Sobre dónde se funda la ética (7). Nos dotamos de derechos en tanto somos egoístas, compasivos e inteligentes

Ya tengo los derechos en el eje de la construcción ética. Sin embargo se que los derechos no existen. ¡Menudo pilar me he buscado! Aunque estamos acostumbrados a decir –“Tengo derecho a…” , lo cierto es que no nacemos con derechos. Los derechos son una construcción, una creación de la inteligencia y una creación vulnerable porque su fortaleza depende de la reciprocidad. Su poder es sólo efectivo si hay un sistema social que los sustente. Esto es fácil de entender si pensamos en cómo el reconocimiento de derechos económicos como el trabajo o la vivienda se desmoronan  de hecho  cuando el sistema económico – social no los garantiza.

8 de marzo derechos de la mujer

Construir la ética sobre los derechos me parece un enorme progreso, pero adolece de la misma inestabilidad que arriba señalaba: los derechos son creaciones humanas. Qué derechos y para quién son dos cuestiones básicas que estarían sujetas al albur de quien se arrogue el poder de determinarlo. J.A. Marina y M. de la Válgoma le dedican a este asunto un capítulo, el decimotercero, de su “La lucha por la dignidad”. Ellos concluyen, al igual que los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que la justificación de los derechos es la dignidad. Ellos saben que están apoyando la construcción de la  ciudad feliz y de la ética en una creación humana y reconocen el riesgo, pero entienden que, de la expansión de los conceptos de dignidad y derecho mediante el uso racional de la inteligencia y la experiencia del desarrollo histórico – razón práctica- se infieren, se inducen, principios universalmente válidos. Estoy de acuerdo, pero creo que se puede apoyar más sólidamente el edificio. Ese es el motivo por el que, con cierto pudor, estoy escribiendo. Creo que el cimiento no está  en una creación humana, sino en su propia esencia constitutiva. La humanidad se constituye en la evolución desde la biología como determinante de los comportamientos hacia la creación individual y cultural de los modos de actuación o, expresado en términos de objetivos, desde los comportamientos guiados hacia la reproducción y la supervivencia a los dirigidos a la felicidad.  En ese camino evolutivo nos constituimos  como seres híbridos de egoísmo y altruismo, de individualidad y cooperación, de identidad individual y pertenencia al grupo. Nos constituye la conciencia de nosotros mismos y la conciencia del otro, la empatía, la compasión. Esa realidad -de la que hay sobradas y cada vez más sólidas evidencias- es la base sobre la que construir, fundar, la ética. ¿De qué modo?

Yo, dotado de conciencia individual, quiero ser feliz. Sé, por mi conciencia del otro, que él quiere ser feliz y, por la empatía y la compasión, deseo también su felicidad. Los seres humanos, TODOS, queremos ser felices. Dotados como estamos de inteligencia, y haciendo un uso racional de ella, podemos encontrar universales de felicidad: premisas o condiciones necesarias para poder ser felices comunes a todos los hombres; y sabemos que sólo pueden cumplirse en sociedad. Para garantizar ese cumplimiento podemos imponer deberes o bien reconocernos recíprocamente derechos. La primera opción – la Historia nos lo muestra con claridad- , no nos posibilita condiciones universales de felicidad. Supone un fracaso. Implica una jerarquía entre el impositor de las morales y los que han de cumplirlas, entre los que tienen por sí o como grupo poder suficiente para garantizase sus propias condiciones de felicidad y los que quedan excluidos o forzados a construir las mejores condiciones para la élite, sin tenerlas para ellos mismos. Es la opción del egoísmo individualista y del egoísmo tribal, triunfantes. Pero queremos construir un modo de ser en el mundo y de actuar en el mundo coherente, además, con la parte cooperante, altruista y empática que también nos constituye. Y el mejor modo que nuestra inteligencia creadora ha encontrado para garantizar las mejores condiciones posibles de felicidad para todos es la segunda opción: el reconocimiento recíproco de derechos y la asunción de los deberes individuales y colectivos que conlleva. No se trata de la opción altruista frente a la egoísta. Se trata de la mejor opción. No puedo garantizar mis condiciones de felicidad, aun cuando esté bien asentado en la parte privilegiada de la sociedad o del mundo, si no garantizo recíprocamente las condiciones del resto. Si no veo una situación moralmente inaceptable en la desigualdad de acceso al ejercicio de los derechos, no tendré justificación moral para reivindicar mis derechos si cambian las circunstancias y caigo en la parte excluida o los excluidos revierten la situación. Por tanto, la afirmación del hombre como ser digno, como ser dotado, por determinación mancomunada de toda la humanidad, de dignidad es una de las más trascendentes creaciones de la inteligencia.

