ella en la medida en que la su promoción aumente, la pretensión es que cultivar judión sea una alternativa rentable y posibilitadora de empleo.

Es difícil competir con productos importados, fundamentalmente del continente americano. Esas legumbres, que acaban comercializándose como judión de La Granja, además de fraude al consumidor, implican incidencias negativas ambientales y sociales. No tenemos garantías sobre el modo en que han sido producidas; de lo que sí tenemos seguridad es de que han recorrido algunos miles de kilómetros y de que o los agricultores han sido infrapagados o los productos subvencionados, de modo que no es posible competir en precio. La marca de garantía supone una protección frente a ese “dumping” y, con ello, una oportunidad para quienes se decidan a intentar aprovecharla.

¿Quiénes son los antisistema?

Las elecciones europeas han dejado una resaca de incertidumbre y miedo entre quienes piensan en la política como “su” modo de vida y entre los medios de comunicación que les sirven de altavoz. En su nerviosismo espetan descalificaciones genéricas sin muchos argumentos. Una de las más repetida es “anti-sistema”. La cuestión está en qué entendemos por “sistema”. Si hemos de entender un  modo tal de gobernarnos que posibilita la explotación del hombre por el hombre, la exclusión del desfavorecido, la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, la miseria para millones de congéneres, la pobreza extrema y la muerte por hambre y enfermedades fácilmente curables de un niño cada 30 segundos… , entonces antisistema no sería un insulto, sino más bien una alabanza.  Sin embargo, si por sistema entendemos el modo en que hemos decidido organizarnos para que la sociedad posibilite la felicidad de sus individuos y la justicia, es decir, un modo que aun está en construcción, en conflicto, pero que tiene objetivos definidos, ¿Quienes son los a favor y quienes los “anti”? Dedico esta entrada a pensar un poco sobre ello.

Margaret thatcher

Esta extraordinaria especie a la que pertenecemos se originó y ha evolucionado superando su vulnerabilidad mediante la cooperación, la empatía, el reconocimiento de los otros, la creación de vínculos con ellos y, al tiempo, mediante la conciencia individual, la constitución de una identidad propia a la que no le sirve el determinismo genético como guía de comportamiento. Somos constitutivamente híbridos de egoísmo y altruismo, somos individuos sociales y somos la única especie capaz de autodeterminar sus modos de actuar y organizarse desde el futuro, mirando a lo que queremos ser y no desde el pasado, desde el dictado de los instintos. ¿Y donde hemos decidido ir? Sin duda, a la búsqueda de la felicidad (En anteriores entradas del blog esta teoría está desarrollada y sustentada con algunas citas y referencias; o sea que a los 4 lectores habituales os resultará repetitivo, pero necesito iniciar así la reflexión ). He aquí los ingredientes de un conflicto permanente individuo – sociedad, entre los comportamientos que maximizan mi propia felicidad y los que contribuyen a la felicidad social, a la justicia. Necesitamos a los otros, progresamos en tanto somos miembros de una sociedad que progresa, pero las motivaciones egoístas son, como señaló Russell y como nos muestra el laboratorio de la Historia, más potentes que las altruistas. De este conflicto nace la política, nacen las morales, las normas, el derecho. Es imprescindible regular el modo de organizarnos para evitar que las pulsiones egoístas: el gorrón, el corrupto, el que se aprovecha de lo conseguido como comunidad sin aportar, acaben con la cohesión de la comunidad y, a la postre, con todos sus individuos.
No defiendo un desarrollo lineal de la Historia, pero sí veo con claridad que los hombres buscamos la felicidad y sólo podemos construir nuestros caminos hacia ese objetivo en el marco de sociedades que posibiliten para todos sus individuos condiciones que lo permitan. Me parece bastante gráfica y bastante fiel con la realidad la imagen de un bucle. Los humanos, las civilizaciones avanzan y retroceden, caen en los mismos errores, tropiezan con las mismas piedras, pero van creando nuevas ideas y nuevas praxis en el camino hacia una sociedad que destierre la explotación, la marginación, el sufrimiento innecesario del hombre por el hombre. Es “La lucha por la dignidad” (lo entrecomillo porque es el título del ensayo de J.A. Marina y M de la Válgoma que estudia esa evolución). Una lucha que ha producido grandes victorias. Voy a hacer mención sólo a una: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su preámbulo dice: “La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana. (la cursiva en iguales y todos es mía). A partir de aquí nos reconocemos mutuamente derechos y los incorporamos en nuestras constituciones nacionales. Se trata de auténticos contratos sociales (no ya el teórico contrato constituyente de la sociedad o del cuerpo social de que hablaron Rousseau o Hobbes), pactos que rigen entre gobernantes y gobernados, acuerdos que suponen la base de nuestro sistema social.
Y dicho esto vuelvo a la pregunta del título ¿Quiénes son los antisistema? Hay ciudadanos reclamando más democracia, que los gobernantes no sean diferentes de los gobernados, que su acción se dirija a igualar las oportunidades, a igualar el acceso a los recursos y la riqueza que la sociedad genera, a evitar la discriminación y el sufrimiento, a universalizar servicios esenciales y el acceso y ejercicio efectivo de los derechos. Hay ciudadanos que acumulan cantidades enormes de riqueza y recursos en sociedades cada vez más escandalosamente desiguales, que utilizan el sistema de lo público para maximizar su propio beneficio, que niegan a sus conciudadanos el acceso al trabajo, a condiciones materiales mínimas, al ejercicio efectivo de sus derechos bajo la premisa de que nadie debe impedir al individuo progresar todo lo que pueda (aunque necesitan de lo público para posibilitarlo y, eventualmente, rescatarlos). Es posible que algunos de los primeros lleven camisas étnicas de comercio justo y se sumen a cada marea reivindicativa y algunos de los segundos vistan traje y corbata y se sienten en consejos de administración. No nos dejemos engañar. Hay ciudadanos e ideologías que defienden la generación del mayor beneficio “para mí, aquí y ahora” a costa de sus conciudadanos, de nuestros hijos y del planeta. No me cabe duda. Ellos son los antisistema. La gran consigna contra todo sistema social, contra la construcción de la órbita de la ética, contra el progreso, aunque sea haciendo bucles, hacia la ciudad feliz, esto es, hacia la justicia, es esta: “No existe la sociedad, tan solo individuos” y no la pronunció un joven con rastas, sino Margaret Thatcher.

