Sobre donde se funda la ética (3). Un paréntesis: la fórmula de la felicidad.

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No me queda más remedio que plantear, como cuestión previa, si es verdad la afirmación con la que acababa la entrada anterior de que todos buscamos la felicidad. Y si es así, ¿Todos buscamos lo mismo cuando pretendemos ser felices? La felicidad es un estado sentimental ideal. En tanto ideal es una meta, nos seduce permanentemente desde el futuro. Voy a responder a la primera cuestión permitiéndome un tirabuzón lógico. Si definimos la felicidad como aquello a lo que aspiramos, por definición, todos aspiramos a la felicidad. Este atajo para llegar al principio obliga a responder a la segunda pregunta. Si yo soy feliz cuando gana el Barça y tu cuando gana el Madrid, que es precisamente lo que a mi me hace desgraciado, es evidente que no nos hacen feliz las mismas cosas. Espero que el ejemplo, aunque lo proponga un no futbolero, sea clarificador. La tesis es que sí nos generan estados de ánimo satisfactorios el mismo tipo de cosa, los mismos elementos que, por tanto, podemos denominar universales de felicidad. En el caso del ejemplo, para ambos, se produce la misma emoción; la misma activación de los circuitos placenteros ante una situación: la victoria de mi equipo. Para ambos esa situación enlaza con el apego, profundamente grabado en el inconsciente, de pertenencia. La diferencia es que yo vinculo mi identidad a una tribu y tu a otra.

¿Cuáles son esos elementos universales de la felicidad? No tengo la desfachatez de pretender dar una respuesta cerrada. Muchos antes que yo y con mayor profundidad han tratado el asunto; escuelas filosóficas o psicológicas han puesto el acento en distintos elementos: deber o virtud; individuo o sociedad; elementos internos, emocionales o externos, materiales… Mi intención es catalogar del modo más completo que pueda esos elementos, con independencia del orden en que cada uno pueda priorizarlos. Si concluimos que la órbita ética supone un modo de comportarnos tal que posibilite el que todos los humanos gocemos de las mejores condiciones para construir nuestra felicidad, (ya se que me he adelantado con la conclusión. Espero que quede suficientemente fundamentada al final de esta serie de artículos, pero necesitaba formularla ya, a modo de tesis) es importante estar de acuerdo en qué entendemos por felicidad, ya que esa construcción es una tarea compartida y recíproca. En la medida en que nos quedemos cada uno en nuestra propia intuición de felicidad, estaremos propiciando morales particulares: la moral del más fuerte, la moral del violador, el homo lupus homini, el liberalismo, o bien la moral de mi tribu. Para superar ese estadio, que no acabamos de dejar atrás pese a los siglos de lucha por la dignidad, es importante, como premisa, realizar un ejercicio de empatía y razón para identificar los factores comunes de la felicidad individual y de la felicidad social, de la justicia. Ello claro, sin olvidar que tu eres del Atleti y yo del Madrid; o como reza el proverbio machadiano que completa al cristiano “Al prójimo amarás como a ti mismo, mas nunca olvides que es otro”.

Suficiente por hoy. Voy a aplazar el catálogo que anunciaba a una próxima entrada, para no hacer esta demasiado densa. Así aprovecho para pediros sugerencias a quienes lo leáis. Se trata de organizar en una clasificación aquello que nos hace felices, a nosotros y a quienes están a nuestro lado. Si os animáis a ayudarme, la próxima entrada será compartida.

Sobre dónde se funda la ética (2). De los genes a la felicidad.

Los seres vivos con los que compartimos hoy la Tierra están ahí porque han conseguido llegar en un proceso evolutivo que arrancó, al parecer, hace más de 3.000 millones de años; Un proceso regido por lo que llamamos selección natural. Es una ley despiadada; solo indulta las mutaciones que mejoran la adaptación, los genes de los individuos que consiguen sobrevivir y reproducirse en competencia fratricida con sus congéneres. Nuestra especie no es ajena a esta ley. La necesidad de sobrevivir y reproducirnos está grabada en las zonas más antiguas e impenetrables de nuestro cerebro. De ella parten pulsiones, emociones, sentimientos que motivan comportamientos. No podemos olvidarlo. Como tampoco podemos olvidar que los animales sociales hemos evolucionado en sociedad. Las posibilidades de transmitir los genes individuales dependen del éxito del grupo. La supervivencia del hormiguero y no la fortaleza de la reina es la que garantiza la continuidad. Esa necesidad de cooperación y de pertenencia está igualmente cincelada en el recóndito hipocampo. La selección natural, que suele entenderse como una ley egoísta, individualista, implica, en las especies sociales, también comportamientos cooperativos determinados genéticamente.*

 

 

Sin embargo, los humanos hemos dado un paso másimages

. Somos tanto más humanos cuanto más desligamos nuestros comportamientos del determinismo genético (lo que no quiere decir cuanto más los alejemos). Tomamos decisiones influidos, pero no determinados por la biología. Muchos han hablado de la cultura como la verdadera naturaleza del hombre. Sin duda nos influyen la historia de la especie y la historia personal emboscadas en nuestro cerebro interior, allá donde se sitúa el subconsciente freudiano; nos influyen las pulsiones, las emociones y los sentimientos – que son elaboraciones, evaluaciones conscientes de lo que suscita en nuestro subconsciente una situación y que nos predisponen a actuar-. Pero son nuestras propias creaciones sociales: instituciones, creencias, costumbres, morales, religiones ; nuestra razón, nuestra inteligencia y ,con ellas, nuestros proyectos las guías para orientarnos .

