Sobre dónde se funda la ética (5). Más premisas de la felicidad. Fin del paréntesis.

Continúo con los otros tres bloques de elementos que inciden en la felicidad, según la clasificación que apunté en la anterior entrada.

–       La seguridad respecto del futuro. Es el segundo piso de la pirámide de Maslow hacia la felicidad. Por lo que hasta ahora sabemos, somos el único ser vivo que toma decisiones en función de sus proyectos para el futuro y no solo del pasado que determinó sus genes. Eso implica que no podemos ser felices, aunque en el presente confluyan las condiciones apropiadas, si no tenemos una cierta garantía de que podremos mantenerlas en el futuro. Coloquemos a una familia hambrienta en mitad de un desierto y ofrezcámosles el más apetecible de los banquetes y agua en abundancia, por un día. ¿Disfrutarían de ello, si no supieran si iban a poder comer o beber los días siguientes?¿Dormirían bien los padres sin saber qué iban a poder dar a sus hijos cuando al día siguiente comenzara a apretar la sed?

Palabras de caramelo 6

Es verdad que millones de congéneres viven, si acaso, al día, sin seguridad respecto del mañana. Imagino que procurarán, pese a ello, disfrutar de los momentos en que tengan oportunidad. ¿Pueden alcanzar la misma calidad de felicidad?. No se si habrá estudios que valoren el grado de satisfacción en ausencia de seguridad. Sospecho que, en todo caso, será deficiente. El concepto de “Estado del bienestar” incluye garantías públicas de seguridad social:  prestaciones por jubilación, desempleo u otras circunstancias sociales sobrevenidas. El conjunto de la sociedad, el Estado, se convertía en garante  de seguridad para sus ciudadanos. El desmantelamiento de las prestaciones del sistema público de bienestar incide en la pérdida de felicidad: aumento de suicidios,  ansiedad y otros trastornos mentales.

El placer físico e intelectual. Es el elemento con más pedigrí. Estamos ante el hedonismo, la asimilación de felicidad y placer. Que el placer genera satisfacción está en su propia definición. El disfrutar nos sitúa en un estado anímico feliz. Esto es algo que no requiere demostración. Ahora bien, al parecer, se ha avanzado bastante en precisar qué y cómo nos genera placer. Las neurociencias han identificado los mecanismos neuronales del sistema de recompensa y motivación: la áreas cerebrales que intervienen, los circuitos que se activan, las hormonas (dopamina, endorfina…) que lo incentivan y dirigen. Y nos han puesto de manifiesto algunas cosas muy interesantes. Desde luego el sexo y la comida estimulan el proceso: cuestión de supervivencia. La primera curiosidad es que los flujos hormonales se ponen en marcha con la expectativa del placer, aunque no se materialice. La felicidad está en la antesala de la felicidad, sentencia Punset, de quien estoy tomando las referencias de este párrafo. En el siguiente punto lo repetiré. La segunda es que los placeres intelectuales activan los mismos circuitos de motivación y recompensa que los físicos. Reproduzco la cita y el enlace que siguen, pensando especialmente en Jesús Parra, músico y seguidor del blog: “Las investigaciones más recientes  http://www.pnas.org/content/98/20/11818.long. han revelado que la música, al actuar sobre el sistema nervioso central, aumenta los niveles de endorfinas, los opiaceos propios del cerebro, así como los de otros neurotransmisores, como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. De las endorfinas se ha descubierto que dan motivación y energía ante la vida, que producen alegría y optimismo, que disminuyen el dolor y que contribuyen a la sensación de bienestar y que estimulan los sentimientos de gratitud y satisfacción existencial”. Lo mismo puede decirse respecto de las artes plásticas, de la contemplación de la belleza y de los empeños intelectuales que nos permiten descubrir, estimular la curiosidad, asentar la autoestima. Sin duda esa es una de las razones por la que estoy ahora escribiendo.  ¿Por qué, entonces los placeres han sido denostados, prohibidos, asimilados con pecado? ¿Cómo es posible que haya morales propias de culturas o religiones que prohíban, por ejemplo escuchar música? Probablemente lo justo sería buscar la genealogía de cada caso, pero en términos generales creo que se puede afirmar que las morales particulares no tienen como objetivo la felicidad de los miembros de su comunidad, sino más bien mantener el control sobre ella. La asunción individual de la moral del grupo (superego), sobre todo en caracteres especialmente responsables o gregarios, genera la autorrepresión inconsciente de placeres, lo que da lugar a estados de infelicidad, incluso patológicos. En el extremo contrario, el sentimiento de placer, que actúa en nuestro cerebro como una autodroga, es muy poderoso, es adictivo. Si algo es placentero queremos repetirlo. Las adicciones pueden resultar tiránicas y comprometer la libertad y la felicidad de quien las padece.