Hasta este párrafo pretendía llegar. Es, en cierto modo, la conclusión de todo lo anterior. Los cimientos sobre los que podría asentarse la construcción de una ética universalmente aceptable. Quiero dejar claro que mi parte en la autoría  es mínima. Lo que he escrito lo he ido descubriendo leyendo, básicamente, a José Antonio Marina. Espero no haber traicionado mucho sus ideas. Lo he escrito para ordenar mis ideas, por si le resulta interesante a algún amigo que se haya decidido a leerlo y para dejar plasmada una pequeña aportación. Desde mi humilde punto de vista, vincular el reconocimiento de los derechos y la afirmación de la dignidad a la condición constitutiva de la humanidad como especie social y cooperante y de cada hombre como ser dotado de conciencia individual y de empatía y compasión para con sus semejantes, supone profundizar unos palmos la solidez de los cimientos de esta construcción.

Comencé esta serie de artículos, entre el asombro y el pasmo, con la pretensión de buscar un buen cobijo ante la intemperie, y de momento me he quedado en los cimientos. Construir sobre ellos ya solo requiere usar nuestras capacidades intelectuales. De este modo podríamos aparejar y consolidar los principios, los valores y las leyes de una ética universal con la misma solidez con la que las ciencias descubren las leyes de la naturaleza. Sin grandes pretensiones, para ilustrar lo que quiero decir, voy a plantear el inicio de ese desarrollo, pero ya en otro artículo.

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Sobre dónde se funda la ética (6). Nos imponen deberes, pero queremos derechos.

Pues bien, si no ando muy desencaminado, los humanos, desdibujados los fines de la existencia determinados genéticamente, pretendemos la felicidad como objeto de vida y todos necesitamos el mismo tipo de elementos o premisas para construir, autodeterminar nuestro camino a la felicidad. Y así las cosas ¿Por que he de obrar bien?¿Por qué he de hacer lo que debo? ¿Por qué no comportarme exclusivamente guiado por el mejor modo de maximizar mi propia felicidad? ¿No puedo considerar eso como obrar bien, como hacer lo que debo?

Ya he señalado que somos constitutivamente seres sociales. Nos necesitamos, necesitamos al grupo para ser. Hemos evolucionado comprendiendo y empatizando con los sentimentos de los otros y cooperando. No somos ni hormigas incapaces de comportamientos diferentes al del sacrificio por el hormiguero, ni leones solitarios expulsados de la manada. Entre ambos extremos, decidimos nuestro modo de ser en el mundo. El banco de pruebas de la Historia y nuestro propio laboratorio de vida personal nos muestran el permanente conflicto entre guiarnos por aquello que nos resulta más ventajoso hoy y a mi y aquello que genera mejores condiciones para el prójimo, el grupo o la sociedad.

En ese conflicto nacen las morales, las instituciones, las normas, los deberes, las respuestas de las diferentes culturas, de los grupos humanos para garantizar la cohesión, la supervivencia y el control del grupo. La necesidad de convivir y de resolver los problemas de la convivencia nos fue constituyendo, al tiempo que construíamos los modos de convivir: La moral fue conformando al hombre al tiempo que el hombre conformaba la moral. La importancia de los límites morales y la importancia de las religiones como proveedoras de códigos morales avalados trascendentalmente por las divinidades es indudable en nuestra historia. Pero no podemos perder de vista que sus objetivos son el control del conflicto invididuo-sociedad y, por tanto, el dominio sobre la sociedad y sobre los individuos, no la felicidad ni la justicia.

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Las morales particulares, las morales tribales, las morales religiosas nos han permitido llegar hasta aquí; pero el laboratorio de la Historia y una mirada por la ventana hacia nuestro mundo nos muestran la inmensa cantidad de sufrimiento que generan. El egoísmo individualista y el egoísmo tribal están en el origen de las guerras, de la exclusión del diferente, de los genocidios, de las esclavitudes, de la dominación de un sexo sobre otro y del poseedor sobre el desposeído, de las identidades asesinas y de las desigualdades asesinas.