¿Cómo se ha operado ese cambio? ¿De dónde nos viene la humanidad? Uno de los elementos clave en ese salto es nuestra vulnerabilidad. Nacemos inacabados. Somos monos desnudos. De la necesidad de completarnos y sobrevivir en la intemperie nació y fue desarrollándose nuestro sistema para enfrentarnos a una realidad ante la que la genética nos había situado desvalidos. Es indudable que el éxito vino posibilitado por los cambios fisiológicos que condujeron, entre otras cosas, a un cerebro de mayor tamaño y al desarrollo del cortex cerebral. Pero muy probablemente, como decía arriba, el desarrollo del cerebro vino requerido por la vulnerabilidad, por la necesidad de completarnos con los demás: una expansión del cerebro que podemos relacionar con la necesidad de salvarnos apoyándonos en una sociedad cada vez más compleja. Un bucle en el que nos hemos ido construyendo y del que he señalado dos elementos constituyentes: el egoísmo, que parte de la conciencia de individualidad y la necesidad de sobrevivir y perpetuar los genes y el altruismo del cooperante que necesita de los otros y ha podido superar sus carencias por la empatía y la reciprocidad. La compasión nos constituye tanto como la individualidad. Cuando una persona experimenta dolor surge un cierto modelo de activación cerebral. Al parecer, cuando alguien ve a otra persona que experimenta dolor, surge exactamente el mismo modelo de activación. Existe una correspondencia entre las áreas del cerebro en el contexto de la empatía. (La observación es de Marc.D.Hauser y lo recoge E.Punset en El viaje al poder de la mente. Barcelona: Destino, 2010. pg.168.).

Por tanto, una vez perdida la seguridad de la “Ley natural” , del comportamiento dirigido al objetivo no consciente de sobrevivir,  transmitir los genes y perpetuar la especie, necesitamos encontrar nuestros propios fines, nuestros objetivos, el objeto o el sentido de nuestra vida. A ese objetivo lo hemos llamado felicidad. Buscamos nuestra felicidad como sujetos conscientes de nuestra individualidad. Y buscamos la felicidad de los otros desde la empatía, la conciencia de su individualidad idéntica a la nuestra y desde la necesidad de la reciprocidad para garantizar nuestra propia felicidad.

*(De lo que yo he leído al respecto, esta matización la argumenta y documenta E. Punset en varios lugares, p.ej. El viaje a la felicidad, sobre todo en el capítulo 5 o El viaje al poder de la mente en el capítulo 7 titulado la moral es innata; J. C. Monedero  la utiliza, expresándola con gran claridad,  en Curso urgente de política para gente decente, capítulo 2: “No es verdad que fuéramos tan egoistas” y J.A. Marina lo estudia también en varios lugares de su obra, p.ej en el primer capítulo de Las culturas fracasadas. En todos los casos se apoyan en referencias a estudios científicos ).

Sobre dónde fundamos la ética (1). Entre el milagro y el pasmo

La existencia es un milagro. Al parecer, la comunidad científica ha conseguido encontrar evidencias de lo que existe remontándose hasta, dicen, 13.700 millones de años (la hora no la han precisado). En ese momento han situado el llamado ” Big bang”. La explosión de una inmensamente densa concentración que contenía en sí la posibilidad de lo que hoy es, pues, si es cierto, de ahí partió todo lo que hemos llegado a conocer, lo que llamamos universo. Con ser esto asombroso, nada nos dice de lo que fue antes,  lo que será después o lo que es o no es más allá de hasta donde hemos llegado a atisbar.

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Y aun más sorprendente que esto, es que haya un ser, una porción insignificante de lo que existe, una pizca de polvo de estrellas capaz de darse cuenta de ello y querer saber más. Somos un milagro; cada hombre; la especie. Somos conscientes de nuestra consciencia y conscientes de la existencia fuera de nosotros mismos. Nos sabemos seres especiales, diferentes del resto de lo que existe. Nos sabemos vivos; capaces de captar información, procesarla, plantear y resolver problemas; de transformar pulsiones y emociones en sentimientos; de pensar, de inducir, de deducir; y capaces de tomar  decisiones, plantear proyectos, seducirnos desde el futuro, desde la irrealidad de nuestros sueños y determinar nuestro comportamiento. Sabemos de lo que existe mucho más que cualquiera de nuestros antepasados y aun así, sabemos que lo que ignoramos es infinitamente más. El asombro por lo que existe, incluida nuestra especie, es , sin duda, una constante en nuestra especie. No es de extrañar que los pensadores cristianos hayan hecho de este milagro de lo que es la principal vía de la prueba de Dios. No es extraño que todas las culturas hayan generado mitologías, cosmogonías, dioses. Necesitamos origen, principio, causa.. y necesitamos continuidad, objeto, fin. Ciertamente, somos especiales.