Y 8. Sobre la construcción de la ética y la justicia

Recapitulando. Partimos de la evidencia de que la nuestra es una especie extraordinaria, excepcional. Esa excepcionalidad se ha fraguado en su evolución. Hemos sobrevivido a la vulnerabilidad, constituyéndonos como seres conscientes de nuestra individualidad, al tiempo que cooperantes, sociales, compasivos. En ese proceso hemos desarrollado una inteligencia que ha superado en capacidad a la del resto de especies pero, sobre todo, ha ampliado sus competencias con la de previsión, anticipación del futuro, planteamiento de proyectos. Esa capacidad que nos otorga libertad, nos deja desamparados. Nuestros comportamientos ya no están predeterminados por y para la supervivencia y la continuidad. Ello nos obliga a decidir y a determinar nuestros objetivos. De lo que estamos seguros es de que queremos ser felices. También sabemos con seguridad que sólo es posible en sociedad. Y hemos descubierto que el mejor modo de garantizar las condiciones que nos permitan ser felices es reconocernos derechos, comprometernos recíprocamente a garantizarnos su cumplimiento efectivo y afirmarnos solemnemente como seres dotados de dignidad.

Ese es el cimiento. Ahora toca poner hiladas: ¿Qué derechos? Puesto que ya sabemos que no nacemos con derechos sino que nos los reconocemos, son nuestra creación, ¿vale cualquier derecho?, ¿puedo con legitimidad afirmar, por ejemplo, mi derecho a explotarte porque soy miembro de una raza superior o porque soy dueño del capital y tú no? Desde luego que NO. Espero haber dado argumentos convincentes en los siete artículos anteriores. Sintetizo. NO, porque los derechos no son creaciones arbitrarias. Se asientan en mi individualidad, pero al mismo nivel, en la necesidad de reciprocidad; en la evidencia de que TODOS queremos ser felices, TODOS necesitamos las mismas premisas para serlo y solo podemos conseguirlas en sociedad.

De estas premisas podemos deducir un primer derecho, una primera hilada de esta construcción que,  para que pueda soportar las hiladas siguientes, ha de superponerse a los cimientos. -De lo contrario, como nos demuestra sobradamente la experiencia, histórica y presente, fracasamos; es decir, provocamos condiciones de sufrimiento y no de felicidad- . Ese primer derecho universal no puede ser otro que el reconocimiento de la igualdad de todos los miembros de la especie humana como sujetos de derechos. A partir de él ningún otro derecho que enunciemos puede establecer exclusiones entre humanos. En el momento que estableciésemos alguna discriminación, nos saldríamos del cimiento de la reciprocidad, el altruismo y la compasión. En cuanto se pretendiera justificar la exclusión de un grupo humano en función de un criterio, perderíamos todos la seguridad, porque no podríamos evitar que, cambiando el criterio, fuésemos nosotros los excluidos. Vuelvo a no ser original. Este es el espíritu de los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Para ir ascendiendo en el edificio, disponemos de  evidencias de la existencia de necesidades y premisas para la felicidad comunes a todos los hombres. Si admitimos que todos necesitamos, para vivir dignamente, la oportunidad de aportar a la sociedad y recibir de ella a cambio, podemos afirmar el derecho al trabajo; si necesitamos salud, el derecho a la atención sanitaria; si necesitamos un espacio y un refugio, el derecho a la vivienda; si necesitamos libertad, el derecho a la seguridad jurídica; si necesitamos la relación con los otros, el derecho a disponer de nuestro pensamiento y nuestro cuerpo, de expresarnos, reunirnos, asociarnos, formar familias …..  Podemos, pues, construir un edificio fiable y no arbitrario; lo que no quiere decir inamovible. También la ciencia está sujeta a  cambios por el avance de los conocimientos o la aparición de evidencias que superan las anteriormente aceptadas. Aquello a lo que aspiramos o que necesitamos está sujeto a variaciones similares.

He aquí el boceto de los planos del edificio. ¿Satisfecho?… Desde luego que no. La tarea es construirlo. ¿Por qué la humanidad no ha conseguido aproximarse a un modo de organización y comportamiento que podamos considerar justo?

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¿Por qué cualquier civilización que analicemos, cualquier momento de la Historia, nuestra propia contemporaneidad posterior a la Declaración de Derechos Humanos aboca a una parte de los humanos al sufrimiento? O estoy totalmente equivocado y lo que propongo no es racional o quien no es racional es el hombre. Al parecer a Kant le paso algo parecido. Después de afirmar que el cumplimiento del deber era un imperativo de la razón, constata la existencia del mal, del comportamiento desacorde con el deber y la razón.

Estamos dotados de capacidades intelectuales. Podemos usarlas racionalmente o no. Y aun el uso racional de la inteligencia puede dirigir sus procedimientos lógicos a la maximización de la satisfacción individual. Una de las capacidades de nuestra inteligencia es la de poder dirigir nuestra atención. Bertrand Russell ya advertía que las motivaciones egoístas son más poderosas que las altruistas. Esto parece evidente a la vista del laboratorio de la Historia (si bien es variable según las culturas, lo que nos da la pista de importancia de una educación cooperativa en lugar de competitiva). Por tanto, la construcción del orbe de la ética no es automática. Es una empresa consciente. Es un proyecto que requiere de un compromiso constituyente de la humanidad y de una tensión constante para actualizarlo a cada paso y, sobre todo, para evitar que las enormes fuerzas centrífugas de las motivaciones egoístas e identitarias nos devuelvan al homo lupus homini.

Como puede deducirse, defiendo que la sola declaración de los derechos no basta para crear sociedades justas. Se que la frase es una perogrullada y, para que quede claro, lo dejo dicho. Hemos gestado sociedades injustas (con independencia de mi opinión ). La palabra justicia ha ido apareciendo en mi narración un poco de tapadillo, sin justificar su presencia. No voy a meterme en ese lío. Pero sí quiero decir que me refiero a la justicia como la felicidad social; como el estado social que posibilita la felicidad de sus miembros. La primera acepción de justicia es: principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Si declaramos que los derechos nos corresponden, nos pertenecen, una sociedad justa es aquella capaz de garantizar el ejercicio efectivo de derechos a todos sus ciudadanos; esto es, de dar a cada uno lo suyo. No me resisto a citar la teoría ética de la justicia de John Rawls. Si pusiéramos un velo de ignorancia – a modo del que cubre los ojos a las representaciones de la justicia- a los miembros de la sociedad de manera que no supieran cual es el lugar, la posición social que ocupan, tomarían sus decisiones para  que nadie quedara desasistido o excluido. Esas serían decisiones justas.

