Identidades mezquinas.

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Por qué crece EEUU y no la eurozona, se preguntaba Juan Ignacio Crespo hace unos días en El Pais. Como estoy enganchado a los artículos de Krugman de cada domingo, la cuestión me es familiar y también su respuesta (me refiero, claro está, a la respuesta que le dan los economistas a los que leo). Ambas partes del mundo, ambas economías, son grandes, muy pobladas, muy desarrolladas y muy heterogéneas en cuanto a su geografía, recursos e incluso especialización económica. De hecho EEUU tiene entre Estados más diferencias geográficas, poblacionales y productivas que la Eurozona entre sus Estados. Ambas partes del mundo alimentaron un voraz sistema de especulación financiera nutrido por una indecente desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza; ambas mantuvieron desequilibrios internos entre Estados deudores y acreedores; en ambas explotaron burbujas inmobiliarias localizadas en determinados Estados; ambas rescataron sus bancos con enormes y parecidas cantidades de dinero; en ambas creció el endeudamiento público en determinados Estados. Sin embargo EEUU no ha sufrido una crisis de deuda soberana, ha mantenido el empleo y ha limitado el período de recesión.
Desde un punto de vista económico, y siguiendo las tesis de estos economistas que cito y otros de su escuela (más o menos neokeynesianos) la razón es que en EEUU el Estado Federal ha mantenido políticas monetarias y fiscales de estímulo. Toda deuda de cualquiera de sus Estados tiene la garantía del Estado Federal y su banco central, la Reserva Federal, ha comprado toda la deuda necesaria, incluso futura. Pero además, ha invertido en sector público o para-público 4 billones de dólares. ¡Sorprendente!. Por el contrario, la Eurozona dejó a sus Estados con problemas abandonados a su suerte, permitiendo que los intereses de sus deudas subieran hasta porcentajes inasumibles, para después diseñar rescates pensando en los acreedores, no en los deudores. (El artículo de Krugman publicado el 1 de febrero en El País lo explica bastante bien) Y en lugar de promover gasto público, ha obligado a que sus Estados lo reduzcan en eso que se ha llamado muy acertadamente “austericidio”.
Lo dicho hasta aquí lo han escrito y documentado quienes saben y nada añado ni aporto; lo traigo a colación porque creo que hay un elemento, no económico, que es fundamental para explicar porqué se está infligiendo a la población de los países periféricos de la zona Euro y a tantos y tantos seres humanos en el mundo un sufrimiento innecesario. Se trata del sentimiento de pertenencia. Para un neoyorquino, un californiano es un compatriota, pese a la gran distancia geográfica, cultural, productiva… y por mucho que su Estado acumulase desequilibrios económicos y endeudamiento enormes. Para un alemán, un griego es un extranjero (y, además, vago, trilero, bajito y moreno). Para la Unión Europea o para el Banco Central del euro, corregir el endeudamiento griego e invertir para armonizar su economía con las de quienes compartimos moneda habría tenido un coste insignificante, desde luego mucho menor que el de la integración de la antigua Alemania del Este en la Alemania unida. Sin embargo, en este caso, el sentimiento identitario facilitó cualquier esfuerzo.
En este, como en prácticamente todos los grandes y pequeños conflictos humanos, subyace el egoísmo individual o tribal. Nuestra evolución como especie lo ha dejado grabado en lo más recóndito e inaccesible de cada una de nuestras mentes. Somos individuos sociales (con toda la contradicción que, incluso en sus propios términos, supone); pero tendemos a reconocer como propios y a reconocernos como integrantes de uno o varios más o menos pequeños grupos y a sentir como extraños, cuando no enemigos, a los otros: familia, tribu, equipo de fútbol, nación, religión, raza… Estos sentimientos, directores de comportamientos que nos han servido en el proceso evolutivo por selección natural, nos lastran en la evolución cultural con la que tratamos de paliar la desorientación a que nuestra “humanidad” nos avoca. El gran e inacabado edificio de la ética, en cuya construcción hemos ido tratando de enterrar situaciones como la esclavitud, la consideración de inferioridad de los individuos en razón de su sexo o su raza, la explotación económica o la opresión respecto de las libertades (con desiguales resultados), parte de la consideración, de la autoproclamación de que todos los humanos, por el solo hecho de serlo, nos reconocemos nacidos iguales en dignidad y derechos. Sólo los sentimiento de hermandad, de identidad con todos los hombres, de pertenencia a una única y gran familia humana, nos pueden llevar a poner como objetivo de nuestro trabajo, de las ciencias, de la tecnología, de la economía… el paliar el sufrimiento y crear las condiciones para que cada individuo tenga la oportunidad de construir sus caminos de felicidad.