Nuestra singularidad nos deja a la intemperie. Necesitamos saber y sabemos que ignoramos. Necesitamos seguridad y nos sabemos vulnerables. Necesitamos vivir y carecemos de determinación: hemos de autodeterminarnos. Cada cuerpo en el universo, cada partícula, se rige por unas leyes sobre las que no pueden influir. Cada ser vivo con el que compartimos este planeta que hemos llamado Tierra lleva marcado en sus genes las pautas de comportamiento con que enfrentar su realidad. ¿Y nosotros? ¿De donde parten nuestras motivaciones? ¿Que leyes nos rigen? ¿Qué nos lleva a actuar como lo hacemos? … Y ahora el salto al vacío ¿Que nos lleva a comportarnos bien o a comportarnos mal?.

En una entrada anterior  (en la que dediqué a plantearme el problema de la decisión sobre la continuidad o la interrupción de un embarazo no deseado), me comprometía a desarrollar un poco más lo que allí llamé una ética apresurada. Esta entrada de hoy es su introducción. Se que no he aportado nada y que, si no con las mismas palabras, esto ya lo he escrito en otras ocasiones. Pero,ya que me pongo a buscar un abrigo en la intemperie, pretendo que esté tejido del modo más sólido del que sea capaz.

Necesitamos política económica: economía para los ciudadanos

EPA 2013

La publicación de  la Encuesta de población activa  con los datos globales de 2013 y los de su último trimestre, nos sigue ofreciendo un panorama escalofriante. 5.896.300 de conciudadanos desempleados y 1.832.000 familias sin ningún ingreso derivado del trabajo sitúan a España como la nación desarrollada con un mayor índice de personas y familias privadas del derecho al trabajo y, por tanto, de los ingresos y  la estabilidad material y emocional que su ejercicio debe proporcionar. Un drama  compuesto por millones de historias personales de sufrimiento, carencia, perdida de autoestima, dolor emocional, inseguridad, desestructuración del entorno social, desarraigo, desesperanza… Y los datos permiten deducir algo quizás incluso más significativo de nuestro fracaso colectivo. El número de parados ha disminuido en 65.000 y, sin embargo, el número de ocupados también ha disminuido,  en 199.000. ¿Cómo es posible? Porque hay 267.000 personas menos pretendiendo un empleo. Lo que esto refleja es una huida de los ciudadanos en condiciones de trabajar bien de su país, bien de la esperanza de encontrar un empleo.

Pues bien, estos datos le permiten afirmar a nuestro gobierno que la recuperación está en marcha y se traducirá, en algún momento, ¿? en creación de empleo. ¿Cómo podemos despejar la interrogante que dejaba en la frase anterior? Si efectivamente estamos iniciando un ciclo de crecimiento y no se atravesasen coyunturas que lo cortasen, con suerte, según las previsiones de expertos y organismos, en 10 años quizás estaríamos en cifras de desempleo cercanas a los países de nuestro entorno. ¡Ese es el objetivo del gobierno! Someter a millones de personas a  años de pobreza, exclusión, falta de oportunidades, expulsión, por tanto, de su condición de ciudadanos. ¿Podemos admitir tal cosa? ¿No es esto una ruptura del pacto y el mandato de representación por el que gobiernan en nuestro nombre?.

Pero esto es en el mejor de los casos. Tal como señala Krugman, es posible que nos enfrentemos a un “estancamiento secular”. Es un escenario que presentó Larry Summers ( otro prestigioso economista) ante una institución tan poco sospechosa de antisistema como el FMI. Si mi interpretación no es errónea – y enlazo con los datos de desigualdad que refería en mi anterior artículo) ocurre que la riqueza se acumula en muy poquitas manos. Ocurre que todo el beneficio de lo que se produce acaba en una superélite. Ocurre que a las rentas del trabajo les corresponde cada vez menos parte del pastel, disminuyendo su poder adquisitivo actual y su seguridad ante el futuro. Ello nos aboca a una demanda persistentemente baja. La falta de demanda deprime la economía: impide la producción y desincentiva la inversión. El empleo cae y su oferta se mantiene permanentemente muy por debajo de su demanda lo que, unido a la debilidad de los sindicatos, implica reducción de salarios, de rentas del trabajo y de demanda. Una espiral depresiva que sólo tiene ciclos ascendentes cuando el capital que acumula la élite ve posibilidades de beneficio en un sector o un país. Entonces se abalanza sobre esa posibilidad autocumpliendo su previsión y generando una burbuja, único momento de crecimiento claro y creación de empleo….hasta que estalla.

Estas son las alternativas… , siempre que nuestros representantes hagan dejación de la política, permitiendo el movimiento libre del mercado e interviniendo exclusivamente para desnivelar aun más el terreno de juego a favor de las élites. Sin embargo, SÍ es posible otra política económica. Se que me repito; pero también se que es imprescindible. Reconozco mis limitaciones, pese a que le pongo dedicación a tratar de aprehender la situación y pergeñar alternativas; pero soy un ciudadano consciente de que los cambios son necesarios y de que la economía debe aporta soluciones. O la política económica sirve para que TODOS  los ciudadanos tengamos acceso a condiciones materiales de vida dignas o los políticos están incumpliendo el pacto y los ciudadanos hemos de revolucionar y revertir la situación. Hemos aprendido que la economía es progresivamente compleja y más nos vale no querer saber de su ingeniería y sus mecanismos; que el dinero es la sangre del sistema; que el sistema financiero y bancario ha de mantenerse cueste lo que cueste; que los ejecutivos que lo gobiernan han de ganar todo y más porque sustentan la estructura… Es hora de desaprender, como expresa Juan Carlos Monedero*. Es tiempo de desaprender que sólo me salvaré buscando mi propio beneficio, de desaprender la falacia del goteo de arriba abajo: fomentemos que acumulen los de arriba para que vaya calando la riqueza.. y lo que cala es la miseria. Desaprender nos va a reubicar en nuestra autoestima. Vamos a recuperar el valor de la cooperación y de la compasión, que son elementos constituyentes de nuestra especie en una medida al menos igual al egoísmo. Somos hijos de aquellos grupos humanos que fueron capaces de compartir, de cooperar para vencer su vulnerabilidad, no de los más fuertes o los más individualistas.