Si la sola afirmación de derechos no basta, si es necesario un compromiso constituyente universal, si el contrato social no escrito que permitía, según Hobbes salir del estado lupino, del estado de naturaleza al que tiende el egoísmo (sobre todo el egoísmo tribal)  no ha conducido a un estado de justicia, es hora de que ese contrato universal se plasme realmente y tenga efectos reales. Marina y de la Válgoma reclamaban una Constitución Universal y proponían su primer artículo(1). Esa Constitución y la Declaración de Derechos tendrían su justificación en la consideración de la humanidad como un único pueblo, y en una vinculación de los sentimientos innatos de identidad y pertenencia a la humanidad entera. (Ello no implica la desaparición de los sentimientos identitarios parciales que cada uno posea, ni la limitación de las manifestaciones culturales diferenciadoras. Bien al contrario, podrían adquirir un mayor sentido en sí mismas y no como elementos de confrontación con las de los otros. Amin Maaluf ha reflexionado sobre ello, desde su propia y consciente posición mestiza). Y habrían de desarrollarse mediante instituciones legislativas, fiscales, ejecutivas y judiciales que las hicieran efectivas.

Se que cualquiera que lea la frase anterior, incluido yo mismo, me tildará de ingenuo o, siendo benevolente, de ignorante bienintencionado. Sin embargo, hay veces que en la Historia  se producen actos creativos monumentales.  Señalo dos: la Declaración de Derechos por la Asamblea Nacional en 1789, tras el estallido de la Revolución Francesa y los acuerdos de Bretton Woods, antes del fin de la 2ª Guerra Mundial. Supongo que ha de estar maduro el caldo de cultivo y han de darse las circunstancias. Espero que la constatación de la creciente desigualdad y del sufrimiento de miles de millones de congéneres sea suficiente y no se necesiten detonantes violentos para provocar cambios radicales. Veremos.

No quiero acabar con una propuesta utópica, que fácilmente puede calificarse de inalcanzable, y dejar el sabor de boca amargo de que todo lo reflexionado es inútil. El que no se implemente ese sueño de máximos no impide que se pueda ir desarrollando el proyecto de la ética y la justicia en los actuales marcos sociales y políticos de los Estados-nación. El reconocimiento de derechos y el compromiso de su garantía efectiva supondría, para la sociedad que lo asuma, cambios reales. Si el contrato social en un Estado incluye el derecho a la vivienda, por ejemplo, las políticas fiscales, económicas, sociales o productivas habrían de hacerlo efectivo. Acercando más el zoom: España 2013; cientos de miles de viviendas desocupadas; un gobierno estaría incumpliendo ese pacto constituyente si una sola familia se viera privada de un techo. La Sareb, antes de lanzar al mercado global el stock de viviendas, antes de privatizarse en un 55%, habría sido la institución pública garante de ese derecho. Como puede verse en el ejemplo, la plasmación de la garantía efectiva de derechos en los contratos sociales, en las constituciones de los países, puede y debe tener consecuencias prácticas. Sería necesario blindar porcentajes de riqueza y fondos de reserva para hacer frente a los derechos fundamentales. Serían necesarias políticas fiscales redistributivas y limitadoras de las enormes brechas de desigualdad para proveer de sus derechos a los desfavorecidos. Serían necesarios sistemas de reparto equitativo tanto para la producción como para la distribución de bienes y servicios. No se trata ni del fin de las diferencias de modelos políticos, ni del fin del incentivo egoísta en el dinamismo creativo. La posibilidad de comportarse para maximizar el beneficio individual o corporativo quedaría, sin embargo limitada. Es el mismo principio por el que no puedo coger los narcisos de los jardines públicos, aunque haya contribuido a que estén ahí con mis  impuestos. Eso no me impide la posibilidad de  plantar mis propios narcisos .

Por otro lado, la conciencia de ciudadanos, la asunción consciente de que somos sujetos de derechos, de cuales son esos derechos, cual es su origen y, sobre todo, de que su cumplimiento o ejercicio efectivos depende, en los casos que así sea, de las acciones, decisiones u omisiones de quienes ejercen el gobierno de lo común nos permite evaluar en cada momento la salud de nuestra sociedad y la idoneidad de nuestros gobernantes. Una sociedad o una cultura serán tanto mejores cuanto más sólidas sean las garantías y más avanzados los recursos para la felicidad de sus miembros y cuanto más amplíen sus posibilidades. Para una ciudadanía consciente, un gobierno pierde su legitimidad cuando no es capaz de cumplir este  contrato social.

Y para terminar con un párrafo optimista y evidenciar la deuda de esta serie de artículos con el pensamiento de Marina, voy a reproducir su “Ley del progreso ético de la sociedad”. La copio de las culturas fracasadasdonde la reescribe con algún matiz respecto de su enunciado original que formuló junto a María de la Válgoma en su trabajo citado:

“Cuando una sociedad se libera de la pobreza extrema, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio tribal, su inteligencia social evoluciona hacia un sistema normativo que se caracteriza, al menos, por defender los derechos individuales, el rechazo a las desigualdades no justificadas, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas, la racionalidad como modo de resolver conflictos, la función social de la propiedad y las políticas de ayuda”

(1) MARINA, José Antonio y VÁLGOMA, María de la. La lucha por la dignidad. 1ª edición en Compactos. Barcelona: Anagrama, 2005, p. 300.