Ya engordan los judiones en sus vainas

En el mes de diciembre, escribí una entrada en el blog que titulé “Una de judiones…”  dedicada al proyecto de la marca de garantía del judión de la Granja y en la que acababa diciendo:  “Si […] os llama la atención la idea, os sugiero que sigáis atentos al desarrollo del asunto. Hoy, la parte más visible del asunto es la media hectárea cultivada en la parcela detrás de la Casa del Pulimento: las guías de las plantas suben enredándose en sus varas, al tiempo que las flores germinadas van dando paso a prometedoras vainas.

 

 

Hemos construido una sociedad en la que triunfan los valores egoístas sobre  los cooperantes, los individuales sobre los comunes, los competitivos sobre los colaborativos. Como consecuencia, en el seno de una sociedad desarrollada y con posibilidad sobrada de generar recursos para satisfacer con creces las necesidades de todos, una parte muy significativa, que en el caso de los jóvenes llega al 50%, queda excluida del trabajo y, con ello, del acceso a ingresos propios, independencia, seguridad, proyectos de crecimiento, derechos económicos, en definitiva, dignidad. De lo que estamos hablando, o al menos de lo que a mi me interesa hablar en este proyecto, es  de la iniciativa conjunta de un grupo de ciudadanos y de una administración pública para posibilitar una alternativa de creación de riqueza y generación de trabajo.

Faltan algunos años aun para que veamos hasta que punto se cumplen las expectativas. No pretendo profetizar. Lo cierto es que el punto actual es decisivo para que podamos ver desarrollarse el potencial de la idea. La parcela a que me refería arriba, es el banco de semilla previsto para proveer a aquellos cultivadores que quieran adherirse a la marca de garantía “Judión de la Granja”.  La marca, de la que es titular el Ayuntamiento del Real Sitio, nace con una imagen consolidada, ya que el judión de la Granja, con tal denominación, es reconocido y demandado tanto en los comercios como, sobre todo, en los restaurantes. Esta es una ventaja comparativa nada desdeñable. Solo podrán denominar y vender como judiones de la Granja aquellos cultivadores, comerciantes o restauradores que se adhieran a la marca y a los controles garantes del cumplimiento de sus  requisitos. El primer paso es tener una buena producción de judiones con calidad para ser certificados como judión de La Granja. El objeto del banco de semillas es poder suministrar auténticos judiones, cultivados en La Granja y con las características idóneas verificadas por el Consorcio Agropecuario Provincial, a los agricultores que quieran producirlos. Con una demanda estimada de 25.000 Kg. solo en la Provincia de Segovia, que ha de ser creciente también fuera de ella en la medida en que la su promoción aumente, la pretensión es que cultivar judión sea una alternativa rentable y posibilitadora de empleo.

Es difícil competir con productos importados, fundamentalmente del continente americano. Esas legumbres, que acaban comercializándose como judión de La Granja, además de fraude al consumidor, implican incidencias negativas ambientales y sociales. No tenemos garantías sobre el modo en que han sido producidas; de lo que sí tenemos seguridad es de que han recorrido algunos miles de kilómetros y de que o los agricultores han sido infrapagados o los productos subvencionados, de modo que no es posible competir en precio. La marca de garantía supone una protección frente a ese “dumping” y, con ello, una oportunidad para quienes se decidan a intentar aprovecharla.

Necesitamos política económica: economía para los ciudadanos

EPA 2013

La publicación de  la Encuesta de población activa  con los datos globales de 2013 y los de su último trimestre, nos sigue ofreciendo un panorama escalofriante. 5.896.300 de conciudadanos desempleados y 1.832.000 familias sin ningún ingreso derivado del trabajo sitúan a España como la nación desarrollada con un mayor índice de personas y familias privadas del derecho al trabajo y, por tanto, de los ingresos y  la estabilidad material y emocional que su ejercicio debe proporcionar. Un drama  compuesto por millones de historias personales de sufrimiento, carencia, perdida de autoestima, dolor emocional, inseguridad, desestructuración del entorno social, desarraigo, desesperanza… Y los datos permiten deducir algo quizás incluso más significativo de nuestro fracaso colectivo. El número de parados ha disminuido en 65.000 y, sin embargo, el número de ocupados también ha disminuido,  en 199.000. ¿Cómo es posible? Porque hay 267.000 personas menos pretendiendo un empleo. Lo que esto refleja es una huida de los ciudadanos en condiciones de trabajar bien de su país, bien de la esperanza de encontrar un empleo.

Pues bien, estos datos le permiten afirmar a nuestro gobierno que la recuperación está en marcha y se traducirá, en algún momento, ¿? en creación de empleo. ¿Cómo podemos despejar la interrogante que dejaba en la frase anterior? Si efectivamente estamos iniciando un ciclo de crecimiento y no se atravesasen coyunturas que lo cortasen, con suerte, según las previsiones de expertos y organismos, en 10 años quizás estaríamos en cifras de desempleo cercanas a los países de nuestro entorno. ¡Ese es el objetivo del gobierno! Someter a millones de personas a  años de pobreza, exclusión, falta de oportunidades, expulsión, por tanto, de su condición de ciudadanos. ¿Podemos admitir tal cosa? ¿No es esto una ruptura del pacto y el mandato de representación por el que gobiernan en nuestro nombre?.