Aun desde la evidencia de que los comportamientos guiados hacia mi máxima satisfacción, o la de mi tribu, mi nación, mi clase, mi sexo, mi élite generan sufrimiento en otros,¿Por qué he de variar esos comportamientos si me satisfacen?¿Por que ha de preocuparme el otro cuando el ocuparme de su felicidad compromete la maximización de la mía y cuando él es tanto como yo para ocuparse de su propia satisfacción? ¿Por qué mi nación, mi sociedad, mi economía, mi clase, mi sexo ha de proponer un modo de conducirse tal que no pretenda solo su mayor desarrollo y beneficio sino el de toda la humanidad?

Todas las morales y diferentes intentos de generar sistemas éticos con validez universal han buscado la fundamentación de sus propuestas en un poder imperativo. Propongo dos ejemplos: Hay que hacer lo que hay que hacer porque Dios lo manda, o porque lo dicta el derecho natural. Estos asideros, estas justificaciones se pretenden trascendentes. Pero son, en realidad, creaciones  del hombre. Fundamentar los valores y deberes en una creación humana es peligroso. Podemos encontrarnos al albur de quien maneje e interprete esa creación. O quien, por el mismo proceso creativo, proponga otra, como, por ejemplo, el espíritu del pueblo o la superioridad de mi raza. Vuelvo a los ejemplos iniciales propuestos. No hay que esforzarse mucho para justificar que en el nombre de Dios se han promovido y se promueven proyectos imbuidos de solidaridad, fraternidad, equidad y justicia y que en el mismo nombre se han cometido y se cometen enormes atrocidades y se justifican explotaciones, humillaciones o matanzas. Algo parecido puede decirse del derecho natural, una notable invención, pero una invención. Ya sabemos que en el hombre es difícil hablar en puridad de naturaleza, porque nuestra hibridación de biología y cultura no permite separar ambos elementos. Pero es de la ley natural, de la selección natural de lo que se aleja nuestra evolución cultural, no a lo que tiende. De hecho, hubo ideólogos del nacismo que justificaron su régimen y la superioridad de su raza en su interpretación del derecho natural.

En todo caso, incluidos los ejemplos anteriores, se ha pretendido instaurar la ética desde la instancia ajena y odiosa del deber. Sea cual sea el origen del deber: Dios, la Naturaleza, la conciencia, la Razón… el proponente del sistema ético o moral “exige” su cumplimiento. El gran descubrimiento que yo hice leyendo Ética para náufragos, de J.A. Marina, fue la crítica del deber como piedra angular de la ética y la propuesta de sustitución de su papel estelar por el derecho. Los deberes se nos imponen como losas, los entendemos como limitaciones a nuestra libertad, los interiorizamos y acumulamos en el superego, generando un peso que no siempre somos capaces de soportar sin perder el equilibrio. En cambio los derechos juegan a nuestro favor, son queridos. Todos somos proclives a gritar: – “tengo derecho a…”. En la pg 101 de la octava  edición en Compactos Anagrama. Barcelona. 2008, que es la que tengo delante leo: “La más elemental formulación de este proyecto sería: Todo ser humano considera bueno tener derechos”. Tal vez me equivoque, pero veo con clara evidencia que las desventuras de la moral proceden de su precipitación en afirmar que el concepto fundamental es el deber y no el derecho”.  Desde luego, esto no supone la muerte del deber. Un derecho, es un poder. Si afirmo mi derecho, por ejemplo, a expresarme libremente, o a la jubilación, estoy afirmando que puedo expresarme y que puedo (tengo el poder, no la posibilidad) recibir una prestación económica cuando ya no sea productivamente activo. Pero esos poderes no son intrínsecos, no dependen de mi fuerza, de mi inteligencia o de mi capacidad personal. Dependen de la sociedad, de su reconocimiento social, lo que supone reciprocidad. En esa reciprocidad están incluidos los deberes. Mi derecho te compromete y tu derecho me compromete. Si reconozco tu derecho a la  atención sanitaria, me obligo a contribuir con el sistema que permita hacerlo efectivo. Mis propios derechos autorreconocidos conllevan deberes: si quiero disfrutar de tomates sanos y recién cogidos me obligo a cultivar mi huerto. Así planteados, los deberes dejan de ser una carga impuesta y se transfiguran en medios para un fin deseado.

Sobre dónde se funda la ética (5). Más premisas de la felicidad. Fin del paréntesis.

