Sobre dónde se funda la ética (2). De los genes a la felicidad.

Los seres vivos con los que compartimos hoy la Tierra están ahí porque han conseguido llegar en un proceso evolutivo que arrancó, al parecer, hace más de 3.000 millones de años; Un proceso regido por lo que llamamos selección natural. Es una ley despiadada; solo indulta las mutaciones que mejoran la adaptación, los genes de los individuos que consiguen sobrevivir y reproducirse en competencia fratricida con sus congéneres. Nuestra especie no es ajena a esta ley. La necesidad de sobrevivir y reproducirnos está grabada en las zonas más antiguas e impenetrables de nuestro cerebro. De ella parten pulsiones, emociones, sentimientos que motivan comportamientos. No podemos olvidarlo. Como tampoco podemos olvidar que los animales sociales hemos evolucionado en sociedad. Las posibilidades de transmitir los genes individuales dependen del éxito del grupo. La supervivencia del hormiguero y no la fortaleza de la reina es la que garantiza la continuidad. Esa necesidad de cooperación y de pertenencia está igualmente cincelada en el recóndito hipocampo. La selección natural, que suele entenderse como una ley egoísta, individualista, implica, en las especies sociales, también comportamientos cooperativos determinados genéticamente.*

 

 

Sin embargo, los humanos hemos dado un paso másimages

. Somos tanto más humanos cuanto más desligamos nuestros comportamientos del determinismo genético (lo que no quiere decir cuanto más los alejemos). Tomamos decisiones influidos, pero no determinados por la biología. Muchos han hablado de la cultura como la verdadera naturaleza del hombre. Sin duda nos influyen la historia de la especie y la historia personal emboscadas en nuestro cerebro interior, allá donde se sitúa el subconsciente freudiano; nos influyen las pulsiones, las emociones y los sentimientos – que son elaboraciones, evaluaciones conscientes de lo que suscita en nuestro subconsciente una situación y que nos predisponen a actuar-. Pero son nuestras propias creaciones sociales: instituciones, creencias, costumbres, morales, religiones ; nuestra razón, nuestra inteligencia y ,con ellas, nuestros proyectos las guías para orientarnos .

¿Cómo se ha operado ese cambio? ¿De dónde nos viene la humanidad? Uno de los elementos clave en ese salto es nuestra vulnerabilidad. Nacemos inacabados. Somos monos desnudos. De la necesidad de completarnos y sobrevivir en la intemperie nació y fue desarrollándose nuestro sistema para enfrentarnos a una realidad ante la que la genética nos había situado desvalidos. Es indudable que el éxito vino posibilitado por los cambios fisiológicos que condujeron, entre otras cosas, a un cerebro de mayor tamaño y al desarrollo del cortex cerebral. Pero muy probablemente, como decía arriba, el desarrollo del cerebro vino requerido por la vulnerabilidad, por la necesidad de completarnos con los demás: una expansión del cerebro que podemos relacionar con la necesidad de salvarnos apoyándonos en una sociedad cada vez más compleja. Un bucle en el que nos hemos ido construyendo y del que he señalado dos elementos constituyentes: el egoísmo, que parte de la conciencia de individualidad y la necesidad de sobrevivir y perpetuar los genes y el altruismo del cooperante que necesita de los otros y ha podido superar sus carencias por la empatía y la reciprocidad. La compasión nos constituye tanto como la individualidad. Cuando una persona experimenta dolor surge un cierto modelo de activación cerebral. Al parecer, cuando alguien ve a otra persona que experimenta dolor, surge exactamente el mismo modelo de activación. Existe una correspondencia entre las áreas del cerebro en el contexto de la empatía. (La observación es de Marc.D.Hauser y lo recoge E.Punset en El viaje al poder de la mente. Barcelona: Destino, 2010. pg.168.).

Por tanto, una vez perdida la seguridad de la “Ley natural” , del comportamiento dirigido al objetivo no consciente de sobrevivir,  transmitir los genes y perpetuar la especie, necesitamos encontrar nuestros propios fines, nuestros objetivos, el objeto o el sentido de nuestra vida. A ese objetivo lo hemos llamado felicidad. Buscamos nuestra felicidad como sujetos conscientes de nuestra individualidad. Y buscamos la felicidad de los otros desde la empatía, la conciencia de su individualidad idéntica a la nuestra y desde la necesidad de la reciprocidad para garantizar nuestra propia felicidad.