Sobre dónde se funda la ética (7). Nos dotamos de derechos en tanto somos egoístas, compasivos e inteligentes

Ya tengo los derechos en el eje de la construcción ética. Sin embargo se que los derechos no existen. ¡Menudo pilar me he buscado! Aunque estamos acostumbrados a decir –“Tengo derecho a…” , lo cierto es que no nacemos con derechos. Los derechos son una construcción, una creación de la inteligencia y una creación vulnerable porque su fortaleza depende de la reciprocidad. Su poder es sólo efectivo si hay un sistema social que los sustente. Esto es fácil de entender si pensamos en cómo el reconocimiento de derechos económicos como el trabajo o la vivienda se desmoronan  de hecho  cuando el sistema económico – social no los garantiza.

8 de marzo derechos de la mujer

Construir la ética sobre los derechos me parece un enorme progreso, pero adolece de la misma inestabilidad que arriba señalaba: los derechos son creaciones humanas. Qué derechos y para quién son dos cuestiones básicas que estarían sujetas al albur de quien se arrogue el poder de determinarlo. J.A. Marina y M. de la Válgoma le dedican a este asunto un capítulo, el decimotercero, de su “La lucha por la dignidad”. Ellos concluyen, al igual que los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que la justificación de los derechos es la dignidad. Ellos saben que están apoyando la construcción de la  ciudad feliz y de la ética en una creación humana y reconocen el riesgo, pero entienden que, de la expansión de los conceptos de dignidad y derecho mediante el uso racional de la inteligencia y la experiencia del desarrollo histórico – razón práctica- se infieren, se inducen, principios universalmente válidos. Estoy de acuerdo, pero creo que se puede apoyar más sólidamente el edificio. Ese es el motivo por el que, con cierto pudor, estoy escribiendo. Creo que el cimiento no está  en una creación humana, sino en su propia esencia constitutiva. La humanidad se constituye en la evolución desde la biología como determinante de los comportamientos hacia la creación individual y cultural de los modos de actuación o, expresado en términos de objetivos, desde los comportamientos guiados hacia la reproducción y la supervivencia a los dirigidos a la felicidad.  En ese camino evolutivo nos constituimos  como seres híbridos de egoísmo y altruismo, de individualidad y cooperación, de identidad individual y pertenencia al grupo. Nos constituye la conciencia de nosotros mismos y la conciencia del otro, la empatía, la compasión. Esa realidad -de la que hay sobradas y cada vez más sólidas evidencias- es la base sobre la que construir, fundar, la ética. ¿De qué modo?

Yo, dotado de conciencia individual, quiero ser feliz. Sé, por mi conciencia del otro, que él quiere ser feliz y, por la empatía y la compasión, deseo también su felicidad. Los seres humanos, TODOS, queremos ser felices. Dotados como estamos de inteligencia, y haciendo un uso racional de ella, podemos encontrar universales de felicidad: premisas o condiciones necesarias para poder ser felices comunes a todos los hombres; y sabemos que sólo pueden cumplirse en sociedad. Para garantizar ese cumplimiento podemos imponer deberes o bien reconocernos recíprocamente derechos. La primera opción – la Historia nos lo muestra con claridad- , no nos posibilita condiciones universales de felicidad. Supone un fracaso. Implica una jerarquía entre el impositor de las morales y los que han de cumplirlas, entre los que tienen por sí o como grupo poder suficiente para garantizase sus propias condiciones de felicidad y los que quedan excluidos o forzados a construir las mejores condiciones para la élite, sin tenerlas para ellos mismos. Es la opción del egoísmo individualista y del egoísmo tribal, triunfantes. Pero queremos construir un modo de ser en el mundo y de actuar en el mundo coherente, además, con la parte cooperante, altruista y empática que también nos constituye. Y el mejor modo que nuestra inteligencia creadora ha encontrado para garantizar las mejores condiciones posibles de felicidad para todos es la segunda opción: el reconocimiento recíproco de derechos y la asunción de los deberes individuales y colectivos que conlleva. No se trata de la opción altruista frente a la egoísta. Se trata de la mejor opción. No puedo garantizar mis condiciones de felicidad, aun cuando esté bien asentado en la parte privilegiada de la sociedad o del mundo, si no garantizo recíprocamente las condiciones del resto. Si no veo una situación moralmente inaceptable en la desigualdad de acceso al ejercicio de los derechos, no tendré justificación moral para reivindicar mis derechos si cambian las circunstancias y caigo en la parte excluida o los excluidos revierten la situación. Por tanto, la afirmación del hombre como ser digno, como ser dotado, por determinación mancomunada de toda la humanidad, de dignidad es una de las más trascendentes creaciones de la inteligencia.

Hasta este párrafo pretendía llegar. Es, en cierto modo, la conclusión de todo lo anterior. Los cimientos sobre los que podría asentarse la construcción de una ética universalmente aceptable. Quiero dejar claro que mi parte en la autoría  es mínima. Lo que he escrito lo he ido descubriendo leyendo, básicamente, a José Antonio Marina. Espero no haber traicionado mucho sus ideas. Lo he escrito para ordenar mis ideas, por si le resulta interesante a algún amigo que se haya decidido a leerlo y para dejar plasmada una pequeña aportación. Desde mi humilde punto de vista, vincular el reconocimiento de los derechos y la afirmación de la dignidad a la condición constitutiva de la humanidad como especie social y cooperante y de cada hombre como ser dotado de conciencia individual y de empatía y compasión para con sus semejantes, supone profundizar unos palmos la solidez de los cimientos de esta construcción.

Comencé esta serie de artículos, entre el asombro y el pasmo, con la pretensión de buscar un buen cobijo ante la intemperie, y de momento me he quedado en los cimientos. Construir sobre ellos ya solo requiere usar nuestras capacidades intelectuales. De este modo podríamos aparejar y consolidar los principios, los valores y las leyes de una ética universal con la misma solidez con la que las ciencias descubren las leyes de la naturaleza. Sin grandes pretensiones, para ilustrar lo que quiero decir, voy a plantear el inicio de ese desarrollo, pero ya en otro artículo.

Sobre dónde se funda la ética (6). Nos imponen deberes, pero queremos derechos.

Pues bien, si no ando muy desencaminado, los humanos, desdibujados los fines de la existencia determinados genéticamente, pretendemos la felicidad como objeto de vida y todos necesitamos el mismo tipo de elementos o premisas para construir, autodeterminar nuestro camino a la felicidad. Y así las cosas ¿Por que he de obrar bien?¿Por qué he de hacer lo que debo? ¿Por qué no comportarme exclusivamente guiado por el mejor modo de maximizar mi propia felicidad? ¿No puedo considerar eso como obrar bien, como hacer lo que debo?