Pero esto es en el mejor de los casos. Tal como señala Krugman, es posible que nos enfrentemos a un “estancamiento secular”. Es un escenario que presentó Larry Summers ( otro prestigioso economista) ante una institución tan poco sospechosa de antisistema como el FMI. Si mi interpretación no es errónea – y enlazo con los datos de desigualdad que refería en mi anterior artículo) ocurre que la riqueza se acumula en muy poquitas manos. Ocurre que todo el beneficio de lo que se produce acaba en una superélite. Ocurre que a las rentas del trabajo les corresponde cada vez menos parte del pastel, disminuyendo su poder adquisitivo actual y su seguridad ante el futuro. Ello nos aboca a una demanda persistentemente baja. La falta de demanda deprime la economía: impide la producción y desincentiva la inversión. El empleo cae y su oferta se mantiene permanentemente muy por debajo de su demanda lo que, unido a la debilidad de los sindicatos, implica reducción de salarios, de rentas del trabajo y de demanda. Una espiral depresiva que sólo tiene ciclos ascendentes cuando el capital que acumula la élite ve posibilidades de beneficio en un sector o un país. Entonces se abalanza sobre esa posibilidad autocumpliendo su previsión y generando una burbuja, único momento de crecimiento claro y creación de empleo….hasta que estalla.

Estas son las alternativas… , siempre que nuestros representantes hagan dejación de la política, permitiendo el movimiento libre del mercado e interviniendo exclusivamente para desnivelar aun más el terreno de juego a favor de las élites. Sin embargo, SÍ es posible otra política económica. Se que me repito; pero también se que es imprescindible. Reconozco mis limitaciones, pese a que le pongo dedicación a tratar de aprehender la situación y pergeñar alternativas; pero soy un ciudadano consciente de que los cambios son necesarios y de que la economía debe aporta soluciones. O la política económica sirve para que TODOS  los ciudadanos tengamos acceso a condiciones materiales de vida dignas o los políticos están incumpliendo el pacto y los ciudadanos hemos de revolucionar y revertir la situación. Hemos aprendido que la economía es progresivamente compleja y más nos vale no querer saber de su ingeniería y sus mecanismos; que el dinero es la sangre del sistema; que el sistema financiero y bancario ha de mantenerse cueste lo que cueste; que los ejecutivos que lo gobiernan han de ganar todo y más porque sustentan la estructura… Es hora de desaprender, como expresa Juan Carlos Monedero*. Es tiempo de desaprender que sólo me salvaré buscando mi propio beneficio, de desaprender la falacia del goteo de arriba abajo: fomentemos que acumulen los de arriba para que vaya calando la riqueza.. y lo que cala es la miseria. Desaprender nos va a reubicar en nuestra autoestima. Vamos a recuperar el valor de la cooperación y de la compasión, que son elementos constituyentes de nuestra especie en una medida al menos igual al egoísmo. Somos hijos de aquellos grupos humanos que fueron capaces de compartir, de cooperar para vencer su vulnerabilidad, no de los más fuertes o los más individualistas.

Lo que propongo es compartir. Redistribuir el trabajo y los bienes y servicios que generemos. Creo que una política económica en España, diseñada desde principios éticos, a favor de los derechos de los ciudadanos, pero sin perder de vista las enseñanzas económicas del laboratorio de la historia, debería:

– Aumentar sustancialmente la presión fiscal desde planteamientos progresivos, haciendo recaer el incremento de ingresos públicos en los grandes patrimonios, las grandes rentas no empleadas en inversión productiva y el fraude, incluso el actualmente no ilegal, del gran capital.

-Equilibrar la balanza comercial y la seguridad mediante una política agrícola y, sobre todo energética e industrial  que incentive la inversión en esos sectores y aumente tanto el porcentaje de riqueza como de empleo en ellos.

– Aumentar, y blindar en términos de porcentaje de riqueza nacional, el gasto público en sanidad, educación, investigación y atención a la infancia, la familia y la dependencia hasta igualarlo con el de los países más avanzados; estos sectores permiten redistribuir riqueza vía prestación universal de servicios, ofrecer bienestar y seguridad, garantizar el progreso en calidad de vida y son altamente demandantes de trabajo.

– Establecer una jubilación digna universal, desvinculada de la cotización (lo que liberaría los costes sociales de la producción de bienes y servicios, ya que pasarían a financiarse, como el resto de políticas apuntadas, con el aumento de recaudación)  y una renta básica de ciudadanía, con independencia del tiempo trabajado anteriormente.