*(De lo que yo he leído al respecto, esta matización la argumenta y documenta E. Punset en varios lugares, p.ej. El viaje a la felicidad, sobre todo en el capítulo 5 o El viaje al poder de la mente en el capítulo 7 titulado la moral es innata; J. C. Monedero  la utiliza, expresándola con gran claridad,  en Curso urgente de política para gente decente, capítulo 2: “No es verdad que fuéramos tan egoistas” y J.A. Marina lo estudia también en varios lugares de su obra, p.ej en el primer capítulo de Las culturas fracasadas. En todos los casos se apoyan en referencias a estudios científicos ).

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Sobre dónde fundamos la ética (1). Entre el milagro y el pasmo

La existencia es un milagro. Al parecer, la comunidad científica ha conseguido encontrar evidencias de lo que existe remontándose hasta, dicen, 13.700 millones de años (la hora no la han precisado). En ese momento han situado el llamado ” Big bang”. La explosión de una inmensamente densa concentración que contenía en sí la posibilidad de lo que hoy es, pues, si es cierto, de ahí partió todo lo que hemos llegado a conocer, lo que llamamos universo. Con ser esto asombroso, nada nos dice de lo que fue antes,  lo que será después o lo que es o no es más allá de hasta donde hemos llegado a atisbar.

big-bang

Y aun más sorprendente que esto, es que haya un ser, una porción insignificante de lo que existe, una pizca de polvo de estrellas capaz de darse cuenta de ello y querer saber más. Somos un milagro; cada hombre; la especie. Somos conscientes de nuestra consciencia y conscientes de la existencia fuera de nosotros mismos. Nos sabemos seres especiales, diferentes del resto de lo que existe. Nos sabemos vivos; capaces de captar información, procesarla, plantear y resolver problemas; de transformar pulsiones y emociones en sentimientos; de pensar, de inducir, de deducir; y capaces de tomar  decisiones, plantear proyectos, seducirnos desde el futuro, desde la irrealidad de nuestros sueños y determinar nuestro comportamiento. Sabemos de lo que existe mucho más que cualquiera de nuestros antepasados y aun así, sabemos que lo que ignoramos es infinitamente más. El asombro por lo que existe, incluida nuestra especie, es , sin duda, una constante en nuestra especie. No es de extrañar que los pensadores cristianos hayan hecho de este milagro de lo que es la principal vía de la prueba de Dios. No es extraño que todas las culturas hayan generado mitologías, cosmogonías, dioses. Necesitamos origen, principio, causa.. y necesitamos continuidad, objeto, fin. Ciertamente, somos especiales.

Nuestra singularidad nos deja a la intemperie. Necesitamos saber y sabemos que ignoramos. Necesitamos seguridad y nos sabemos vulnerables. Necesitamos vivir y carecemos de determinación: hemos de autodeterminarnos. Cada cuerpo en el universo, cada partícula, se rige por unas leyes sobre las que no pueden influir. Cada ser vivo con el que compartimos este planeta que hemos llamado Tierra lleva marcado en sus genes las pautas de comportamiento con que enfrentar su realidad. ¿Y nosotros? ¿De donde parten nuestras motivaciones? ¿Que leyes nos rigen? ¿Qué nos lleva a actuar como lo hacemos? … Y ahora el salto al vacío ¿Que nos lleva a comportarnos bien o a comportarnos mal?.

En una entrada anterior  (en la que dediqué a plantearme el problema de la decisión sobre la continuidad o la interrupción de un embarazo no deseado), me comprometía a desarrollar un poco más lo que allí llamé una ética apresurada. Esta entrada de hoy es su introducción. Se que no he aportado nada y que, si no con las mismas palabras, esto ya lo he escrito en otras ocasiones. Pero,ya que me pongo a buscar un abrigo en la intemperie, pretendo que esté tejido del modo más sólido del que sea capaz.