Continúo con los otros tres bloques de elementos que inciden en la felicidad, según la clasificación que apunté en la anterior entrada.

–       La seguridad respecto del futuro. Es el segundo piso de la pirámide de Maslow hacia la felicidad. Por lo que hasta ahora sabemos, somos el único ser vivo que toma decisiones en función de sus proyectos para el futuro y no solo del pasado que determinó sus genes. Eso implica que no podemos ser felices, aunque en el presente confluyan las condiciones apropiadas, si no tenemos una cierta garantía de que podremos mantenerlas en el futuro. Coloquemos a una familia hambrienta en mitad de un desierto y ofrezcámosles el más apetecible de los banquetes y agua en abundancia, por un día. ¿Disfrutarían de ello, si no supieran si iban a poder comer o beber los días siguientes?¿Dormirían bien los padres sin saber qué iban a poder dar a sus hijos cuando al día siguiente comenzara a apretar la sed?

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Es verdad que millones de congéneres viven, si acaso, al día, sin seguridad respecto del mañana. Imagino que procurarán, pese a ello, disfrutar de los momentos en que tengan oportunidad. ¿Pueden alcanzar la misma calidad de felicidad?. No se si habrá estudios que valoren el grado de satisfacción en ausencia de seguridad. Sospecho que, en todo caso, será deficiente. El concepto de “Estado del bienestar” incluye garantías públicas de seguridad social:  prestaciones por jubilación, desempleo u otras circunstancias sociales sobrevenidas. El conjunto de la sociedad, el Estado, se convertía en garante  de seguridad para sus ciudadanos. El desmantelamiento de las prestaciones del sistema público de bienestar incide en la pérdida de felicidad: aumento de suicidios,  ansiedad y otros trastornos mentales.

El placer físico e intelectual. Es el elemento con más pedigrí. Estamos ante el hedonismo, la asimilación de felicidad y placer. Que el placer genera satisfacción está en su propia definición. El disfrutar nos sitúa en un estado anímico feliz. Esto es algo que no requiere demostración. Ahora bien, al parecer, se ha avanzado bastante en precisar qué y cómo nos genera placer. Las neurociencias han identificado los mecanismos neuronales del sistema de recompensa y motivación: la áreas cerebrales que intervienen, los circuitos que se activan, las hormonas (dopamina, endorfina…) que lo incentivan y dirigen. Y nos han puesto de manifiesto algunas cosas muy interesantes. Desde luego el sexo y la comida estimulan el proceso: cuestión de supervivencia. La primera curiosidad es que los flujos hormonales se ponen en marcha con la expectativa del placer, aunque no se materialice. La felicidad está en la antesala de la felicidad, sentencia Punset, de quien estoy tomando las referencias de este párrafo. En el siguiente punto lo repetiré. La segunda es que los placeres intelectuales activan los mismos circuitos de motivación y recompensa que los físicos. Reproduzco la cita y el enlace que siguen, pensando especialmente en Jesús Parra, músico y seguidor del blog: “Las investigaciones más recientes  http://www.pnas.org/content/98/20/11818.long. han revelado que la música, al actuar sobre el sistema nervioso central, aumenta los niveles de endorfinas, los opiaceos propios del cerebro, así como los de otros neurotransmisores, como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. De las endorfinas se ha descubierto que dan motivación y energía ante la vida, que producen alegría y optimismo, que disminuyen el dolor y que contribuyen a la sensación de bienestar y que estimulan los sentimientos de gratitud y satisfacción existencial”. Lo mismo puede decirse respecto de las artes plásticas, de la contemplación de la belleza y de los empeños intelectuales que nos permiten descubrir, estimular la curiosidad, asentar la autoestima. Sin duda esa es una de las razones por la que estoy ahora escribiendo.  ¿Por qué, entonces los placeres han sido denostados, prohibidos, asimilados con pecado? ¿Cómo es posible que haya morales propias de culturas o religiones que prohíban, por ejemplo escuchar música? Probablemente lo justo sería buscar la genealogía de cada caso, pero en términos generales creo que se puede afirmar que las morales particulares no tienen como objetivo la felicidad de los miembros de su comunidad, sino más bien mantener el control sobre ella. La asunción individual de la moral del grupo (superego), sobre todo en caracteres especialmente responsables o gregarios, genera la autorrepresión inconsciente de placeres, lo que da lugar a estados de infelicidad, incluso patológicos. En el extremo contrario, el sentimiento de placer, que actúa en nuestro cerebro como una autodroga, es muy poderoso, es adictivo. Si algo es placentero queremos repetirlo. Las adicciones pueden resultar tiránicas y comprometer la libertad y la felicidad de quien las padece.