– Y garantizar el pleno empleo mediante un sistema de reducción del tiempo de trabajo y redistribución.  ¡¡Es posible!!

* MONEDERO,J.C. Curso urgente de política para gente decente. Barcelona. Seix Barral.2013. pp 45-46

La economía es política

Las decisiones de política económica afectan a la vida de los ciudadanos. Y la falta de decisiones también.

En los últimos días se han publicado algunos estudios e informes que ilustran y documentan situaciones sobre las que cabe atribuir una responsabilidad determinante a las políticas económicas. Me refiero, en concreto, a “Gobernar para la élites. Secuestro democrático y desigualdad económica” de Intermon Oxfam y ” 2.826.549 razones. La protección de la infancia frente a la pobreza: un derecho, una obligación y una inversión. de Save the Children . Son documentos que refieren la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, tanto a nivel mundial como en el seno de los países, sean o no desarrollados, y sus dramáticas consecuencias en términos de sufrimiento, muerte, falta de oportunidades, ausencia de derechos y dignidad… , en particular para nuestros congéneres más desvalidos. Estos estudios no retratan realidades nuevas, pero las hacen visibles y tengo la sensación de que han tenido más repercusión que otros anteriores de contenido similar. La primera entrada de este blog se refería a la desigualdad como madre de todos los males. Desde luego, estos asuntos no me resultan indiferentes. Es cierto que tenemos la tendencia de buscar y centrar nuestra atención en las opiniones que confirman y refuerzan las nuestras. En este caso no se trata sólo de argumentos . Son datos, son hechos y son inaceptables. Esto es incuestionable. Pero, además las propuestas que ofrecen se alinean con algunas de las plasmadas en este blog y, sobre todo, en trabajos y artículos de gente con absoluta solvencia, algunos de los cuales he ido enlazando. Creo que revertir estas situaciones es necesario y es posible.

Volviendo a los estudios referidos, quiero resaltar la claridad con la que afirman y argumentan, desde sus propios títulos, que las situaciones a que se refieren son generadas por la política  y pueden revertirse desde la política: con políticas diferentes. La desigualdad extrema en la distribución de la riqueza y las rentas es causa de sufrimiento, de desequilibrio e ineficiencia económicos, del sesgo favorecedor de la propiedad y la riqueza en la legislación en general y la regulación fiscal en particular, de la erosión de la gobernanza democrática, del recelo hacia el diferente y la profundización de otras desigualdades de sexo, raza o procedencia. Es, en definitiva, causa del secuestro de los derechos por los intereses de las élites. Y la causa del incremento de la desigualdad son las políticas económicas. Esta es la idea que pretendo autoafirmarme y trasmitir con este artículo. No es el determinismo del mercado. Es la desregulación, que se adopta políticamente y la regulación en favor de quien más tiene, que es igualmente política. Ahora lo grita Oxfam, apoyándose en datos de tal desmesura como este: la riqueza del1% de la población más rica del mundo es 65 veces mayor que la que posee la mitad más pobre. Es igualmente la tesis de J. Stiglitz en ” El precio de la desigualdad. El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita”. Vicenç Navarro  lo señala con claridad en muchos de sus artículos; dejo enlazado uno reciente. Y tantos otros cuya visibilidad mediática es casi nula. Se transmite, sin embargo, la idea de que hay un triunfo de la economía sobre la política, como si la primera fuese un ente autónomo e incontrolable y la política, el gobierno de lo común, aun luchando contra ella, nada pudiese hacer por evitar sus desmanes. Es fácil hacernos caer en la desesperanza y la dejación cuando nos sentimos impotentes ante una fuerza ciega, ingobernable y enormemente potente. Pero no es verdad. La economía es política. Son la decisiones políticas o su ausencia las que determinan, al menos en parte, la producción de riqueza y, sobre todo su distribución.

Tras siglos de evolución cultural hemos llegado a autodotarnos de derechos para comprometernos con la felicidad individual y social. Una premisa en ese compromiso y, por tanto, un derecho básico es la garantía de condiciones materiales dignas de vida y de seguridad en que se mantendrán en el futuro. El desarrollo de la ciencia y la técnica nos han conducido a un tiempo en el que esa garantía es posible para todos los hombres hoy y sostenible para generaciones futuras, contando con que el progreso del conocimiento y la técnica lo seguirán haciendo posible. A la política económica le corresponde implantar las fórmulas para incentivar que sea efectiva la producción sostenible de los bienes y servicios necesarios y, sobre todo, que su distribución llegue a todos los hombres. Y el gran problema de la economía no es la mano ciega del mercado, sino las políticas económicas dictadas en su beneficio por esa élite que acumula la riqueza que  el resto de la humanidad necesita para tener la oportunidad de ejercer sus derechos, vivir con dignidad y buscar su camino de felicidad.

