Sobre dónde se funda la ética (6). Nos imponen deberes, pero queremos derechos.

Pues bien, si no ando muy desencaminado, los humanos, desdibujados los fines de la existencia determinados genéticamente, pretendemos la felicidad como objeto de vida y todos necesitamos el mismo tipo de elementos o premisas para construir, autodeterminar nuestro camino a la felicidad. Y así las cosas ¿Por que he de obrar bien?¿Por qué he de hacer lo que debo? ¿Por qué no comportarme exclusivamente guiado por el mejor modo de maximizar mi propia felicidad? ¿No puedo considerar eso como obrar bien, como hacer lo que debo?

Ya he señalado que somos constitutivamente seres sociales. Nos necesitamos, necesitamos al grupo para ser. Hemos evolucionado comprendiendo y empatizando con los sentimentos de los otros y cooperando. No somos ni hormigas incapaces de comportamientos diferentes al del sacrificio por el hormiguero, ni leones solitarios expulsados de la manada. Entre ambos extremos, decidimos nuestro modo de ser en el mundo. El banco de pruebas de la Historia y nuestro propio laboratorio de vida personal nos muestran el permanente conflicto entre guiarnos por aquello que nos resulta más ventajoso hoy y a mi y aquello que genera mejores condiciones para el prójimo, el grupo o la sociedad.

En ese conflicto nacen las morales, las instituciones, las normas, los deberes, las respuestas de las diferentes culturas, de los grupos humanos para garantizar la cohesión, la supervivencia y el control del grupo. La necesidad de convivir y de resolver los problemas de la convivencia nos fue constituyendo, al tiempo que construíamos los modos de convivir: La moral fue conformando al hombre al tiempo que el hombre conformaba la moral. La importancia de los límites morales y la importancia de las religiones como proveedoras de códigos morales avalados trascendentalmente por las divinidades es indudable en nuestra historia. Pero no podemos perder de vista que sus objetivos son el control del conflicto invididuo-sociedad y, por tanto, el dominio sobre la sociedad y sobre los individuos, no la felicidad ni la justicia.

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Las morales particulares, las morales tribales, las morales religiosas nos han permitido llegar hasta aquí; pero el laboratorio de la Historia y una mirada por la ventana hacia nuestro mundo nos muestran la inmensa cantidad de sufrimiento que generan. El egoísmo individualista y el egoísmo tribal están en el origen de las guerras, de la exclusión del diferente, de los genocidios, de las esclavitudes, de la dominación de un sexo sobre otro y del poseedor sobre el desposeído, de las identidades asesinas y de las desigualdades asesinas.

Aun desde la evidencia de que los comportamientos guiados hacia mi máxima satisfacción, o la de mi tribu, mi nación, mi clase, mi sexo, mi élite generan sufrimiento en otros,¿Por qué he de variar esos comportamientos si me satisfacen?¿Por que ha de preocuparme el otro cuando el ocuparme de su felicidad compromete la maximización de la mía y cuando él es tanto como yo para ocuparse de su propia satisfacción? ¿Por qué mi nación, mi sociedad, mi economía, mi clase, mi sexo ha de proponer un modo de conducirse tal que no pretenda solo su mayor desarrollo y beneficio sino el de toda la humanidad?

Todas las morales y diferentes intentos de generar sistemas éticos con validez universal han buscado la fundamentación de sus propuestas en un poder imperativo. Propongo dos ejemplos: Hay que hacer lo que hay que hacer porque Dios lo manda, o porque lo dicta el derecho natural. Estos asideros, estas justificaciones se pretenden trascendentes. Pero son, en realidad, creaciones  del hombre. Fundamentar los valores y deberes en una creación humana es peligroso. Podemos encontrarnos al albur de quien maneje e interprete esa creación. O quien, por el mismo proceso creativo, proponga otra, como, por ejemplo, el espíritu del pueblo o la superioridad de mi raza. Vuelvo a los ejemplos iniciales propuestos. No hay que esforzarse mucho para justificar que en el nombre de Dios se han promovido y se promueven proyectos imbuidos de solidaridad, fraternidad, equidad y justicia y que en el mismo nombre se han cometido y se cometen enormes atrocidades y se justifican explotaciones, humillaciones o matanzas. Algo parecido puede decirse del derecho natural, una notable invención, pero una invención. Ya sabemos que en el hombre es difícil hablar en puridad de naturaleza, porque nuestra hibridación de biología y cultura no permite separar ambos elementos. Pero es de la ley natural, de la selección natural de lo que se aleja nuestra evolución cultural, no a lo que tiende. De hecho, hubo ideólogos del nacismo que justificaron su régimen y la superioridad de su raza en su interpretación del derecho natural.

En todo caso, incluidos los ejemplos anteriores, se ha pretendido instaurar la ética desde la instancia ajena y odiosa del deber. Sea cual sea el origen del deber: Dios, la Naturaleza, la conciencia, la Razón… el proponente del sistema ético o moral “exige” su cumplimiento. El gran descubrimiento que yo hice leyendo Ética para náufragos, de J.A. Marina, fue la crítica del deber como piedra angular de la ética y la propuesta de sustitución de su papel estelar por el derecho. Los deberes se nos imponen como losas, los entendemos como limitaciones a nuestra libertad, los interiorizamos y acumulamos en el superego, generando un peso que no siempre somos capaces de soportar sin perder el equilibrio. En cambio los derechos juegan a nuestro favor, son queridos. Todos somos proclives a gritar: – “tengo derecho a…”. En la pg 101 de la octava  edición en Compactos Anagrama. Barcelona. 2008, que es la que tengo delante leo: “La más elemental formulación de este proyecto sería: Todo ser humano considera bueno tener derechos”. Tal vez me equivoque, pero veo con clara evidencia que las desventuras de la moral proceden de su precipitación en afirmar que el concepto fundamental es el deber y no el derecho”.  Desde luego, esto no supone la muerte del deber. Un derecho, es un poder. Si afirmo mi derecho, por ejemplo, a expresarme libremente, o a la jubilación, estoy afirmando que puedo expresarme y que puedo (tengo el poder, no la posibilidad) recibir una prestación económica cuando ya no sea productivamente activo. Pero esos poderes no son intrínsecos, no dependen de mi fuerza, de mi inteligencia o de mi capacidad personal. Dependen de la sociedad, de su reconocimiento social, lo que supone reciprocidad. En esa reciprocidad están incluidos los deberes. Mi derecho te compromete y tu derecho me compromete. Si reconozco tu derecho a la  atención sanitaria, me obligo a contribuir con el sistema que permita hacerlo efectivo. Mis propios derechos autorreconocidos conllevan deberes: si quiero disfrutar de tomates sanos y recién cogidos me obligo a cultivar mi huerto. Así planteados, los deberes dejan de ser una carga impuesta y se transfiguran en medios para un fin deseado.

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