Ya he señalado que somos constitutivamente seres sociales. Nos necesitamos, necesitamos al grupo para ser. Hemos evolucionado comprendiendo y empatizando con los sentimentos de los otros y cooperando. No somos ni hormigas incapaces de comportamientos diferentes al del sacrificio por el hormiguero, ni leones solitarios expulsados de la manada. Entre ambos extremos, decidimos nuestro modo de ser en el mundo. El banco de pruebas de la Historia y nuestro propio laboratorio de vida personal nos muestran el permanente conflicto entre guiarnos por aquello que nos resulta más ventajoso hoy y a mi y aquello que genera mejores condiciones para el prójimo, el grupo o la sociedad.

En ese conflicto nacen las morales, las instituciones, las normas, los deberes, las respuestas de las diferentes culturas, de los grupos humanos para garantizar la cohesión, la supervivencia y el control del grupo. La necesidad de convivir y de resolver los problemas de la convivencia nos fue constituyendo, al tiempo que construíamos los modos de convivir: La moral fue conformando al hombre al tiempo que el hombre conformaba la moral. La importancia de los límites morales y la importancia de las religiones como proveedoras de códigos morales avalados trascendentalmente por las divinidades es indudable en nuestra historia. Pero no podemos perder de vista que sus objetivos son el control del conflicto invididuo-sociedad y, por tanto, el dominio sobre la sociedad y sobre los individuos, no la felicidad ni la justicia.

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Las morales particulares, las morales tribales, las morales religiosas nos han permitido llegar hasta aquí; pero el laboratorio de la Historia y una mirada por la ventana hacia nuestro mundo nos muestran la inmensa cantidad de sufrimiento que generan. El egoísmo individualista y el egoísmo tribal están en el origen de las guerras, de la exclusión del diferente, de los genocidios, de las esclavitudes, de la dominación de un sexo sobre otro y del poseedor sobre el desposeído, de las identidades asesinas y de las desigualdades asesinas.

Aun desde la evidencia de que los comportamientos guiados hacia mi máxima satisfacción, o la de mi tribu, mi nación, mi clase, mi sexo, mi élite generan sufrimiento en otros,¿Por qué he de variar esos comportamientos si me satisfacen?¿Por que ha de preocuparme el otro cuando el ocuparme de su felicidad compromete la maximización de la mía y cuando él es tanto como yo para ocuparse de su propia satisfacción? ¿Por qué mi nación, mi sociedad, mi economía, mi clase, mi sexo ha de proponer un modo de conducirse tal que no pretenda solo su mayor desarrollo y beneficio sino el de toda la humanidad?

Todas las morales y diferentes intentos de generar sistemas éticos con validez universal han buscado la fundamentación de sus propuestas en un poder imperativo. Propongo dos ejemplos: Hay que hacer lo que hay que hacer porque Dios lo manda, o porque lo dicta el derecho natural. Estos asideros, estas justificaciones se pretenden trascendentes. Pero son, en realidad, creaciones  del hombre. Fundamentar los valores y deberes en una creación humana es peligroso. Podemos encontrarnos al albur de quien maneje e interprete esa creación. O quien, por el mismo proceso creativo, proponga otra, como, por ejemplo, el espíritu del pueblo o la superioridad de mi raza. Vuelvo a los ejemplos iniciales propuestos. No hay que esforzarse mucho para justificar que en el nombre de Dios se han promovido y se promueven proyectos imbuidos de solidaridad, fraternidad, equidad y justicia y que en el mismo nombre se han cometido y se cometen enormes atrocidades y se justifican explotaciones, humillaciones o matanzas. Algo parecido puede decirse del derecho natural, una notable invención, pero una invención. Ya sabemos que en el hombre es difícil hablar en puridad de naturaleza, porque nuestra hibridación de biología y cultura no permite separar ambos elementos. Pero es de la ley natural, de la selección natural de lo que se aleja nuestra evolución cultural, no a lo que tiende. De hecho, hubo ideólogos del nacismo que justificaron su régimen y la superioridad de su raza en su interpretación del derecho natural.

En todo caso, incluidos los ejemplos anteriores, se ha pretendido instaurar la ética desde la instancia ajena y odiosa del deber. Sea cual sea el origen del deber: Dios, la Naturaleza, la conciencia, la Razón… el proponente del sistema ético o moral “exige” su cumplimiento. El gran descubrimiento que yo hice leyendo Ética para náufragos, de J.A. Marina, fue la crítica del deber como piedra angular de la ética y la propuesta de sustitución de su papel estelar por el derecho. Los deberes se nos imponen como losas, los entendemos como limitaciones a nuestra libertad, los interiorizamos y acumulamos en el superego, generando un peso que no siempre somos capaces de soportar sin perder el equilibrio. En cambio los derechos juegan a nuestro favor, son queridos. Todos somos proclives a gritar: – “tengo derecho a…”. En la pg 101 de la octava  edición en Compactos Anagrama. Barcelona. 2008, que es la que tengo delante leo: “La más elemental formulación de este proyecto sería: Todo ser humano considera bueno tener derechos”. Tal vez me equivoque, pero veo con clara evidencia que las desventuras de la moral proceden de su precipitación en afirmar que el concepto fundamental es el deber y no el derecho”.  Desde luego, esto no supone la muerte del deber. Un derecho, es un poder. Si afirmo mi derecho, por ejemplo, a expresarme libremente, o a la jubilación, estoy afirmando que puedo expresarme y que puedo (tengo el poder, no la posibilidad) recibir una prestación económica cuando ya no sea productivamente activo. Pero esos poderes no son intrínsecos, no dependen de mi fuerza, de mi inteligencia o de mi capacidad personal. Dependen de la sociedad, de su reconocimiento social, lo que supone reciprocidad. En esa reciprocidad están incluidos los deberes. Mi derecho te compromete y tu derecho me compromete. Si reconozco tu derecho a la  atención sanitaria, me obligo a contribuir con el sistema que permita hacerlo efectivo. Mis propios derechos autorreconocidos conllevan deberes: si quiero disfrutar de tomates sanos y recién cogidos me obligo a cultivar mi huerto. Así planteados, los deberes dejan de ser una carga impuesta y se transfiguran en medios para un fin deseado.