Necesitamos política económica: economía para los ciudadanos

EPA 2013

La publicación de  la Encuesta de población activa  con los datos globales de 2013 y los de su último trimestre, nos sigue ofreciendo un panorama escalofriante. 5.896.300 de conciudadanos desempleados y 1.832.000 familias sin ningún ingreso derivado del trabajo sitúan a España como la nación desarrollada con un mayor índice de personas y familias privadas del derecho al trabajo y, por tanto, de los ingresos y  la estabilidad material y emocional que su ejercicio debe proporcionar. Un drama  compuesto por millones de historias personales de sufrimiento, carencia, perdida de autoestima, dolor emocional, inseguridad, desestructuración del entorno social, desarraigo, desesperanza… Y los datos permiten deducir algo quizás incluso más significativo de nuestro fracaso colectivo. El número de parados ha disminuido en 65.000 y, sin embargo, el número de ocupados también ha disminuido,  en 199.000. ¿Cómo es posible? Porque hay 267.000 personas menos pretendiendo un empleo. Lo que esto refleja es una huida de los ciudadanos en condiciones de trabajar bien de su país, bien de la esperanza de encontrar un empleo.

Pues bien, estos datos le permiten afirmar a nuestro gobierno que la recuperación está en marcha y se traducirá, en algún momento, ¿? en creación de empleo. ¿Cómo podemos despejar la interrogante que dejaba en la frase anterior? Si efectivamente estamos iniciando un ciclo de crecimiento y no se atravesasen coyunturas que lo cortasen, con suerte, según las previsiones de expertos y organismos, en 10 años quizás estaríamos en cifras de desempleo cercanas a los países de nuestro entorno. ¡Ese es el objetivo del gobierno! Someter a millones de personas a  años de pobreza, exclusión, falta de oportunidades, expulsión, por tanto, de su condición de ciudadanos. ¿Podemos admitir tal cosa? ¿No es esto una ruptura del pacto y el mandato de representación por el que gobiernan en nuestro nombre?.

Pero esto es en el mejor de los casos. Tal como señala Krugman, es posible que nos enfrentemos a un “estancamiento secular”. Es un escenario que presentó Larry Summers ( otro prestigioso economista) ante una institución tan poco sospechosa de antisistema como el FMI. Si mi interpretación no es errónea – y enlazo con los datos de desigualdad que refería en mi anterior artículo) ocurre que la riqueza se acumula en muy poquitas manos. Ocurre que todo el beneficio de lo que se produce acaba en una superélite. Ocurre que a las rentas del trabajo les corresponde cada vez menos parte del pastel, disminuyendo su poder adquisitivo actual y su seguridad ante el futuro. Ello nos aboca a una demanda persistentemente baja. La falta de demanda deprime la economía: impide la producción y desincentiva la inversión. El empleo cae y su oferta se mantiene permanentemente muy por debajo de su demanda lo que, unido a la debilidad de los sindicatos, implica reducción de salarios, de rentas del trabajo y de demanda. Una espiral depresiva que sólo tiene ciclos ascendentes cuando el capital que acumula la élite ve posibilidades de beneficio en un sector o un país. Entonces se abalanza sobre esa posibilidad autocumpliendo su previsión y generando una burbuja, único momento de crecimiento claro y creación de empleo….hasta que estalla.

Estas son las alternativas… , siempre que nuestros representantes hagan dejación de la política, permitiendo el movimiento libre del mercado e interviniendo exclusivamente para desnivelar aun más el terreno de juego a favor de las élites. Sin embargo, SÍ es posible otra política económica. Se que me repito; pero también se que es imprescindible. Reconozco mis limitaciones, pese a que le pongo dedicación a tratar de aprehender la situación y pergeñar alternativas; pero soy un ciudadano consciente de que los cambios son necesarios y de que la economía debe aporta soluciones. O la política económica sirve para que TODOS  los ciudadanos tengamos acceso a condiciones materiales de vida dignas o los políticos están incumpliendo el pacto y los ciudadanos hemos de revolucionar y revertir la situación. Hemos aprendido que la economía es progresivamente compleja y más nos vale no querer saber de su ingeniería y sus mecanismos; que el dinero es la sangre del sistema; que el sistema financiero y bancario ha de mantenerse cueste lo que cueste; que los ejecutivos que lo gobiernan han de ganar todo y más porque sustentan la estructura… Es hora de desaprender, como expresa Juan Carlos Monedero*. Es tiempo de desaprender que sólo me salvaré buscando mi propio beneficio, de desaprender la falacia del goteo de arriba abajo: fomentemos que acumulen los de arriba para que vaya calando la riqueza.. y lo que cala es la miseria. Desaprender nos va a reubicar en nuestra autoestima. Vamos a recuperar el valor de la cooperación y de la compasión, que son elementos constituyentes de nuestra especie en una medida al menos igual al egoísmo. Somos hijos de aquellos grupos humanos que fueron capaces de compartir, de cooperar para vencer su vulnerabilidad, no de los más fuertes o los más individualistas.