Lo que propongo es compartir. Redistribuir el trabajo y los bienes y servicios que generemos. Creo que una política económica en España, diseñada desde principios éticos, a favor de los derechos de los ciudadanos, pero sin perder de vista las enseñanzas económicas del laboratorio de la historia, debería:

– Aumentar sustancialmente la presión fiscal desde planteamientos progresivos, haciendo recaer el incremento de ingresos públicos en los grandes patrimonios, las grandes rentas no empleadas en inversión productiva y el fraude, incluso el actualmente no ilegal, del gran capital.

-Equilibrar la balanza comercial y la seguridad mediante una política agrícola y, sobre todo energética e industrial  que incentive la inversión en esos sectores y aumente tanto el porcentaje de riqueza como de empleo en ellos.

– Aumentar, y blindar en términos de porcentaje de riqueza nacional, el gasto público en sanidad, educación, investigación y atención a la infancia, la familia y la dependencia hasta igualarlo con el de los países más avanzados; estos sectores permiten redistribuir riqueza vía prestación universal de servicios, ofrecer bienestar y seguridad, garantizar el progreso en calidad de vida y son altamente demandantes de trabajo.

– Establecer una jubilación digna universal, desvinculada de la cotización (lo que liberaría los costes sociales de la producción de bienes y servicios, ya que pasarían a financiarse, como el resto de políticas apuntadas, con el aumento de recaudación)  y una renta básica de ciudadanía, con independencia del tiempo trabajado anteriormente.

– Y garantizar el pleno empleo mediante un sistema de reducción del tiempo de trabajo y redistribución.  ¡¡Es posible!!

* MONEDERO,J.C. Curso urgente de política para gente decente. Barcelona. Seix Barral.2013. pp 45-46

La economía es política

Las decisiones de política económica afectan a la vida de los ciudadanos. Y la falta de decisiones también.

En los últimos días se han publicado algunos estudios e informes que ilustran y documentan situaciones sobre las que cabe atribuir una responsabilidad determinante a las políticas económicas. Me refiero, en concreto, a “Gobernar para la élites. Secuestro democrático y desigualdad económica” de Intermon Oxfam y ” 2.826.549 razones. La protección de la infancia frente a la pobreza: un derecho, una obligación y una inversión. de Save the Children . Son documentos que refieren la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, tanto a nivel mundial como en el seno de los países, sean o no desarrollados, y sus dramáticas consecuencias en términos de sufrimiento, muerte, falta de oportunidades, ausencia de derechos y dignidad… , en particular para nuestros congéneres más desvalidos. Estos estudios no retratan realidades nuevas, pero las hacen visibles y tengo la sensación de que han tenido más repercusión que otros anteriores de contenido similar. La primera entrada de este blog se refería a la desigualdad como madre de todos los males. Desde luego, estos asuntos no me resultan indiferentes. Es cierto que tenemos la tendencia de buscar y centrar nuestra atención en las opiniones que confirman y refuerzan las nuestras. En este caso no se trata sólo de argumentos . Son datos, son hechos y son inaceptables. Esto es incuestionable. Pero, además las propuestas que ofrecen se alinean con algunas de las plasmadas en este blog y, sobre todo, en trabajos y artículos de gente con absoluta solvencia, algunos de los cuales he ido enlazando. Creo que revertir estas situaciones es necesario y es posible.

Volviendo a los estudios referidos, quiero resaltar la claridad con la que afirman y argumentan, desde sus propios títulos, que las situaciones a que se refieren son generadas por la política  y pueden revertirse desde la política: con políticas diferentes. La desigualdad extrema en la distribución de la riqueza y las rentas es causa de sufrimiento, de desequilibrio e ineficiencia económicos, del sesgo favorecedor de la propiedad y la riqueza en la legislación en general y la regulación fiscal en particular, de la erosión de la gobernanza democrática, del recelo hacia el diferente y la profundización de otras desigualdades de sexo, raza o procedencia. Es, en definitiva, causa del secuestro de los derechos por los intereses de las élites. Y la causa del incremento de la desigualdad son las políticas económicas. Esta es la idea que pretendo autoafirmarme y trasmitir con este artículo. No es el determinismo del mercado. Es la desregulación, que se adopta políticamente y la regulación en favor de quien más tiene, que es igualmente política. Ahora lo grita Oxfam, apoyándose en datos de tal desmesura como este: la riqueza del1% de la población más rica del mundo es 65 veces mayor que la que posee la mitad más pobre. Es igualmente la tesis de J. Stiglitz en ” El precio de la desigualdad. El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita”. Vicenç Navarro  lo señala con claridad en muchos de sus artículos; dejo enlazado uno reciente. Y tantos otros cuya visibilidad mediática es casi nula. Se transmite, sin embargo, la idea de que hay un triunfo de la economía sobre la política, como si la primera fuese un ente autónomo e incontrolable y la política, el gobierno de lo común, aun luchando contra ella, nada pudiese hacer por evitar sus desmanes. Es fácil hacernos caer en la desesperanza y la dejación cuando nos sentimos impotentes ante una fuerza ciega, ingobernable y enormemente potente. Pero no es verdad. La economía es política. Son la decisiones políticas o su ausencia las que determinan, al menos en parte, la producción de riqueza y, sobre todo su distribución.