No nos dejemos engañar por tecnicismos. No escuchemos sólo los discursos dominantes. La cosa es tan sencilla como promover que la riqueza que necesitamos la generemos entre todos en condiciones dignas y llegue a todos en cantidad suficiente para garantizar unas condiciones de vida dignas. No podemos desistir, no podemos desesperar de la política ni hacer dejación de ciudadanía.

Se que es osado por mi parte señalar qué hay que hacer, pero no voy a caer en la inibición del “esto es muy complicado”, “yo de esto no entiendo” a la que tratan de abocarnos con el discurso oficial y el “pan y circo” (cada vez menos pan y más circo) de los eventos deportivos y las cortinas de humo. Ya en otras entradas de este blog y en otros foros he apuntado algunas ideas, la mayor parte de las cuales tomadas o contrastadas de gente que de esto sabe mucho más que yo. Stiglitz titula el último capítulo de su libro citado “El camino a seguir. Otro mundo es posible” El informe de Oxfam finaliza con el epigrafe “Recomendaciones” . Vinceç Navarro, junto a Juan Torres y Alberto Garzón publicaron en 2011 “Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España” … En todos los casos se proponen medidas de política económica con el objetivo de garantizar los derechos de los ciudadanos, no el crecimiento económico o el beneficio y, que no nos quepa ninguna duda, son posibles. Hemos de establecer un sistema de gobernanza universal de la economía global. No es imposible, ya se hizo en Bretton Woods en 1944. Mi admirado J.A.Marina, junto a María de la Valgoma proponían en “La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política” la promulgación de una Constitución Universal para que toda decisión, tanto de un futuro sistema de gobierno global como de las políticas nacionales, se ajustase al marco de los derechos de los individuos. Hay que acabar con los paraisos fiscales. Hay que construir y armonizar una fiscalidad progresiva sobre rentas y patrimonios. Hay que garantizar y blindar los servicios esenciales: asistencia sanitaria, educación, protección social. Hay que fijar y blindar un salario digno para todos los trabajadores. Hay que desmontar los sistemas institucionalizados de presión de las élites sobre la política. Hay que regular y fiscalizar el mercado financiero. Hay que igualar los derechos y oportunidades de las mujeres. Hay que revertir toda política que suponga una transferencia de riqueza de quien tiene menos a quien tiene más. Hay que distribuir equitativamente, tanto la riqueza como su producción. Es posible.

Una de judiones…. que no será la última

Voy a dedicar esta entrada a una iniciativa practica, a un proyecto real que, estoy seguro, va a generar unos cuantos puestos de trabajo, esto es, la oportunidad de  que unos cuantos conciudadanos se sitúen en condiciones de construir su refugio en la intemperie, de buscar su felicidad. Procuro rastrear en el laboratorio de la historia evidencias que aporten razón a mis razones. Espero que esta apuesta del judión acabe dándome la razón y me alegra enormemente su puesta en marcha.

judión de la Granja logo

Para empezar, estamos ante una iniciativa pública y social, promovida por un Ayuntamiento, el de mi pueblo, y un grupo de vecinos. Se trata, en pocas palabras, de aprovechar ventajas comparativas y recursos infrautilizados para crear riqueza y empleo. En concreto pretenden poner en cultivo y producir judiones en parcelas vacantes o de nueva roturación; impulsar la singularización del producto mediante una Marca de Garantía, gestionando la inclusión de productores, transformadores y comercializadores; envasar y quizá realizar elaboraciones y conservas; y comercializar aprovechando la imagen de calidad y el atractivo turístico consolidado del entorno. Tiene buena pinta, ¿verdad?. Dejo enlaces para acercarse con más profundidad al proyecto en su blog  o su facebook.

Las situaciones de dificultad cercanas vienen avivando mi interés por escudriñar las causas sociales, los mecanismos del sistema, que provocan tanto sufrimiento; e inevitablemente por imaginar creaciones para subvertir ese enorme fracaso colectivo. Desde hace ya algunos años vengo reclamando el impulso de iniciativas productivas, al menos desde que me resultó evidente el desequilibrio entre lo que generábamos y lo que demandábamos (un 10 % en 2007). Disponemos de capital humano sobradamente formado y con capacidad para reciclarse en el sentido que se necesite; vivimos en una parte del mundo suficientemente desarrollada, en infraestructuras, en acceso al conocimiento y la tecnología. Necesitamos impulso y financiación. Respecto del primero, y aun a riesgo de caer en pecado de heterodoxia, siempre he apuntado hacia las administraciones públicas. En cuanto a la financiación, la enorme brecha en el reparto de la riqueza facilita la posibilidad de buscar el capital donde lo hay, tanto con incentivos como con regulación, impuestos y lucha contra el fraude; y aun he señalado otra posibilidad: crear fórmulas para vincular a proyectos productivos el dinero disponible de ciudadanos dispuestos a invertirlo en esas acciones, sacándolo del mercado financiero, que hace de él un uso primordialmente especulativo. En ese esquema cabe un gran plan nacional liderado por el gobierno de la nación y pactado con los agentes sociales y cabe el pequeño proyecto local preferiblemente participado  por colectivos de vecinos y su Ayuntamiento.