Lo que propongo es compartir. Redistribuir el trabajo y los bienes y servicios que generemos. Creo que una política económica en España, diseñada desde principios éticos, a favor de los derechos de los ciudadanos, pero sin perder de vista las enseñanzas económicas del laboratorio de la historia, debería:

– Aumentar sustancialmente la presión fiscal desde planteamientos progresivos, haciendo recaer el incremento de ingresos públicos en los grandes patrimonios, las grandes rentas no empleadas en inversión productiva y el fraude, incluso el actualmente no ilegal, del gran capital.

-Equilibrar la balanza comercial y la seguridad mediante una política agrícola y, sobre todo energética e industrial  que incentive la inversión en esos sectores y aumente tanto el porcentaje de riqueza como de empleo en ellos.

– Aumentar, y blindar en términos de porcentaje de riqueza nacional, el gasto público en sanidad, educación, investigación y atención a la infancia, la familia y la dependencia hasta igualarlo con el de los países más avanzados; estos sectores permiten redistribuir riqueza vía prestación universal de servicios, ofrecer bienestar y seguridad, garantizar el progreso en calidad de vida y son altamente demandantes de trabajo.

– Establecer una jubilación digna universal, desvinculada de la cotización (lo que liberaría los costes sociales de la producción de bienes y servicios, ya que pasarían a financiarse, como el resto de políticas apuntadas, con el aumento de recaudación)  y una renta básica de ciudadanía, con independencia del tiempo trabajado anteriormente.

– Y garantizar el pleno empleo mediante un sistema de reducción del tiempo de trabajo y redistribución.  ¡¡Es posible!!

* MONEDERO,J.C. Curso urgente de política para gente decente. Barcelona. Seix Barral.2013. pp 45-46

La economía es política

Las decisiones de política económica afectan a la vida de los ciudadanos. Y la falta de decisiones también.

En los últimos días se han publicado algunos estudios e informes que ilustran y documentan situaciones sobre las que cabe atribuir una responsabilidad determinante a las políticas económicas. Me refiero, en concreto, a “Gobernar para la élites. Secuestro democrático y desigualdad económica” de Intermon Oxfam y ” 2.826.549 razones. La protección de la infancia frente a la pobreza: un derecho, una obligación y una inversión. de Save the Children . Son documentos que refieren la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, tanto a nivel mundial como en el seno de los países, sean o no desarrollados, y sus dramáticas consecuencias en términos de sufrimiento, muerte, falta de oportunidades, ausencia de derechos y dignidad… , en particular para nuestros congéneres más desvalidos. Estos estudios no retratan realidades nuevas, pero las hacen visibles y tengo la sensación de que han tenido más repercusión que otros anteriores de contenido similar. La primera entrada de este blog se refería a la desigualdad como madre de todos los males. Desde luego, estos asuntos no me resultan indiferentes. Es cierto que tenemos la tendencia de buscar y centrar nuestra atención en las opiniones que confirman y refuerzan las nuestras. En este caso no se trata sólo de argumentos . Son datos, son hechos y son inaceptables. Esto es incuestionable. Pero, además las propuestas que ofrecen se alinean con algunas de las plasmadas en este blog y, sobre todo, en trabajos y artículos de gente con absoluta solvencia, algunos de los cuales he ido enlazando. Creo que revertir estas situaciones es necesario y es posible.