La ampliación de posibilidades. Si hay un elemento genuinamente humano, es este. Es una idea central en la teoría de la inteligencia creadora de J.A Marina. Suya es la frase “La inteligencia humana es la inteligencia animal transfigurada por la libertad.” , a la que otorga tanta importancia que es una de las tres que rota en la cabecera de su web. Toda inteligencia, animal o artificial, también la nuestra, tiene capacidades computacionales: capta información, la procesa y responde solucionando problemas. El gran salto de la inteligencia humana está en las capacidades ejecutivas. No sólo resolvemos problemas: creamos problemas, inventamos posibilidades y elegimos qué comportamientos adoptamos. De ahí la libertad. Ya sabemos que la carga genética no es determinante en nuestro comportamiento. Eso nos deja huérfanos de seguridades y nos obliga a elegir. Decidimos si desayunamos galletas con mantequilla o tostadas integrales, si leemos un libro o nos vamos de cañas, si le tiramos los tejos a este o a aquel, si estudiamos mecánica o electrónica, si nos enfrascamos en una oposición o emigramos a Alemania… Nos seducimos desde el futuro con proyectos y elegimos en función de ellos. Nos proponemos proyectos con más o menos trascendencia y esa valoración es, desde luego, subjetiva: mantenernos en forma, estudiar la flora endémica del Guadarrama, seducir a una chica, formar una familia, ser ingeniero… escribir este blog. Para ser felices necesitamos mantener vivos proyectos que nos interesen, tener metas, levantarnos cada mañana con la motivación de objetivos hacia los que avanzar. Ya dije que repetiría la cita “la felicidad está en la antesala de la felicidad”. Los viernes nos sentimos más alegres que los lunes. La educación y el acceso a las creaciones de la humanidad, a la cultura, son indispensables para ampliar nuestras posibilidades y, por tanto, para construirnos felices. Algunas de las premisas de autorrealización de la cúspide de la pirámide de Maslow caen en este epígrafe; desde luego, la creatividad. Esta condición de felicidad tiene una dimensión individual y una dimensión social. El entorno es determinante en la apertura de posibilidades. Un sistema de organización socioeconómica que semiesclaviza a sus ciudadanos, impone jornadas de 12 horas con salarios de miseria, los mantiene analfabetos, les priva del acceso a las creaciones culturales… limita sus posibilidades. Por el contrario, un sistema social favorecerá tanto más la felicidad de sus miembros cuanto más amplíe sus posibilidades.

Si alguien ha llegado leyendo hasta aquí, se habrá dado cuenta de que no he dado una fórmula de felicidad. Era un título-reclamo. No pretendía con este paréntesis un manual de autoayuda. Espero, sin embargo, haber listado un catálogo de premisas, de condiciones para la felicidad si no exhaustivo, sí demostrativo de que los tipos de necesidades son universales, comunes a toda la humanidad.  Y eso, ¿para qué? Pues, como anuncié en el primer artículo de la serie, pretendo buscar un asiento constituyente de la ética, justificar qué es obrar bien y porque hemos de obrar bien. Entonces dije que introducir el término bien en la pregunta de qué nos motiva a actuar era un salto al vacío. Este catálogo, este paréntesis que ahora cierro es el paracaídas. Hemos de tener criterios para valorar nuestros comportamientos por un lado y evaluar el ejercicio del poder, las políticas, el gobierno de lo público, por otro.  En alguna entrada posterior propondré evaluar, desde la órbita de la ética, las conductas individuales y sociales en función de su contribución a crear condiciones que permitan la felicidad. Y en ese punto los relativistas, los individualistas, los liberales podrían tirar mi argumentación por tierra alegando que no existe un concepto objetivo, ni siquiera intersubjetivo de felicidad; que cada cultura y cada individuo tienen el suyo y legitimidad para guiarse por él sin ocuparse de los demás. Espero haber dejado claro que existen condiciones necesarias comunes a todos los humanos. Cosa distinta es que estemos dispuestos a comprometer nuestros comportamientos y nuestra acción política a las necesidades de los otros.

(1) “Ciertos resultados de estudios con neuroimagen sugieren que mecanismos neuronales subyacen tanto al dolor físico como a la experiencia dolorosa asociada con la separación o el rechazo sociales”. GRANDE-GARCÍA, Israel. Neurociencia social. Anales de Psicología. 2009. nº25. nº1. pg.15.

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