La ampliación de posibilidades. Si hay un elemento genuinamente humano, es este. Es una idea central en la teoría de la inteligencia creadora de J.A Marina. Suya es la frase “La inteligencia humana es la inteligencia animal transfigurada por la libertad.” , a la que otorga tanta importancia que es una de las tres que rota en la cabecera de su web. Toda inteligencia, animal o artificial, también la nuestra, tiene capacidades computacionales: capta información, la procesa y responde solucionando problemas. El gran salto de la inteligencia humana está en las capacidades ejecutivas. No sólo resolvemos problemas: creamos problemas, inventamos posibilidades y elegimos qué comportamientos adoptamos. De ahí la libertad. Ya sabemos que la carga genética no es determinante en nuestro comportamiento. Eso nos deja huérfanos de seguridades y nos obliga a elegir. Decidimos si desayunamos galletas con mantequilla o tostadas integrales, si leemos un libro o nos vamos de cañas, si le tiramos los tejos a este o a aquel, si estudiamos mecánica o electrónica, si nos enfrascamos en una oposición o emigramos a Alemania… Nos seducimos desde el futuro con proyectos y elegimos en función de ellos. Nos proponemos proyectos con más o menos trascendencia y esa valoración es, desde luego, subjetiva: mantenernos en forma, estudiar la flora endémica del Guadarrama, seducir a una chica, formar una familia, ser ingeniero… escribir este blog. Para ser felices necesitamos mantener vivos proyectos que nos interesen, tener metas, levantarnos cada mañana con la motivación de objetivos hacia los que avanzar. Ya dije que repetiría la cita “la felicidad está en la antesala de la felicidad”. Los viernes nos sentimos más alegres que los lunes. La educación y el acceso a las creaciones de la humanidad, a la cultura, son indispensables para ampliar nuestras posibilidades y, por tanto, para construirnos felices. Algunas de las premisas de autorrealización de la cúspide de la pirámide de Maslow caen en este epígrafe; desde luego, la creatividad. Esta condición de felicidad tiene una dimensión individual y una dimensión social. El entorno es determinante en la apertura de posibilidades. Un sistema de organización socioeconómica que semiesclaviza a sus ciudadanos, impone jornadas de 12 horas con salarios de miseria, los mantiene analfabetos, les priva del acceso a las creaciones culturales… limita sus posibilidades. Por el contrario, un sistema social favorecerá tanto más la felicidad de sus miembros cuanto más amplíe sus posibilidades.

Si alguien ha llegado leyendo hasta aquí, se habrá dado cuenta de que no he dado una fórmula de felicidad. Era un título-reclamo. No pretendía con este paréntesis un manual de autoayuda. Espero, sin embargo, haber listado un catálogo de premisas, de condiciones para la felicidad si no exhaustivo, sí demostrativo de que los tipos de necesidades son universales, comunes a toda la humanidad.  Y eso, ¿para qué? Pues, como anuncié en el primer artículo de la serie, pretendo buscar un asiento constituyente de la ética, justificar qué es obrar bien y porque hemos de obrar bien. Entonces dije que introducir el término bien en la pregunta de qué nos motiva a actuar era un salto al vacío. Este catálogo, este paréntesis que ahora cierro es el paracaídas. Hemos de tener criterios para valorar nuestros comportamientos por un lado y evaluar el ejercicio del poder, las políticas, el gobierno de lo público, por otro.  En alguna entrada posterior propondré evaluar, desde la órbita de la ética, las conductas individuales y sociales en función de su contribución a crear condiciones que permitan la felicidad. Y en ese punto los relativistas, los individualistas, los liberales podrían tirar mi argumentación por tierra alegando que no existe un concepto objetivo, ni siquiera intersubjetivo de felicidad; que cada cultura y cada individuo tienen el suyo y legitimidad para guiarse por él sin ocuparse de los demás. Espero haber dejado claro que existen condiciones necesarias comunes a todos los humanos. Cosa distinta es que estemos dispuestos a comprometer nuestros comportamientos y nuestra acción política a las necesidades de los otros.