Sobre dónde se funda la ética (5). Más premisas de la felicidad. Fin del paréntesis.

Continúo con los otros tres bloques de elementos que inciden en la felicidad, según la clasificación que apunté en la anterior entrada.

–       La seguridad respecto del futuro. Es el segundo piso de la pirámide de Maslow hacia la felicidad. Por lo que hasta ahora sabemos, somos el único ser vivo que toma decisiones en función de sus proyectos para el futuro y no solo del pasado que determinó sus genes. Eso implica que no podemos ser felices, aunque en el presente confluyan las condiciones apropiadas, si no tenemos una cierta garantía de que podremos mantenerlas en el futuro. Coloquemos a una familia hambrienta en mitad de un desierto y ofrezcámosles el más apetecible de los banquetes y agua en abundancia, por un día. ¿Disfrutarían de ello, si no supieran si iban a poder comer o beber los días siguientes?¿Dormirían bien los padres sin saber qué iban a poder dar a sus hijos cuando al día siguiente comenzara a apretar la sed?

Palabras de caramelo 6

Es verdad que millones de congéneres viven, si acaso, al día, sin seguridad respecto del mañana. Imagino que procurarán, pese a ello, disfrutar de los momentos en que tengan oportunidad. ¿Pueden alcanzar la misma calidad de felicidad?. No se si habrá estudios que valoren el grado de satisfacción en ausencia de seguridad. Sospecho que, en todo caso, será deficiente. El concepto de “Estado del bienestar” incluye garantías públicas de seguridad social:  prestaciones por jubilación, desempleo u otras circunstancias sociales sobrevenidas. El conjunto de la sociedad, el Estado, se convertía en garante  de seguridad para sus ciudadanos. El desmantelamiento de las prestaciones del sistema público de bienestar incide en la pérdida de felicidad: aumento de suicidios,  ansiedad y otros trastornos mentales.

El placer físico e intelectual. Es el elemento con más pedigrí. Estamos ante el hedonismo, la asimilación de felicidad y placer. Que el placer genera satisfacción está en su propia definición. El disfrutar nos sitúa en un estado anímico feliz. Esto es algo que no requiere demostración. Ahora bien, al parecer, se ha avanzado bastante en precisar qué y cómo nos genera placer. Las neurociencias han identificado los mecanismos neuronales del sistema de recompensa y motivación: la áreas cerebrales que intervienen, los circuitos que se activan, las hormonas (dopamina, endorfina…) que lo incentivan y dirigen. Y nos han puesto de manifiesto algunas cosas muy interesantes. Desde luego el sexo y la comida estimulan el proceso: cuestión de supervivencia. La primera curiosidad es que los flujos hormonales se ponen en marcha con la expectativa del placer, aunque no se materialice. La felicidad está en la antesala de la felicidad, sentencia Punset, de quien estoy tomando las referencias de este párrafo. En el siguiente punto lo repetiré. La segunda es que los placeres intelectuales activan los mismos circuitos de motivación y recompensa que los físicos. Reproduzco la cita y el enlace que siguen, pensando especialmente en Jesús Parra, músico y seguidor del blog: “Las investigaciones más recientes  http://www.pnas.org/content/98/20/11818.long. han revelado que la música, al actuar sobre el sistema nervioso central, aumenta los niveles de endorfinas, los opiaceos propios del cerebro, así como los de otros neurotransmisores, como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. De las endorfinas se ha descubierto que dan motivación y energía ante la vida, que producen alegría y optimismo, que disminuyen el dolor y que contribuyen a la sensación de bienestar y que estimulan los sentimientos de gratitud y satisfacción existencial”. Lo mismo puede decirse respecto de las artes plásticas, de la contemplación de la belleza y de los empeños intelectuales que nos permiten descubrir, estimular la curiosidad, asentar la autoestima. Sin duda esa es una de las razones por la que estoy ahora escribiendo.  ¿Por qué, entonces los placeres han sido denostados, prohibidos, asimilados con pecado? ¿Cómo es posible que haya morales propias de culturas o religiones que prohíban, por ejemplo escuchar música? Probablemente lo justo sería buscar la genealogía de cada caso, pero en términos generales creo que se puede afirmar que las morales particulares no tienen como objetivo la felicidad de los miembros de su comunidad, sino más bien mantener el control sobre ella. La asunción individual de la moral del grupo (superego), sobre todo en caracteres especialmente responsables o gregarios, genera la autorrepresión inconsciente de placeres, lo que da lugar a estados de infelicidad, incluso patológicos. En el extremo contrario, el sentimiento de placer, que actúa en nuestro cerebro como una autodroga, es muy poderoso, es adictivo. Si algo es placentero queremos repetirlo. Las adicciones pueden resultar tiránicas y comprometer la libertad y la felicidad de quien las padece.

La ampliación de posibilidades. Si hay un elemento genuinamente humano, es este. Es una idea central en la teoría de la inteligencia creadora de J.A Marina. Suya es la frase “La inteligencia humana es la inteligencia animal transfigurada por la libertad.” , a la que otorga tanta importancia que es una de las tres que rota en la cabecera de su web. Toda inteligencia, animal o artificial, también la nuestra, tiene capacidades computacionales: capta información, la procesa y responde solucionando problemas. El gran salto de la inteligencia humana está en las capacidades ejecutivas. No sólo resolvemos problemas: creamos problemas, inventamos posibilidades y elegimos qué comportamientos adoptamos. De ahí la libertad. Ya sabemos que la carga genética no es determinante en nuestro comportamiento. Eso nos deja huérfanos de seguridades y nos obliga a elegir. Decidimos si desayunamos galletas con mantequilla o tostadas integrales, si leemos un libro o nos vamos de cañas, si le tiramos los tejos a este o a aquel, si estudiamos mecánica o electrónica, si nos enfrascamos en una oposición o emigramos a Alemania… Nos seducimos desde el futuro con proyectos y elegimos en función de ellos. Nos proponemos proyectos con más o menos trascendencia y esa valoración es, desde luego, subjetiva: mantenernos en forma, estudiar la flora endémica del Guadarrama, seducir a una chica, formar una familia, ser ingeniero… escribir este blog. Para ser felices necesitamos mantener vivos proyectos que nos interesen, tener metas, levantarnos cada mañana con la motivación de objetivos hacia los que avanzar. Ya dije que repetiría la cita “la felicidad está en la antesala de la felicidad”. Los viernes nos sentimos más alegres que los lunes. La educación y el acceso a las creaciones de la humanidad, a la cultura, son indispensables para ampliar nuestras posibilidades y, por tanto, para construirnos felices. Algunas de las premisas de autorrealización de la cúspide de la pirámide de Maslow caen en este epígrafe; desde luego, la creatividad. Esta condición de felicidad tiene una dimensión individual y una dimensión social. El entorno es determinante en la apertura de posibilidades. Un sistema de organización socioeconómica que semiesclaviza a sus ciudadanos, impone jornadas de 12 horas con salarios de miseria, los mantiene analfabetos, les priva del acceso a las creaciones culturales… limita sus posibilidades. Por el contrario, un sistema social favorecerá tanto más la felicidad de sus miembros cuanto más amplíe sus posibilidades.