Tras siglos de evolución cultural hemos llegado a autodotarnos de derechos para comprometernos con la felicidad individual y social. Una premisa en ese compromiso y, por tanto, un derecho básico es la garantía de condiciones materiales dignas de vida y de seguridad en que se mantendrán en el futuro. El desarrollo de la ciencia y la técnica nos han conducido a un tiempo en el que esa garantía es posible para todos los hombres hoy y sostenible para generaciones futuras, contando con que el progreso del conocimiento y la técnica lo seguirán haciendo posible. A la política económica le corresponde implantar las fórmulas para incentivar que sea efectiva la producción sostenible de los bienes y servicios necesarios y, sobre todo, que su distribución llegue a todos los hombres. Y el gran problema de la economía no es la mano ciega del mercado, sino las políticas económicas dictadas en su beneficio por esa élite que acumula la riqueza que  el resto de la humanidad necesita para tener la oportunidad de ejercer sus derechos, vivir con dignidad y buscar su camino de felicidad.

No nos dejemos engañar por tecnicismos. No escuchemos sólo los discursos dominantes. La cosa es tan sencilla como promover que la riqueza que necesitamos la generemos entre todos en condiciones dignas y llegue a todos en cantidad suficiente para garantizar unas condiciones de vida dignas. No podemos desistir, no podemos desesperar de la política ni hacer dejación de ciudadanía.

Se que es osado por mi parte señalar qué hay que hacer, pero no voy a caer en la inibición del “esto es muy complicado”, “yo de esto no entiendo” a la que tratan de abocarnos con el discurso oficial y el “pan y circo” (cada vez menos pan y más circo) de los eventos deportivos y las cortinas de humo. Ya en otras entradas de este blog y en otros foros he apuntado algunas ideas, la mayor parte de las cuales tomadas o contrastadas de gente que de esto sabe mucho más que yo. Stiglitz titula el último capítulo de su libro citado “El camino a seguir. Otro mundo es posible” El informe de Oxfam finaliza con el epigrafe “Recomendaciones” . Vinceç Navarro, junto a Juan Torres y Alberto Garzón publicaron en 2011 “Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España” … En todos los casos se proponen medidas de política económica con el objetivo de garantizar los derechos de los ciudadanos, no el crecimiento económico o el beneficio y, que no nos quepa ninguna duda, son posibles. Hemos de establecer un sistema de gobernanza universal de la economía global. No es imposible, ya se hizo en Bretton Woods en 1944. Mi admirado J.A.Marina, junto a María de la Valgoma proponían en “La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política” la promulgación de una Constitución Universal para que toda decisión, tanto de un futuro sistema de gobierno global como de las políticas nacionales, se ajustase al marco de los derechos de los individuos. Hay que acabar con los paraisos fiscales. Hay que construir y armonizar una fiscalidad progresiva sobre rentas y patrimonios. Hay que garantizar y blindar los servicios esenciales: asistencia sanitaria, educación, protección social. Hay que fijar y blindar un salario digno para todos los trabajadores. Hay que desmontar los sistemas institucionalizados de presión de las élites sobre la política. Hay que regular y fiscalizar el mercado financiero. Hay que igualar los derechos y oportunidades de las mujeres. Hay que revertir toda política que suponga una transferencia de riqueza de quien tiene menos a quien tiene más. Hay que distribuir equitativamente, tanto la riqueza como su producción. Es posible.

Aborto o interrupción del embarazo

¿Podemos llegar a establecer algún criterio universalmente aceptable para resolver este problema de hecho que se produce cuando queda embarazada una mujer que no lo desea?.

Creo en la posibilidad y la necesidad de construir la ética como se construye la ciencia; sobre un cimiento sólido y con un método que permita la aceptación universal del estado de las evidencias que en cada momento se alcance. Esa ética parte del universal humano de la búsqueda de la felicidad; de la búsqueda de la propia felicidad y del reconocimiento de esa misma necesidad en el prójimo. De ahí nace la afirmación de los derechos como un compromiso recíproco. Nos reconocemos iguales y dignos. Tú te comprometes, te responsabilizas con mis derechos y yo con los tuyos, de modo que construimos juntos las mejores condiciones posibles en cada momento para que cada uno transite su propio camino de felicidad.

Y, ¿En qué consiste esa felicidad? Pues aunque cada uno establezcamos nuestras metas y nuestras vías, después de leer y reflexionar un poco, he identificado seis elementos necesarios para que cada individuo formule su propia ecuación de felicidad: la satisfacción de necesidades físicas y materiales; la estabilidad emocional; la seguridad respecto del futuro; las relaciones satisfactorias con los otros; el disfrutar, el placer físico e intelectual; y la ampliación de posibilidades, la libertad para autoseducirnos  desde el futuro con proyectos y elegir los caminos que consideremos nos permitan alcanzar nuestras metas.