Por el momento, este proyecto “judión de la Granja, marca de garantía”, se ha puesto en marcha y avanza, de la mano del Ayuntamiento del Real Sitio y con un grupo de vecinos implicados en él. Está fraguándose una asociación que, al parecer va a llamarse algo así como “Tutor del judión”, iniciativa de la que humildemente formo parte, que procurará dar soporte a la participación social en el proyecto. Tenemos el impulso, tenemos el recurso, tenemos capital humano, tenemos ventajas comparativas… y en cuanto a las necesidades de financiación habremos de ir buscando apoyos y las vías más adecuadas. Confieso que me encantaría poder comprobar que es posible la participación económica de una pequeña comunidad, como es un pueblo, en dar viabilidad a un proyecto que pueda ofrecer salidas laborales y vitales a algunos de sus vecinos. Yo, desde luego, estaría dispuesto a poner mi granito de arena. Si leyendo estas líneas os llama la atención la idea, os sugiero que sigáis atentos al desarrollo del asunto.

Hagamos que sea posible

Pongamos que tenemos potencial suficiente para producir todo lo que necesitamos. De hecho lo tenemos. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué infligir ese sufrimiento innecesario a tanta gente?…

Porque el mercado no produce para cubrir necesidades, sino demandas.

Si se reduce la capacidad de compra, se reduce el consumo, si se reduce el  consumo, baja la producción, a menor producción, menor necesidad de trabajo y menos empleos, con menos empresas y trabajadores se reduce la capacidad de compra … ¿Cómo salimos?

Esto, que parece un círculo vicioso, es más bien una espiral; una espiral que se cierra progresivamente y que, en el caso de España, no acaba de estrangularse por el aumento de las exportaciones, ligadas a una depreciación interna centrada en la disminución de salarios. La ventaja de visualizar la situación como espiral y no como círculo es que en el análisis se puede buscar el origen, la causa, el punto de inicio.

Según el planteamiento señalado, parece que el origen está en la disminución de demanda. ¿Por qué partiendo de una situación de creación de riqueza en máximos (El PIB de 2008 en España fue el mayor de su historia) y una población creciente en número y necesidades, cae la demanda? Indudablemente por la desigualdad en la distribución de la riqueza, profundizada en los años de bonanza, y por el desequilibrio en la estructura de la producción, fruto igualmente de la desigual distribución de la riqueza, ya que la acumulación hace que el gasto se concentre en actividades especulativas, en el caso de España especialmente la inmobiliaria.

La enorme desigualdad, he ahí el origen y la clave.  Durante al menos dos décadas se ha sostenido el consumo y el empleo mediante el endeudamiento. Es en el análisis de la enorme masa de capital gestionada por los mercados financieros, su ingeniería, la desregulación y, en el caso europeo, los desequilibrios internos en la zona euro y la falta de mecanismos comunes donde se suele situar el origen. Es cierto, pero lo que alimenta ese monstruo financiero es la desigualdad. Es, sin duda, la causa de la causa y, por tanto, como sostiene el aforismo jurídico, la causa del mal causado.

Las consecuencias son intolerables: millones de personas (sólo en España) quedan excluidas de algunos de los derechos básicos de los que hemos determinado dotarnos como sociedad y que hemos declarado universales, porque de ellos depende la dignidad de cada individuo: el trabajo, la vivienda, ingresos suficientes para la alimentación, el vestido, la movilidad, la salud, la atención en situaciones de desprotección como la infancia, la enfermedad, la discapacidad, la senectud…

Si un solo ciudadano considera vulnerado su derecho a expresarse, si un solo ciudadano se ve arbitrariamente privado de libertad, si un solo ciudadano es discriminado por sus creencias o faltado en su honor, se ponen en marcha todos los mecanismos públicos necesarios para restituir su derecho y, en la medida de lo posible, resarcir el daño.

Los derechos económicos y sociales, sin embargo, no gozan de la misma protección social. Hay una ideología, individualizante, que entiende que la condición económica y social ha de ser fruto de la acción – y las circunstancias y puntos de partida- del individuo y, por tanto, no merecen esfuerzo común. Hay ideologías que consideran el estado, la nación, el pueblo como entes superiores, sujetos de derecho por encima de los individuos; los derechos de los individuos quedan supeditados a aquellos. Necesitamos una ideología de la dignidad: de todos y cada uno de los derechos para todos y cada uno de los individuos. Y necesitamos una praxis social, un sistema de lo común que lo garantice efectivamente. Si un solo ciudadano se ve privado de la posibilidad de ganarse su sustento, o de un techo o de ingresos que le permitan subsistir o de ser atendido en la enfermedad u otras situaciones discapacitantes, uno solo, el sistema público, el gobierno de lo común, la polis, estará fracasando.