(1) “Ciertos resultados de estudios con neuroimagen sugieren que mecanismos neuronales subyacen tanto al dolor físico como a la experiencia dolorosa asociada con la separación o el rechazo sociales”. GRANDE-GARCÍA, Israel. Neurociencia social. Anales de Psicología. 2009. nº25. nº1. pg.15.

Sobre dónde se funda la ética (4). Esta vez sí: los factores de la fórmula

Veamos si me pongo de acuerdo conmigo mismo y si estáis de acuerdo en la clasificación que propongo de universales de felicidad. En una entrada anterior, apuntaba seis elementos. Pueden ser más o menos según se agrupen o desagrupen. (De hecho, ilustro la entrada con la pirámide de Maslow, un psicólogo americano de principios del pasado siglo, que propuso una prelación de necesidades diferente -pero no contradictoria- con la de este artículo).  Voy a mantener la nómina en atención a quienes leísteis  aquel post (en particular a Mamen, de quien he aprendido, entre otras muchísimas cosas que, por supuesto, no voy a detallar, el necesario hedonismo).

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Repito aquí la enumeración de las premisas de la felicidad, para que desde el principio se visibilicen: La satisfacción de necesidades físicas y materiales,  La estabilidad emocional,  Las relaciones satisfactorias con los otros, La seguridad respecto del futuro, el placer físico e intelectual  y la ampliación de posibilidades. Trataré de hacer entender a que me refiero con cada una en éste y el próximo artículo.

–  La satisfacción de necesidades físicas y materiales. Hace unos días colgaba Luis Sanjuán en su facebook el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos humanos y ya aproveché para refrescarlo. Ese texto, más el del artículo 23, que se refiere al trabajo, recogen a lo que me refiero en este punto. Alimento, abrigo, refugio, vivienda, salud… ; se trata de lo que todos estaríamos de acuerdo en considerar necesidades básicas. Si bien el concepto de necesidad es movedizo, en función, sobre todo, del grado de desarrollo material de la sociedad de que se trate, hay niveles sin los cuales parece imposible hablar de felicidad. Hay experimentos (E. Punset cita a Daniel Gilbert, catedrático de Psicología en Harvard en El viaje a la felicidad )que demuestran que, a partir de un nivel de riqueza, que permite la satisfacción de necesidades básicas y la seguridad sobre el futuro, la acumulación no aumenta el nivel de satisfacción (haciendo bueno el dicho de que el dinero no da la felicidad). Es posible que no todos estemos plenamente de acuerdo con la afirmación anterior, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, el hambre endémico, los ingresos que no permiten superar el límite de la pobreza, la afectación de enfermedades para las que existen técnicas de prevención y cura contrastadas, la desatención del discapacitado, el anciano o el niño… son las mayores barreras para que cada uno de los miles de millones de hombres afectados por ellas tengan siquiera la más mínima oportunidad de buscar su felicidad. Para evidenciar que la política económica puede generar desdicha solo hay que asomarse a la ventana (en mi caso, que soy un afortunado); que la política económica puede posibilitar condiciones materiales dignas de vida para TODOS es algo que he defendido en varias entradas anetriores. No insisto más. De lo que no cabe duda es de que la economía concierne a la ética; por eso la ética ha de comprometer a la economía.

 La estabilidad emocional. la felicidad es un estado emocional. Hay quien ha definido la felicidad como “ausencia de miedo”.  Me parece, tal como estoy defendiendo, que son necesarios algunos elementos más que la sola tranquilidad para ser feliz, pero, concurran esos elementos en mayor o menor medida, en último término la sensación de plenitud es emocional. (de hecho suele ponerse al yogui o al hombre sin camisa como ejemplos de hombre feliz). Para desarrollar este punto necesitaría hacer un tratado de psicología ( mi desfachatez no llega a tanto). Como he sufrido de miedo (utilizo el pretérito perfecto tocando madera) sé cómo desestabiliza. Somos seres enormemente complejos. Hemos convertido nuestras propias creaciones: la cultura, en nuestra segunda naturaleza, nuestro marco, el campo de nuestro juego; pero biológicamente, genéticamente somos similares desde hace doscientos mil años (por ahí más o menos sitúan paleontólogos y genetistas el surgimiento del homo sapiens).  Esto hace que generemos respuestas sentimentales diseñadas para sobrevivir en un ambiente que nada tiene que ver con nuestra sociedad actual. Activamos los resortes mentales y físicos diseñados para salvarnos del ataque de un oso pensando, por ejemplo, en que el próximo mes hemos de subir a un avión. Este tipo de lecturas inconscientes de las situaciones de peligro es fuente de sufrimiento. Nuestro hipocampo, (o nuestro subsconsciente, si ha de expresarlo un psicoanalista) acumula la memoria de la especie y la historia del individuo. Allí se parapetan miedos, represiones, normas morales y pulsiones  (el super ego y el ello freudianos), creencias irracionales ( el término lo acuñó el psicólogo Albert Ellis)… A partir de esa información cincelada fuera del acceso de nuestra conciencia evaluamos la realidad. De esa valoración provienen los sentimientos: alegría, tristeza, miedo, repugnancia, ira, sorpresa… (sobre estos, básicos, como somos así de enrevesados, construimos todo un laberinto sentimental). Nuestra felicidad depende en último término de como lidiemos con nuestros sentimientos. Tanto desoir lo que tratan de decirnos como dejarnos llevar por ellos son causas de infelicidad. Por eso hablo de estabilidad emocional. No es el momento de insistir más en ello, pero lo que es seguro es que la felicidad compete a la psicología y, por tanto la psicología también concierne a la ética.

