Cuestión de principios

refugiados-Siria-2015

Una de las reacciones más repetidas ante los atentados de Bruselas del pasado día 22   ha sido la de que esos actos terroristas se dirigían contra nuestros valores y principios. Estoy de acuerdo. De lo que no estoy tan seguro es de que todos nos refiramos a lo mismo. Tengo la seguridad de que, en muchos casos, se está pensando en los “nuestros” frente a los “suyos”; lo que implica reforzar la voluntad de parapetarnos en una supuesta superior cultura judeo-cristiana-occidental.  Creo que tal concepción encierra dos errores esenciales. El primero se prueba con el evidente dato de que cerca del 90% de las víctimas de los yihadistas sunitas son musulmanes. El segundo atenta contra la piedra angular: el principio de los principios: todos los humanos nacemos iguales en dignidad y derechos. Asumir esta proposición, la primera de la Declaración Universal de Derechos, implica una gran responsabilidad; supone el compromiso recíproco, entre todos los que decimos defenderla y con el resto de nuestros congéneres. De ese principio se derivan el derecho de todos los hombres a condiciones materiales suficientes, alimento, vivienda, salud;  a la libertad de pensar y expresar lo que se piensa y siente; a vivir sin amenazas la propia condición sexual, étnica, religiosa, cultural; a elegir y disfrutar un lugar en el mundo… y, por tanto, el compromiso de todos para que esos derechos sean efectivos. Que los asesinos de Bruselas… y de Lahore (Pakistán) y de tantos otros lugares en Siria, Irak, Yemen, Mali… atentan contra esos principios desde su ideología excluyente nos resulta evidente. Lo que nos cuesta más trabajo ver es el terrible castigo a que los somete la actitud del Occidente desarrollado, heredero de quienes crearon y lucharon por esos principios. Basta ver la atención que reclaman los medios de comunicación para unos u otros atentados. Cada ser humano sufriente ha de ser un desgarro similar y cada sufrimiento evitable un aldabonazo para actuar. Ese es el compromiso al que apelan nuestros “principios”. La vergüenza de cerrar las puertas a  cientos de miles de congéneres que huyen de la guerra y la intolerancia, dejando atrás sus hogares, su tierra, su modo de vida… destruye nuestros valores y principios de un modo más intenso que los ataques del terrorismo, porque viene de quienes decimos defenderlos.

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