Sobre dónde se funda la ética (7). Nos dotamos de derechos en tanto somos egoístas, compasivos e inteligentes

Ya tengo los derechos en el eje de la construcción ética. Sin embargo se que los derechos no existen. ¡Menudo pilar me he buscado! Aunque estamos acostumbrados a decir –“Tengo derecho a…” , lo cierto es que no nacemos con derechos. Los derechos son una construcción, una creación de la inteligencia y una creación vulnerable porque su fortaleza depende de la reciprocidad. Su poder es sólo efectivo si hay un sistema social que los sustente. Esto es fácil de entender si pensamos en cómo el reconocimiento de derechos económicos como el trabajo o la vivienda se desmoronan  de hecho  cuando el sistema económico – social no los garantiza.

8 de marzo derechos de la mujer

Construir la ética sobre los derechos me parece un enorme progreso, pero adolece de la misma inestabilidad que arriba señalaba: los derechos son creaciones humanas. Qué derechos y para quién son dos cuestiones básicas que estarían sujetas al albur de quien se arrogue el poder de determinarlo. J.A. Marina y M. de la Válgoma le dedican a este asunto un capítulo, el decimotercero, de su “La lucha por la dignidad”. Ellos concluyen, al igual que los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que la justificación de los derechos es la dignidad. Ellos saben que están apoyando la construcción de la  ciudad feliz y de la ética en una creación humana y reconocen el riesgo, pero entienden que, de la expansión de los conceptos de dignidad y derecho mediante el uso racional de la inteligencia y la experiencia del desarrollo histórico – razón práctica- se infieren, se inducen, principios universalmente válidos. Estoy de acuerdo, pero creo que se puede apoyar más sólidamente el edificio. Ese es el motivo por el que, con cierto pudor, estoy escribiendo. Creo que el cimiento no está  en una creación humana, sino en su propia esencia constitutiva. La humanidad se constituye en la evolución desde la biología como determinante de los comportamientos hacia la creación individual y cultural de los modos de actuación o, expresado en términos de objetivos, desde los comportamientos guiados hacia la reproducción y la supervivencia a los dirigidos a la felicidad.  En ese camino evolutivo nos constituimos  como seres híbridos de egoísmo y altruismo, de individualidad y cooperación, de identidad individual y pertenencia al grupo. Nos constituye la conciencia de nosotros mismos y la conciencia del otro, la empatía, la compasión. Esa realidad -de la que hay sobradas y cada vez más sólidas evidencias- es la base sobre la que construir, fundar, la ética. ¿De qué modo?

Yo, dotado de conciencia individual, quiero ser feliz. Sé, por mi conciencia del otro, que él quiere ser feliz y, por la empatía y la compasión, deseo también su felicidad. Los seres humanos, TODOS, queremos ser felices. Dotados como estamos de inteligencia, y haciendo un uso racional de ella, podemos encontrar universales de felicidad: premisas o condiciones necesarias para poder ser felices comunes a todos los hombres; y sabemos que sólo pueden cumplirse en sociedad. Para garantizar ese cumplimiento podemos imponer deberes o bien reconocernos recíprocamente derechos. La primera opción – la Historia nos lo muestra con claridad- , no nos posibilita condiciones universales de felicidad. Supone un fracaso. Implica una jerarquía entre el impositor de las morales y los que han de cumplirlas, entre los que tienen por sí o como grupo poder suficiente para garantizase sus propias condiciones de felicidad y los que quedan excluidos o forzados a construir las mejores condiciones para la élite, sin tenerlas para ellos mismos. Es la opción del egoísmo individualista y del egoísmo tribal, triunfantes. Pero queremos construir un modo de ser en el mundo y de actuar en el mundo coherente, además, con la parte cooperante, altruista y empática que también nos constituye. Y el mejor modo que nuestra inteligencia creadora ha encontrado para garantizar las mejores condiciones posibles de felicidad para todos es la segunda opción: el reconocimiento recíproco de derechos y la asunción de los deberes individuales y colectivos que conlleva. No se trata de la opción altruista frente a la egoísta. Se trata de la mejor opción. No puedo garantizar mis condiciones de felicidad, aun cuando esté bien asentado en la parte privilegiada de la sociedad o del mundo, si no garantizo recíprocamente las condiciones del resto. Si no veo una situación moralmente inaceptable en la desigualdad de acceso al ejercicio de los derechos, no tendré justificación moral para reivindicar mis derechos si cambian las circunstancias y caigo en la parte excluida o los excluidos revierten la situación. Por tanto, la afirmación del hombre como ser digno, como ser dotado, por determinación mancomunada de toda la humanidad, de dignidad es una de las más trascendentes creaciones de la inteligencia.

Hasta este párrafo pretendía llegar. Es, en cierto modo, la conclusión de todo lo anterior. Los cimientos sobre los que podría asentarse la construcción de una ética universalmente aceptable. Quiero dejar claro que mi parte en la autoría  es mínima. Lo que he escrito lo he ido descubriendo leyendo, básicamente, a José Antonio Marina. Espero no haber traicionado mucho sus ideas. Lo he escrito para ordenar mis ideas, por si le resulta interesante a algún amigo que se haya decidido a leerlo y para dejar plasmada una pequeña aportación. Desde mi humilde punto de vista, vincular el reconocimiento de los derechos y la afirmación de la dignidad a la condición constitutiva de la humanidad como especie social y cooperante y de cada hombre como ser dotado de conciencia individual y de empatía y compasión para con sus semejantes, supone profundizar unos palmos la solidez de los cimientos de esta construcción.

Comencé esta serie de artículos, entre el asombro y el pasmo, con la pretensión de buscar un buen cobijo ante la intemperie, y de momento me he quedado en los cimientos. Construir sobre ellos ya solo requiere usar nuestras capacidades intelectuales. De este modo podríamos aparejar y consolidar los principios, los valores y las leyes de una ética universal con la misma solidez con la que las ciencias descubren las leyes de la naturaleza. Sin grandes pretensiones, para ilustrar lo que quiero decir, voy a plantear el inicio de ese desarrollo, pero ya en otro artículo.

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