Tal como empezaba diciendo, tenemos capacidad de producir lo que necesitamos (Hago un inciso. Si el razonamiento se sustenta en las necesidades, puede derribarse argumentando que es un concepto sin determinación, variable en función de épocas, culturas, lugares e incluso sujetos. Sin embargo, podemos establecer unas necesidades objetivas o intersubjetivas para un espacio y un tiempo, en función de los derechos que nos hemos autootorgado. Es cierto que derechos y necesidades están en permanente estado de creación y revisión -como, por otro lado, las verdades científicas-, pero eso no les resta actualidad, efectividad y vigencia ni para la argumentación teórica, ni, desde luego, para sustentar implicaciones prácticas.) y existe riqueza suficiente acumulada para implantar modos que permitan hacerlo.

Probablemente no sea necesario tanto inventar, como  aprender del laboratorio de la historia. Aplicar lo que sabemos que funciona y corregir lo que sabemos que nos conduce al fracaso, con la mirada puesta en el objetivo de todos los derechos para todos los individuos:

–  Un Estado fuerte que garantiza con servicios y prestaciones públicas los derechos de los ciudadanos y una red de dotaciones e infraestructuras facilitadoras de la creación de riqueza;

– Una regulación estricta de los sistemas de obtención de rentas para restringir y gravar las que se obtienen sin generar riqueza e incentivar cuando producen beneficios sociales;

– Y un mercado competitivo que permita aprovechar el incentivo del beneficio para mantener una economía innovadora, dinámica y creadora de bienes y servicios ampliadores del bienestar general.

Concretando:

* Se puede cerrar la enorme brecha de desigualdad mediante un sistema fiscal que establezca una profunda transferencia de riqueza desde quienes la acumulan improductivamente hacia el gasto público y social: sanidad, educación e investigación, seguridad social, dependencia; todos ellos sectores muy exigentes en mano de obra, por lo que, además de garantizar derechos, esa transferencia de riqueza distribuye capacidad de compra y aumenta la demanda. El margen para hacerlo es grande; en el caso de España especialmente, tanto por la gran desigualdad (penúltimo país de la UE-27 en el índice GINI. fuhem , 1 de mayo) como por la presión fiscal actual (en el 33% de PIB, frente al 44% de promedio de la UE-15  v. navarro)

* Se puede incentivar una transferencia de riqueza, para lo que hay igualmente un enorme margen, entre la acumulación improductiva y la implementación de proyectos productivos, mediante planes y pactos para reindustrializar, equilibrando la estructura productiva y generando empleo.

* Y se puede establecer una transferencia de riqueza hacia los excluidos tanto desde el beneficio del capital como desde rentas del trabajo mediante el reparto del tiempo de trabajo y el aumento del salario mínimo.

¿Por qué no repartir el trabajo?

Dediqué mi primera entrada a poner el punto de mira sobre la desigual distribución de la riqueza y concluía afirmando que la situación de injusticia se puede revertir, que otras políticas son posibles. Mirando la pirámide con que ilustraba ese post la solución salta a la vista: transferir la riqueza que acumula el piquito superior a quienes ocupan la inmensa base de los desfavorecidos. Espero poder ir plasmando o enlazando algunas ideas al respecto. Empiezo, no obstante con una que toca poco o nada a esa minoría de los ultrarricos, cuya acumulación – no me voy a cansar de decirlo – es injusta, antiética, aberrante, indecente y un dramático fracaso de nuestra construcción social. Quería hablar de una idea que implica la solidaridad de quienes tenemos un trabajo hacia quienes no lo tienen, una idea que estuvo y está en todos los manifiestos y reivindicaciones de los movimientos alternativos, que es inmediatamente aplicable desde la determinación política: el reparto del trabajo. La propuesta se concretaría en reducción, en principio generalizada (aunque pueden establecerse matices), de la jornada laboral, incentivo al trabajo a tiempo parcial, jornadas de 6 horas en trabajo a turnos.

a. De modo ideal, si en un momento dado en una semana laboral, el total de la producción requiere un total de Y horas de trabajo y la población activa suma N trabajadores, el número de horas que ha de trabajar cada uno es el cociente de ambas, Y/N. La mayor productividad o la mecanización no deben suponer perdida de empleos, aumento de excluidos e incremento de beneficio, sino reducción de horas de trabajo y por tanto distribución de la riqueza.descarga

b. Existen, variables que condicionan esa cuenta ideal, como que en determinados tipos de empleos acortar la jornada de un trabajador y repartir sus cometidos resta productividad. No es menos cierto, sin embargo que en otro tipo de empleos una jornada menor conllevaría más productividad por menor agotamiento y disminución de los accidentes laborales. Pero sobre todo existe la reticencia del empleador que prefiere prolongar el tiempo de trabajo y la intensidad más que aumentar el número de trabajadores porque considera los costes sociales mayores (sobre todo si escamotea parte de las horas). Ahora bien, esta propuesta, como  parte de un plan global, preferiblemente pactado en que el empleador , defiende que, con carácter general, la “cuenta del pleno empleo” debe ser un punto de referencia.