Me comprometo a desarrollar algunos puntos de esta ética apresuradamente enunciada, pero no ahora. Lo que ahora pretendo es un ejercicio de ética práctica: cómo abordamos socialmente y, por tanto, desde la legislación, el asunto enunciado en el título. Si lo entendemos como problema ético es porque consideramos que existe un conflicto entre derechos. ¿Es real este conflicto? ¿Podemos encontrar respuesta?

Empecemos por lo sencillo: los derechos de la mujer. No cabe duda alguna que toda mujer en edad de procrear es sujeto de derechos. No debería ser necesario justificarlo, pero voy a dedicar algunas líneas a hacerlo. Es sujeto de derechos porque así lo hemos decidido. Nadie nace con derechos al modo en que nacemos con riñones o con orejas. Los derechos, como decía arriba, son un compromiso recíproco. Hemos decidido tener derechos, pero no de un modo arbitrario, sino porque es el mejor modo que hemos encontrado para garantizarnos las mejores condiciones para la felicidad. Por tanto, una mujer embarazada tiene, como todo humano, derecho a decidir lo que afecte a su futuro y a sus proyectos vitales. El problema está, como para todo humano, en las líneas de colisión con los derechos y los proyectos de los otros. En esto estábamos.

Una mujer, por sí misma, sea dentro o fuera de una relación estable o una familia constituida, puede decidir embarcarse en el proyecto vital de tener un hijo. Y es igualmente cierto que muchas mujeres quedan embarazadas sin haber tomado esa decisión y sin voluntad alguna de asumir el proyecto vital que implica. El traer al mundo un hijo compromete para la madre todos y cada uno de los elementos que señalaba arriba como necesarios para buscar la felicidad, en mayor o menor medida según las circunstancias. Había previsto analizar uno por uno esos elementos, incidiendo en cómo se ven afectados en el caso de que una mujer se vea forzada, contra su voluntad, a asumir la gestación, alumbramiento y obligaciones propias de un hijo. Lo veo ahora innecesario; es un ejercicio que todos podemos hacer con un resultado obvio. La mujer tiene derecho a decidir. El que una instancia ajena a ella, sociedad, moral o ley, la obligue a culminar un embarazo es un atentado evidente a ese derecho y condiciona sustancialmente sus posibilidades de autoderminar sus caminos de búsqueda de la felicidad.

Sin embargo, una conducta fundada en mi derecho puede afectar a derechos del otro. Cuando se producen esos conflictos, hemos de evaluar para determinar el derecho preeminente. La vida es una premisa sine qua non; se constituye, por tanto en un derecho prioritario. He aquí un principio universalmente aceptado. El derecho de todo humano nacido vivo a conservar la vida prevalece sobre cualquier derecho de otro humano, salvo que sea igualmente conservar la vida. Nacemos inacabados y vulnerables. La compasión, los sentimientos de afecto, apego, ternura que despiertan los infantes son imprescindibles para nuestra conformación y supervivencia como especie. La cuestión se centra en determinar si el no nacido es sujeto de un derecho similar.

Para llevar el asunto a su punto inicial, hemos de situarnos en la fecundación. En el momento anterior tenemos un espermatozoide y un óvulo: células vivas, humanas y susceptibles de reproducir un humano. Sin embargo no creo que nadie las considere sujetos de derecho. Nos interesa el momento en que se unen y se inicia la división celular. ¿Es ese cigoto o ese embrión sujeto de derechos?

La respuesta está, en nuestro entorno, contaminada por una verdad particular, por una creencia religiosa: el dogma, o en todo caso el magisterio ordinario de la iglesia católica, de que, en el momento de la fecundación, Dios infunde el alma. Si pretendemos construir una respuesta ética universalmente válida, hemos de aislar las creencias y buscar evidencias. Es evidente que ese embrión sólo tiene de humano la potencialidad de llegar a ser. No tiene ninguna característica física, no tiene percepciones ni, desde luego, nada que pueda asemejarse a sensaciones, sentimientos o conciencia. Aun cuando existe una tendencia, que consideramos progresista, de dotar de ciertos derechos y dignidad a todo ser vivo, esa predisposición la vinculamos a su capacidad de sentir y, sobre todo, sufrir; ampliamos nuestra compasión al sufrimiento de cualquier ser vivo, aunque no sea humano. Podemos concluir que el embrión, al menos durante el tiempo en que podemos evidenciar que no siente  ni sufre, no es objeto de derechos, frente a los que sí hemos evidenciado para la persona que lo lleva en su interior.

En la medida en que podamos reconocer estas premisas, estaríamos cerca de una solución universalmente aceptable, en el bien entendido que el reconocimiento no compromete ninguna creencia particular. El aceptar que un embrión no es un ser sujeto de derechos, en nada condiciona el comportamiento respecto de él de la embarazada que crea que en el mismo momento de la fecundación acontece algún tipo de intervención sobrenatural. Ahora bien, esa creencia, por mucho que la comparta el Ministro de Justicia o el Gobierno en pleno, no pueden condicionar, ni mucho menos forzar, la decisión de quien no la comparte.

Como puede suponerse, esta argumentación concluye en la defensa de una regulación de plazos para la interrupción voluntaria del embarazo.