Si alguien ha llegado leyendo hasta aquí, se habrá dado cuenta de que no he dado una fórmula de felicidad. Era un título-reclamo. No pretendía con este paréntesis un manual de autoayuda. Espero, sin embargo, haber listado un catálogo de premisas, de condiciones para la felicidad si no exhaustivo, sí demostrativo de que los tipos de necesidades son universales, comunes a toda la humanidad.  Y eso, ¿para qué? Pues, como anuncié en el primer artículo de la serie, pretendo buscar un asiento constituyente de la ética, justificar qué es obrar bien y porque hemos de obrar bien. Entonces dije que introducir el término bien en la pregunta de qué nos motiva a actuar era un salto al vacío. Este catálogo, este paréntesis que ahora cierro es el paracaídas. Hemos de tener criterios para valorar nuestros comportamientos por un lado y evaluar el ejercicio del poder, las políticas, el gobierno de lo público, por otro.  En alguna entrada posterior propondré evaluar, desde la órbita de la ética, las conductas individuales y sociales en función de su contribución a crear condiciones que permitan la felicidad. Y en ese punto los relativistas, los individualistas, los liberales podrían tirar mi argumentación por tierra alegando que no existe un concepto objetivo, ni siquiera intersubjetivo de felicidad; que cada cultura y cada individuo tienen el suyo y legitimidad para guiarse por él sin ocuparse de los demás. Espero haber dejado claro que existen condiciones necesarias comunes a todos los humanos. Cosa distinta es que estemos dispuestos a comprometer nuestros comportamientos y nuestra acción política a las necesidades de los otros.

(1) “Ciertos resultados de estudios con neuroimagen sugieren que mecanismos neuronales subyacen tanto al dolor físico como a la experiencia dolorosa asociada con la separación o el rechazo sociales”. GRANDE-GARCÍA, Israel. Neurociencia social. Anales de Psicología. 2009. nº25. nº1. pg.15.

Sobre dónde se funda la ética (4). Esta vez sí: los factores de la fórmula

Veamos si me pongo de acuerdo conmigo mismo y si estáis de acuerdo en la clasificación que propongo de universales de felicidad. En una entrada anterior, apuntaba seis elementos. Pueden ser más o menos según se agrupen o desagrupen. (De hecho, ilustro la entrada con la pirámide de Maslow, un psicólogo americano de principios del pasado siglo, que propuso una prelación de necesidades diferente -pero no contradictoria- con la de este artículo).  Voy a mantener la nómina en atención a quienes leísteis  aquel post (en particular a Mamen, de quien he aprendido, entre otras muchísimas cosas que, por supuesto, no voy a detallar, el necesario hedonismo).

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Repito aquí la enumeración de las premisas de la felicidad, para que desde el principio se visibilicen: La satisfacción de necesidades físicas y materiales,  La estabilidad emocional,  Las relaciones satisfactorias con los otros, La seguridad respecto del futuro, el placer físico e intelectual  y la ampliación de posibilidades. Trataré de hacer entender a que me refiero con cada una en éste y el próximo artículo.

–  La satisfacción de necesidades físicas y materiales. Hace unos días colgaba Luis Sanjuán en su facebook el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos humanos y ya aproveché para refrescarlo. Ese texto, más el del artículo 23, que se refiere al trabajo, recogen a lo que me refiero en este punto. Alimento, abrigo, refugio, vivienda, salud… ; se trata de lo que todos estaríamos de acuerdo en considerar necesidades básicas. Si bien el concepto de necesidad es movedizo, en función, sobre todo, del grado de desarrollo material de la sociedad de que se trate, hay niveles sin los cuales parece imposible hablar de felicidad. Hay experimentos (E. Punset cita a Daniel Gilbert, catedrático de Psicología en Harvard en El viaje a la felicidad )que demuestran que, a partir de un nivel de riqueza, que permite la satisfacción de necesidades básicas y la seguridad sobre el futuro, la acumulación no aumenta el nivel de satisfacción (haciendo bueno el dicho de que el dinero no da la felicidad). Es posible que no todos estemos plenamente de acuerdo con la afirmación anterior, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, el hambre endémico, los ingresos que no permiten superar el límite de la pobreza, la afectación de enfermedades para las que existen técnicas de prevención y cura contrastadas, la desatención del discapacitado, el anciano o el niño… son las mayores barreras para que cada uno de los miles de millones de hombres afectados por ellas tengan siquiera la más mínima oportunidad de buscar su felicidad. Para evidenciar que la política económica puede generar desdicha solo hay que asomarse a la ventana (en mi caso, que soy un afortunado); que la política económica puede posibilitar condiciones materiales dignas de vida para TODOS es algo que he defendido en varias entradas anetriores. No insisto más. De lo que no cabe duda es de que la economía concierne a la ética; por eso la ética ha de comprometer a la economía.