– Las relaciones satisfactorias con los otros. Bajo este epígrafe caben muchos elementos que conforman nuestra felicidad. Somos una especie social. Inventamos la gran herramienta del lenguaje porque necesitamos al otro, necesitamos comunicarnos y compartir de un modo en que ninguna otra especie social ha necesitado. Las más intensas satisfacciones y las más intensas desdichas provienen de la relación con los demás: la amistad, las relaciones de pareja, la familia, el grupo social, la ciudad, las estructuras organizativas y de poder de lo distintos niveles  sociales de los que somos partícipes. Ya decía que somos constitutivamente cooperantes. Pero además, al parecer, experimentos tanto en psicología como en neurociencias (que descubrieron las neuronas espejo en los pasados años 90) nos dicen que colaborar, contribuir a la felicidad del otro, nos aporta felicidad. Compartir tareas, comunicar los procesos, crear equipos, corresponsabilizar, implicar e implicarse, ser partícipe y hacer participes… son elementos en boga porque aumentan la eficacia en equipos de trabajo; en realidad aumentan la satisfacción de los integrantes de cualquier grupo. La pirámide de Maslow dedica un piso al reconocimiento y otro a la afiliación. Ambos caen en este epígrafe. Necesitamos ser aceptados por el grupo. El rechazo duele (1). En una ocasión me apuntó una psiquiatra que, conceptualmente, persona deriva de personaje y no al revés. Etimológicamente la palabra proviene de la griega máscara; la que utilizaban los actores en el teatro. La necesidad de aceptación nos lleva a asumir la moral del grupo y a adaptar nuestra personalidad- personaje a lo que se espera de nosotros. Es el superego freudiano. El alago, el reconocimiento, la aceptación causa placer. El deber estricto, el peso excesivo de la moral del grupo genera sufrimiento. No se si el autorreconocimiento puede equipararse al reconocimiento del grupo. Maslow parece situarlo en el mismo bloque; el artículo que cito y enlazo en la llamada 1 también. De lo que sí estoy seguro es de la importancia determinante de la autoestima para enfrentar con éxito la vida. En la cúspide de nuestros sentimientos complejos, de nuestra necesidad de recibir y transmitir reconocimiento y afecto, de integrar al otro e integrarnos en él se sitúa el amor. Cada uno de nosotros tenemos en la memoria momentos de intensa felicidad y de intensa desesperanza asociados al amor… yo ya no digo más.  Se que me alargo, pero no puedo dejar de mencionar la necesidad de pertenencia por sus gigantescas implicaciones. La necesidad de identificarnos con un grupo está profundamente grabada en nuestro paleocerebro. Sin ella no seríamos: nuestros antepasados no habrían sobrevivido sin el amparo del grupo. Lo dramático es que el sentimiento de pertenencia  a la tribu se forja frente a otra(s) tribu(s). Es la más potente motivación del enfrentamiento, la guerra, la infelicidad infligida conscientemente a gran escala. Una de las tesis de esta serie de artículos es que la generación de un sentimiento de pertenencia a la humanidad, unido a la asunción de múltiples identidades y al respeto a las de los otros es básico para superar las morales particulares en una ética universal. Creo que algo así defiende Amin Maaluf en Identidades asesinas. En cada nivel de relación social, esta puede hacer que aumente o disminuya la felicidad de los individuos. Esto vale, por supuesto y especialmente, para las grandes organizaciones sociales. El poder puede tomar decisiones políticas que aumenten las condiciones de felicidad para todos, o sólo para una parte de la sociedad o que las disminuya. Por tanto, la política incide en la felicidad; la ética debe comprometer a la política.