El proyecto significativo de las palabras

Esta pasada semana he tenido ocasión de compartir algunos ratos con Juan Carlos Mestre y de escucharlo dirigiéndose a chavales de 16 o 17 años. Mestre es poeta y artista plástico; un creador de pensamientos y emociones. Es encantador; sus palabras fluyen diciendo exactamente aquello que quieren decir. Y aunque a la seducción y el encantamiento contribuye el cómo dice, me ha interesado, sobre todo, lo que quiere decir.

Mi hija Lucía, a la que le toco leerse atragantadamente todo Machado para un examen, me decía que no entiende por qué alguien cuenta sus sentimientos y reflexiones, que a ella no le interesa. Creo que está equivocada y ella, tan emotiva y tan expresiva, lo sabe. Comunicar lo que sentimos y reflexionamos cumple, al menos tres funciones: aprehendemos lo que pensamos o sentimos cuando lo plasmamos en palabras; la empatía es un sentimiento constituyente de la humanidad; y las palabras forman parte de un proyecto compartido. Esto lo digo aquí porque es la justificación de este blog y la razón por la que dedico esta entrada a las emociones y reflexiones ocurridas al hilo de mi encuentro con Mestre.

El poeta habló a los chavales de poesía. No pretendo reproducir su discurso. No sabría, no aportaría nada nuevo y mi encorsetada mente racionalista se aviene mal con la creación que surge de la intuición y la imaginación. Pero sí me creo capaz de conectar y contribuir con una idea central de su propuesta que me permito enunciar con sus propias palabras como “el proyecto significativo de las palabras”. Enseguida enlazó en mi mente con otra propuesta de otro creador de pensamiento, José Antonio Marina, el proyecto de la inteligencia creadora. ¿Cuáles son esos proyectos?.

Somos una especie a la intemperie…, náufragos de nacimiento, por usar una metáfora de cada uno de los autores. La biología no prevé un destino para nosotros. No estamos programados para morir por el hormiguero, ni para obedecer un “sit” y recibir una galleta a cambio. Estamos obligados a crear nuestro destino sin un guión previo. Contamos con la gran herramienta del lenguaje, contamos con la capacidad de seducirnos desde el futuro con nuestros proyectos, lo que diferencia a nuestra inteligencia de cualquier otra animal o artificial y contamos con los otros, con el prójimo. La construcción de que hablamos es un proyecto compartido. Ahí están el proyecto de las palabras y el proyecto de la inteligencia. Ante nosotros se abre un horizonte sin caminos, pero será diferente el futuro según la dirección hacia la que dirijamos nuestros pasos. Las propuestas de que hablo dibujan senderos comunes porque sitúan su fin en el mismo orbe de la ética, en la consecución de un tiempo y un espacio donde todos los hombres dispongan de las mejores condiciones posibles para buscar su felicidad.

En ese gran empeño colectivo sitúa Mestre el valor y el significado de las palabras. El proyecto de la palabra libertad, de la palabra misericordia, de la palabra piedad… de la palabra compasión, diría Marina. Solo si somos dueños de las palabras y sabemos utilizarlas a nuestro favor podremos defendernos contra el gran robo, el enorme latrocinio de los usureros que nos arrebatan los derechos y nos manipulan hasta la conciencia de felicidad. Las palabras contra aquellos que nos venden la felicidad en un frasco de colonia, la libertad en las burbujas de un refresco, la suprema satisfacción en la victoria de mi equipo, la superioridad de mi patria, la imposición de mi dios ( dicho en pasiva, la derrota de tu equipo, la humillación de tu patria, la aniquilación de tu dios). ¿Habría sido posible el amor entre parejas de distinta clase y condición sin el Romeo y Julieta de Shakespeare?. La lucha por la dignidad, la lucha contra la esclavitud, por la igualdad de hombres y mujeres, por la seguridad jurídica, por el derecho a hablar… están sembradas de palabras. Mestre diría de poetas. Cuenta que John Keats, poeta romántico inglés, al ser preguntado sobre qué era un poeta, contesto algo así como que es quien se siente un igual ante todos los hombres, ni inferior a un rey, ni superior al último de los mendigos. Ese sentimiento de fraternidad fundamenta la ética.

Ahora me gustaría poder dirigirme a esos muchachos de los institutos de Segovia que han escuchado a Mestre estos días, para decirles que esos derechos de los que nos pensamos poseedores, son nuestros porque los hemos pensado y los hemos construidos con palabras y con el trabajo de tantos otros antes que nosotros. No nacemos con derechos del modo al que nacemos con un hígado. Por eso, para conservar el derecho a una educación universal, pública y laica, a una función en la sociedad que nos asegure un refugio ante la intemperie, a pensar, expresar, manifestarnos, elegir, participar… necesitamos reivindicarlos. Necesitamos las palabras y la determinación y la inteligencia y a los otros. Somos responsables de cada otro y él es responsable de nosotros, porque eso es lo que hemos decidido; ese es el proyecto de la ética, en el que cumplen su proyecto significativo las palabras. Citaba Mestre el título de un poema de Gabriel Celaya .” La poesía es una arma cargada de futuro” y planteaba que acaso podamos construir un tiempo sin imágenes bélicas y decir: la poesía es un alma cargada de futuro.

