Cuanto me gustaría que el PSOE no se dejase atrapar en la trampa del nacionalismo

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Se que el tiempo verbal de la subordinada del título está equivocado, aunque sea gramaticalmente correcto; debe poner “no se hubiese dejado”, pero prefiero dejar la desesperanza para la segunda frase en lugar de manifestarla en la cabecera. Adelanto desde ya que mi tesis es la contraria a la que pudiera pensarse de una primera interpretación del titular.

El PSOE se encuentra en estos días en una encrucijada que implica más que la responsabilidad de formar gobierno para los próximos años; compromete su propia definición ideológica. Este partido histórico, en el cual milito, nació, como la ideología socialista que proclama en su frontispicio, como herramienta de transformación social con el objetivo de conseguir un modo de relacionarnos que permitiera acabar con la explotación de los de abajo por los de arriba, de los desposeídos por los poseedores, de los obreros por los amos. Por eso el eje sobre el que gira o debería girar el socialismo –y el PSOE- es la IGUALDAD. En tiempos de frases huecas y repetición de consignas, desmenuzar, analizar y reflexionar debería ser un ejercicio necesario. (No  pretendo decir con esto que mi reflexión sea  “necesaria”, simplemente tiendo a rascar la superficie y dejar escrito lo que encuentro).  Igualdad nos conduce a los principios, o sea a la génesis, o sea a la esencia. Cuando la Asamblea Constituyente en la Francia revolucionaria de 1789 decide poner por escrito el contrato del pueblo al que representan con sus gobernantes, esto es, una Constitución, se dan cuenta de que necesitan asentarla y de que sólo la darán cimientos firmes si ese asiento lo hacen sobre valores universales (a pesar de lo muy franceses y lo mucho franceses que siempre han sido los franceses). Y parieron la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y proclamaron en su primer artículo: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. Los hombres, no sólo los franceses. Más tarde se incorporarían las mujeres a este gran principio universal de la igualdad. El socialismo nace de la necesidad de hacerlo  posible, desde la constatación que las ideologías y las prácticas basadas en el individualismo y el egoísmo conducían a la desigualdad tanto en acceso a la riqueza  como al ejercicio efectivo de derechos. Por eso el socialismo es la ideología de los de abajo y, por eso, el socialismo es una ideología universalista, ecuménica. Por eso la Internacional Socialista, ante la inminencia de la Primera Guerra Mundial, instó a los obreros a que no luchasen entre sí por intereses nacionales. Si proclamamos la dignidad humana, es decir, el acceso igual de todos los hombres a los recursos que les posibiliten construir su felicidad y elevamos esos recursos a la categoría de derechos universales, han de ser para todos, sin ninguna distinción de procedencias o sentimientos de pertenencia. Es la proclamación de los derechos individuales, tanto económicos como de libertades, el compromiso recíproco que representa y el contrato social para hacerlos efectivos lo que constituye esos principios, génesis o esencia que arriba mencionaba. Conviene resaltar que no solo nos referimos a libertades públicas y derechos ciudadanos, sino también a cosas tan esenciales como el derecho a tener con que alimentarse, a una vivienda, a un trabajo y salario dignos… Los derechos de los pueblos sólo deberían ser esgrimidos para aspectos culturales que no afecten a ese principio. Siempre que hemos antepuesto y anteponemos los derechos de los pueblos al de los individuos hemos cosechado y cosechamos enormes desgracias. La URSS no votó a favor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 por pretender que el Estado estaba por encima de los derechos individuales.(Como puede deducirse, no soy comunista). Los Estados, las naciones y sus instituciones, por tanto, no son fines en si mismos, sino medios (y me atrevo a afirmar que ya trasnochados) para ese gran objetivo ético de la justicia.

Por eso, no entiendo que la defensa de la nación española sea la línea roja para que el PSOE lidere un gobierno que ponga a la gente como objetivo, que luche contra la desigualdad y que garantice los derechos económicos y sociales. La organización territorial no es un fin, es un medio y su definición ha de conllevar un cambio constitucional que requiere un amplio consenso. Lo que ahora necesitamos es reconocer que la mayoría de los catalanes y probablemente de otros territorios dentro de España quieren tener la posibilidad de decidir el modo de relacionarse institucionalmente con el resto. Los resultados de las elecciones y las encuestas sociológicas lo señalan con toda claridad. La suma de los abiertamente independentistas y los que piden votar para decidir representa, en el caso específico catalán una mayoría incuestionable. Reconózcase esa realidad. Enfrentar a los nacionalismos periféricos el nacionalismo centralista es estimular la exacerbación de los sentimientos de pertenencia, de las afirmaciones grandilocuentes de los derechos de los pueblos y eso, vuelvo a decirlo, es tremendamente dañino. Es una trampa. Enaltecer sentimientos identitarios es muy sencillo, porque conecta con resortes inconscientes  y, una vez evoluciona a odio tribal, resulta incontrolable. En eso que llamamos ciencias sociales, el único laboratorio que tenemos es la experiencia histórica y ya nos ha demostrado sobradamente los resultados cuando se enfrentan nacionalismos exaltados. Probablemente una acción de gobierno que rescatase a los españoles, incluidos los catalanes – y los vascos, los gallegos, los andaluces…- , de la exclusión y dejase de criminalizar los sentimientos de pertenecía haría más por esa unidad de España que se pretende defender. Por eso, en esta circunstancia, tender la mano a los nacionalistas y evitar amenazarles con la “acción de la justicia”  me parece la actitud más sensata. Me parecería imperdonable perder la oportunidad de formar hoy un gobierno de cambio. Y creo que hemos de dejar de alimentar el dramatismo ante la posibilidad de que mañana una parte de los ciudadanos que forman el Estado decida iniciar una andadura con instituciones independientes.

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