c. La experiencia y los modelos nos dicen que para crear un porcentaje de empleo es necesario hacer crecer el PIB al menos de dicho porcentaje, esto obligaría a hacer crecer la producción de riqueza en cantidad manifiestamente insostenible: explotación de recursos, generación de residuos, contaminación, etc.

d. El retorno a la normalidad económica debe implicar aumento de productividad y mejora tecnológica, lo que aumentaría, a jornadas laborales constantes, el desempleo estructural. Desde el punto de vista del empleo, la “revolución tecnológica” de la información y la comunicación, la 3ª revolución, tiene de peculiar frente a las dos anteriores  (agrícola e industrial) que no existe un nuevo sector significativo al que pueda desplazarse la mano de obra (Rifkin, J, El fin del trabajo. México,Paidós, I996). La Historia de la civilización supone una progresiva automatización de procesos; ello y el incremento de la esperanza de vida debería permitir una drástica disminución del gasto en inversión (nutrición y reproducción requerían el 100% de la energía y el tiempo de nuestros antepasados) y un aumento del gasto en mantenimiento, en vivir, en felicidad (Punset, E. El viaje a la felicidad. Barcelona, Destino 2005). Si la riqueza generada en procesos automatizados se acumula en lugar de repartirse, lejos de ser fuente de tiempo y felicidad lo será de desigualdad e inseguridad.

La enorme desigualdad : la madre de todos los males


Cada día estoy más convencido de lo que afirmo en el título y constantemente encuentro referencias que lo corroboran. Voy a referirme en esta ocasión a la desigualdad en la distribución de la riqueza, aunque toda desigualdad en el acceso o la posibilidad de ejercicio efectivo de derechos y libertades (por machismo, fanatismo, dogmatismo, egoismo tribal…) es igualmente malvado. Quiero que este sea el tema de mi primera entrada en este sitio. Podría traer a colación datos de pobreza, de malnutrición, de muertes provocadas por enfermedades cuya cura es relativamente sencilla y barata… Sería abrumador. Me ha parecido muy clara y con menos morbo la imagen con la que abro esta entrada. Una pirámide de la distribución de la riqueza en el mundo, que he sacado de “el blog salmón”Aquello que solíamos decir de que el 20% más rico acumula el 80% de la riqueza ha quedado ampliamente desfasado. Como se ve, y la fuente no es sospechosa de izquierdista ni de ONG perroflauta, el 80% de riqueza lo acumula el 8% de la población, aunque es en realidad el 1% y como afirma P.Krugman  el 0,01% de la punta de la pirámide no sólo el que más indecentemente acumula riqueza, sino el que más la hace crecer, por lo que la tendencia en los últimos 40 años ha sido la de incrementar las desigualdades.

Era mi intención referirme ahora a la enorme brecha existente en España, a su crecimiento incluso en tiempos de bonanza y gobierno socialista y a su enorme aceleración durante la crisis. Dicho queda, pero no profundizo en ello. Dejo un enlace a un estudio reciente del Consejo Económico y social

Lo que me interesa resaltar primero y ante todo es la profunda injusticia que supone, el dolor, el sufrimiento, las privaciones, la desesperación a que el sistema económico que rige el mundo somete a miles de millones de nuestros congéneres.

Pero además es estúpido. Creo que ya está claro para la teoría económica que la enorme desigualdad es la causa básica, la primera, la de fondo, de los desequilibrios y las crisis sistémicas. He aquí una cita en el último libro de J.Stiglitz: “Las sociedades sumamente desiguales no funcionan de forma eficiente, y sus economías no son ni estables ni sosteinbles a largo plazo.” Cuando hay un problema de demanda “trasladar dinero desde la parte de abajo a la de arriba reduce el consumo, porque los individuos con rentas más altas consumen un porcentaje menor de sus ingresos que los individuos con rentas más bajas”. El goteo liberal de arriba abajo es miserable y genera exclusión: no llega a todos. El goteo de abajo arriba, es decir dar riqueza a los de abajo es ante todo justo, pero además eficiente. Dejo enlazados dos artículos recientes que me han resultado muy claros, uno de Antón Costas y otro de Vicenç Navarro

Pero hay una buena noticia. Por mucho que quieran hacernos creer lo contrario, existen otras políticas económicas; es posible revertir esta situación. Otro mundo, justo y digno es posible.

(El libro al que me he referido es: STIGLITZ, J. El precio de la desigualdad. Madrid: Taurus, 2012.