 La estabilidad emocional. la felicidad es un estado emocional. Hay quien ha definido la felicidad como “ausencia de miedo”.  Me parece, tal como estoy defendiendo, que son necesarios algunos elementos más que la sola tranquilidad para ser feliz, pero, concurran esos elementos en mayor o menor medida, en último término la sensación de plenitud es emocional. (de hecho suele ponerse al yogui o al hombre sin camisa como ejemplos de hombre feliz). Para desarrollar este punto necesitaría hacer un tratado de psicología ( mi desfachatez no llega a tanto). Como he sufrido de miedo (utilizo el pretérito perfecto tocando madera) sé cómo desestabiliza. Somos seres enormemente complejos. Hemos convertido nuestras propias creaciones: la cultura, en nuestra segunda naturaleza, nuestro marco, el campo de nuestro juego; pero biológicamente, genéticamente somos similares desde hace doscientos mil años (por ahí más o menos sitúan paleontólogos y genetistas el surgimiento del homo sapiens).  Esto hace que generemos respuestas sentimentales diseñadas para sobrevivir en un ambiente que nada tiene que ver con nuestra sociedad actual. Activamos los resortes mentales y físicos diseñados para salvarnos del ataque de un oso pensando, por ejemplo, en que el próximo mes hemos de subir a un avión. Este tipo de lecturas inconscientes de las situaciones de peligro es fuente de sufrimiento. Nuestro hipocampo, (o nuestro subsconsciente, si ha de expresarlo un psicoanalista) acumula la memoria de la especie y la historia del individuo. Allí se parapetan miedos, represiones, normas morales y pulsiones  (el super ego y el ello freudianos), creencias irracionales ( el término lo acuñó el psicólogo Albert Ellis)… A partir de esa información cincelada fuera del acceso de nuestra conciencia evaluamos la realidad. De esa valoración provienen los sentimientos: alegría, tristeza, miedo, repugnancia, ira, sorpresa… (sobre estos, básicos, como somos así de enrevesados, construimos todo un laberinto sentimental). Nuestra felicidad depende en último término de como lidiemos con nuestros sentimientos. Tanto desoir lo que tratan de decirnos como dejarnos llevar por ellos son causas de infelicidad. Por eso hablo de estabilidad emocional. No es el momento de insistir más en ello, pero lo que es seguro es que la felicidad compete a la psicología y, por tanto la psicología también concierne a la ética.

– Las relaciones satisfactorias con los otros. Bajo este epígrafe caben muchos elementos que conforman nuestra felicidad. Somos una especie social. Inventamos la gran herramienta del lenguaje porque necesitamos al otro, necesitamos comunicarnos y compartir de un modo en que ninguna otra especie social ha necesitado. Las más intensas satisfacciones y las más intensas desdichas provienen de la relación con los demás: la amistad, las relaciones de pareja, la familia, el grupo social, la ciudad, las estructuras organizativas y de poder de lo distintos niveles  sociales de los que somos partícipes. Ya decía que somos constitutivamente cooperantes. Pero además, al parecer, experimentos tanto en psicología como en neurociencias (que descubrieron las neuronas espejo en los pasados años 90) nos dicen que colaborar, contribuir a la felicidad del otro, nos aporta felicidad. Compartir tareas, comunicar los procesos, crear equipos, corresponsabilizar, implicar e implicarse, ser partícipe y hacer participes… son elementos en boga porque aumentan la eficacia en equipos de trabajo; en realidad aumentan la satisfacción de los integrantes de cualquier grupo. La pirámide de Maslow dedica un piso al reconocimiento y otro a la afiliación. Ambos caen en este epígrafe. Necesitamos ser aceptados por el grupo. El rechazo duele (1). En una ocasión me apuntó una psiquiatra que, conceptualmente, persona deriva de personaje y no al revés. Etimológicamente la palabra proviene de la griega máscara; la que utilizaban los actores en el teatro. La necesidad de aceptación nos lleva a asumir la moral del grupo y a adaptar nuestra personalidad- personaje a lo que se espera de nosotros. Es el superego freudiano. El alago, el reconocimiento, la aceptación causa placer. El deber estricto, el peso excesivo de la moral del grupo genera sufrimiento. No se si el autorreconocimiento puede equipararse al reconocimiento del grupo. Maslow parece situarlo en el mismo bloque; el artículo que cito y enlazo en la llamada 1 también. De lo que sí estoy seguro es de la importancia determinante de la autoestima para enfrentar con éxito la vida. En la cúspide de nuestros sentimientos complejos, de nuestra necesidad de recibir y transmitir reconocimiento y afecto, de integrar al otro e integrarnos en él se sitúa el amor. Cada uno de nosotros tenemos en la memoria momentos de intensa felicidad y de intensa desesperanza asociados al amor… yo ya no digo más.  Se que me alargo, pero no puedo dejar de mencionar la necesidad de pertenencia por sus gigantescas implicaciones. La necesidad de identificarnos con un grupo está profundamente grabada en nuestro paleocerebro. Sin ella no seríamos: nuestros antepasados no habrían sobrevivido sin el amparo del grupo. Lo dramático es que el sentimiento de pertenencia  a la tribu se forja frente a otra(s) tribu(s). Es la más potente motivación del enfrentamiento, la guerra, la infelicidad infligida conscientemente a gran escala. Una de las tesis de esta serie de artículos es que la generación de un sentimiento de pertenencia a la humanidad, unido a la asunción de múltiples identidades y al respeto a las de los otros es básico para superar las morales particulares en una ética universal. Creo que algo así defiende Amin Maaluf en Identidades asesinas. En cada nivel de relación social, esta puede hacer que aumente o disminuya la felicidad de los individuos. Esto vale, por supuesto y especialmente, para las grandes organizaciones sociales. El poder puede tomar decisiones políticas que aumenten las condiciones de felicidad para todos, o sólo para una parte de la sociedad o que las disminuya. Por tanto, la política incide en la felicidad; la ética debe comprometer a la política.

Me tomo un respiro. Y aprovecho para seguir pidiendo colaboración. Lo hice en la entrada anterior, pero supongo que no estaba claro lo que pretendía. Espero que ahora se entienda mejor. Todos sabemos los momentos en los que nos sentimos felices o infelices. Ese estado sentimental nos lo provoca (o nos lo provocamos en) una situación concreta. Si tengo razón, esa situación tendría encaje en alguno o algunos de los elementos, premisas o condiciones que enumero en este artículo o citaré en el siguiente, lo que demostraría que son, efectivamente, universales de felicidad.