Me tomo un respiro. Y aprovecho para seguir pidiendo colaboración. Lo hice en la entrada anterior, pero supongo que no estaba claro lo que pretendía. Espero que ahora se entienda mejor. Todos sabemos los momentos en los que nos sentimos felices o infelices. Ese estado sentimental nos lo provoca (o nos lo provocamos en) una situación concreta. Si tengo razón, esa situación tendría encaje en alguno o algunos de los elementos, premisas o condiciones que enumero en este artículo o citaré en el siguiente, lo que demostraría que son, efectivamente, universales de felicidad.

Sobre donde se funda la ética (3). Un paréntesis: la fórmula de la felicidad.

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No me queda más remedio que plantear, como cuestión previa, si es verdad la afirmación con la que acababa la entrada anterior de que todos buscamos la felicidad. Y si es así, ¿Todos buscamos lo mismo cuando pretendemos ser felices? La felicidad es un estado sentimental ideal. En tanto ideal es una meta, nos seduce permanentemente desde el futuro. Voy a responder a la primera cuestión permitiéndome un tirabuzón lógico. Si definimos la felicidad como aquello a lo que aspiramos, por definición, todos aspiramos a la felicidad. Este atajo para llegar al principio obliga a responder a la segunda pregunta. Si yo soy feliz cuando gana el Barça y tu cuando gana el Madrid, que es precisamente lo que a mi me hace desgraciado, es evidente que no nos hacen feliz las mismas cosas. Espero que el ejemplo, aunque lo proponga un no futbolero, sea clarificador. La tesis es que sí nos generan estados de ánimo satisfactorios el mismo tipo de cosa, los mismos elementos que, por tanto, podemos denominar universales de felicidad. En el caso del ejemplo, para ambos, se produce la misma emoción; la misma activación de los circuitos placenteros ante una situación: la victoria de mi equipo. Para ambos esa situación enlaza con el apego, profundamente grabado en el inconsciente, de pertenencia. La diferencia es que yo vinculo mi identidad a una tribu y tu a otra.

¿Cuáles son esos elementos universales de la felicidad? No tengo la desfachatez de pretender dar una respuesta cerrada. Muchos antes que yo y con mayor profundidad han tratado el asunto; escuelas filosóficas o psicológicas han puesto el acento en distintos elementos: deber o virtud; individuo o sociedad; elementos internos, emocionales o externos, materiales… Mi intención es catalogar del modo más completo que pueda esos elementos, con independencia del orden en que cada uno pueda priorizarlos. Si concluimos que la órbita ética supone un modo de comportarnos tal que posibilite el que todos los humanos gocemos de las mejores condiciones para construir nuestra felicidad, (ya se que me he adelantado con la conclusión. Espero que quede suficientemente fundamentada al final de esta serie de artículos, pero necesitaba formularla ya, a modo de tesis) es importante estar de acuerdo en qué entendemos por felicidad, ya que esa construcción es una tarea compartida y recíproca. En la medida en que nos quedemos cada uno en nuestra propia intuición de felicidad, estaremos propiciando morales particulares: la moral del más fuerte, la moral del violador, el homo lupus homini, el liberalismo, o bien la moral de mi tribu. Para superar ese estadio, que no acabamos de dejar atrás pese a los siglos de lucha por la dignidad, es importante, como premisa, realizar un ejercicio de empatía y razón para identificar los factores comunes de la felicidad individual y de la felicidad social, de la justicia. Ello claro, sin olvidar que tu eres del Atleti y yo del Madrid; o como reza el proverbio machadiano que completa al cristiano “Al prójimo amarás como a ti mismo, mas nunca olvides que es otro”.

Suficiente por hoy. Voy a aplazar el catálogo que anunciaba a una próxima entrada, para no hacer esta demasiado densa. Así aprovecho para pediros sugerencias a quienes lo leáis. Se trata de organizar en una clasificación aquello que nos hace felices, a nosotros y a quienes están a nuestro lado. Si os animáis a ayudarme, la próxima entrada será compartida.