Volviendo a los estudios referidos, quiero resaltar la claridad con la que afirman y argumentan, desde sus propios títulos, que las situaciones a que se refieren son generadas por la política  y pueden revertirse desde la política: con políticas diferentes. La desigualdad extrema en la distribución de la riqueza y las rentas es causa de sufrimiento, de desequilibrio e ineficiencia económicos, del sesgo favorecedor de la propiedad y la riqueza en la legislación en general y la regulación fiscal en particular, de la erosión de la gobernanza democrática, del recelo hacia el diferente y la profundización de otras desigualdades de sexo, raza o procedencia. Es, en definitiva, causa del secuestro de los derechos por los intereses de las élites. Y la causa del incremento de la desigualdad son las políticas económicas. Esta es la idea que pretendo autoafirmarme y trasmitir con este artículo. No es el determinismo del mercado. Es la desregulación, que se adopta políticamente y la regulación en favor de quien más tiene, que es igualmente política. Ahora lo grita Oxfam, apoyándose en datos de tal desmesura como este: la riqueza del1% de la población más rica del mundo es 65 veces mayor que la que posee la mitad más pobre. Es igualmente la tesis de J. Stiglitz en ” El precio de la desigualdad. El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita”. Vicenç Navarro  lo señala con claridad en muchos de sus artículos; dejo enlazado uno reciente. Y tantos otros cuya visibilidad mediática es casi nula. Se transmite, sin embargo, la idea de que hay un triunfo de la economía sobre la política, como si la primera fuese un ente autónomo e incontrolable y la política, el gobierno de lo común, aun luchando contra ella, nada pudiese hacer por evitar sus desmanes. Es fácil hacernos caer en la desesperanza y la dejación cuando nos sentimos impotentes ante una fuerza ciega, ingobernable y enormemente potente. Pero no es verdad. La economía es política. Son la decisiones políticas o su ausencia las que determinan, al menos en parte, la producción de riqueza y, sobre todo su distribución.

Tras siglos de evolución cultural hemos llegado a autodotarnos de derechos para comprometernos con la felicidad individual y social. Una premisa en ese compromiso y, por tanto, un derecho básico es la garantía de condiciones materiales dignas de vida y de seguridad en que se mantendrán en el futuro. El desarrollo de la ciencia y la técnica nos han conducido a un tiempo en el que esa garantía es posible para todos los hombres hoy y sostenible para generaciones futuras, contando con que el progreso del conocimiento y la técnica lo seguirán haciendo posible. A la política económica le corresponde implantar las fórmulas para incentivar que sea efectiva la producción sostenible de los bienes y servicios necesarios y, sobre todo, que su distribución llegue a todos los hombres. Y el gran problema de la economía no es la mano ciega del mercado, sino las políticas económicas dictadas en su beneficio por esa élite que acumula la riqueza que  el resto de la humanidad necesita para tener la oportunidad de ejercer sus derechos, vivir con dignidad y buscar su camino de felicidad.

No nos dejemos engañar por tecnicismos. No escuchemos sólo los discursos dominantes. La cosa es tan sencilla como promover que la riqueza que necesitamos la generemos entre todos en condiciones dignas y llegue a todos en cantidad suficiente para garantizar unas condiciones de vida dignas. No podemos desistir, no podemos desesperar de la política ni hacer dejación de ciudadanía.

Se que es osado por mi parte señalar qué hay que hacer, pero no voy a caer en la inibición del “esto es muy complicado”, “yo de esto no entiendo” a la que tratan de abocarnos con el discurso oficial y el “pan y circo” (cada vez menos pan y más circo) de los eventos deportivos y las cortinas de humo. Ya en otras entradas de este blog y en otros foros he apuntado algunas ideas, la mayor parte de las cuales tomadas o contrastadas de gente que de esto sabe mucho más que yo. Stiglitz titula el último capítulo de su libro citado “El camino a seguir. Otro mundo es posible” El informe de Oxfam finaliza con el epigrafe “Recomendaciones” . Vinceç Navarro, junto a Juan Torres y Alberto Garzón publicaron en 2011 “Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España” … En todos los casos se proponen medidas de política económica con el objetivo de garantizar los derechos de los ciudadanos, no el crecimiento económico o el beneficio y, que no nos quepa ninguna duda, son posibles. Hemos de establecer un sistema de gobernanza universal de la economía global. No es imposible, ya se hizo en Bretton Woods en 1944. Mi admirado J.A.Marina, junto a María de la Valgoma proponían en “La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política” la promulgación de una Constitución Universal para que toda decisión, tanto de un futuro sistema de gobierno global como de las políticas nacionales, se ajustase al marco de los derechos de los individuos. Hay que acabar con los paraisos fiscales. Hay que construir y armonizar una fiscalidad progresiva sobre rentas y patrimonios. Hay que garantizar y blindar los servicios esenciales: asistencia sanitaria, educación, protección social. Hay que fijar y blindar un salario digno para todos los trabajadores. Hay que desmontar los sistemas institucionalizados de presión de las élites sobre la política. Hay que regular y fiscalizar el mercado financiero. Hay que igualar los derechos y oportunidades de las mujeres. Hay que revertir toda política que suponga una transferencia de riqueza de quien tiene menos a quien tiene más. Hay que distribuir equitativamente, tanto la riqueza como su producción. Es posible.