Una de judiones…. que no será la última

Voy a dedicar esta entrada a una iniciativa practica, a un proyecto real que, estoy seguro, va a generar unos cuantos puestos de trabajo, esto es, la oportunidad de  que unos cuantos conciudadanos se sitúen en condiciones de construir su refugio en la intemperie, de buscar su felicidad. Procuro rastrear en el laboratorio de la historia evidencias que aporten razón a mis razones. Espero que esta apuesta del judión acabe dándome la razón y me alegra enormemente su puesta en marcha.

judión de la Granja logo

Para empezar, estamos ante una iniciativa pública y social, promovida por un Ayuntamiento, el de mi pueblo, y un grupo de vecinos. Se trata, en pocas palabras, de aprovechar ventajas comparativas y recursos infrautilizados para crear riqueza y empleo. En concreto pretenden poner en cultivo y producir judiones en parcelas vacantes o de nueva roturación; impulsar la singularización del producto mediante una Marca de Garantía, gestionando la inclusión de productores, transformadores y comercializadores; envasar y quizá realizar elaboraciones y conservas; y comercializar aprovechando la imagen de calidad y el atractivo turístico consolidado del entorno. Tiene buena pinta, ¿verdad?. Dejo enlaces para acercarse con más profundidad al proyecto en su blog  o su facebook.

Las situaciones de dificultad cercanas vienen avivando mi interés por escudriñar las causas sociales, los mecanismos del sistema, que provocan tanto sufrimiento; e inevitablemente por imaginar creaciones para subvertir ese enorme fracaso colectivo. Desde hace ya algunos años vengo reclamando el impulso de iniciativas productivas, al menos desde que me resultó evidente el desequilibrio entre lo que generábamos y lo que demandábamos (un 10 % en 2007). Disponemos de capital humano sobradamente formado y con capacidad para reciclarse en el sentido que se necesite; vivimos en una parte del mundo suficientemente desarrollada, en infraestructuras, en acceso al conocimiento y la tecnología. Necesitamos impulso y financiación. Respecto del primero, y aun a riesgo de caer en pecado de heterodoxia, siempre he apuntado hacia las administraciones públicas. En cuanto a la financiación, la enorme brecha en el reparto de la riqueza facilita la posibilidad de buscar el capital donde lo hay, tanto con incentivos como con regulación, impuestos y lucha contra el fraude; y aun he señalado otra posibilidad: crear fórmulas para vincular a proyectos productivos el dinero disponible de ciudadanos dispuestos a invertirlo en esas acciones, sacándolo del mercado financiero, que hace de él un uso primordialmente especulativo. En ese esquema cabe un gran plan nacional liderado por el gobierno de la nación y pactado con los agentes sociales y cabe el pequeño proyecto local preferiblemente participado  por colectivos de vecinos y su Ayuntamiento.

Por el momento, este proyecto “judión de la Granja, marca de garantía”, se ha puesto en marcha y avanza, de la mano del Ayuntamiento del Real Sitio y con un grupo de vecinos implicados en él. Está fraguándose una asociación que, al parecer va a llamarse algo así como “Tutor del judión”, iniciativa de la que humildemente formo parte, que procurará dar soporte a la participación social en el proyecto. Tenemos el impulso, tenemos el recurso, tenemos capital humano, tenemos ventajas comparativas… y en cuanto a las necesidades de financiación habremos de ir buscando apoyos y las vías más adecuadas. Confieso que me encantaría poder comprobar que es posible la participación económica de una pequeña comunidad, como es un pueblo, en dar viabilidad a un proyecto que pueda ofrecer salidas laborales y vitales a algunos de sus vecinos. Yo, desde luego, estaría dispuesto a poner mi granito de arena. Si leyendo estas líneas os llama la atención la idea, os sugiero que sigáis atentos al desarrollo del asunto.

Hagamos que sea posible

Pongamos que tenemos potencial suficiente para producir todo lo que necesitamos. De hecho lo tenemos. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué infligir ese sufrimiento innecesario a tanta gente?…

Porque el mercado no produce para cubrir necesidades, sino demandas.

Si se reduce la capacidad de compra, se reduce el consumo, si se reduce el  consumo, baja la producción, a menor producción, menor necesidad de trabajo y menos empleos, con menos empresas y trabajadores se reduce la capacidad de compra … ¿Cómo salimos?

Esto, que parece un círculo vicioso, es más bien una espiral; una espiral que se cierra progresivamente y que, en el caso de España, no acaba de estrangularse por el aumento de las exportaciones, ligadas a una depreciación interna centrada en la disminución de salarios. La ventaja de visualizar la situación como espiral y no como círculo es que en el análisis se puede buscar el origen, la causa, el punto de inicio.

Según el planteamiento señalado, parece que el origen está en la disminución de demanda. ¿Por qué partiendo de una situación de creación de riqueza en máximos (El PIB de 2008 en España fue el mayor de su historia) y una población creciente en número y necesidades, cae la demanda? Indudablemente por la desigualdad en la distribución de la riqueza, profundizada en los años de bonanza, y por el desequilibrio en la estructura de la producción, fruto igualmente de la desigual distribución de la riqueza, ya que la acumulación hace que el gasto se concentre en actividades especulativas, en el caso de España especialmente la inmobiliaria.

La enorme desigualdad, he ahí el origen y la clave.  Durante al menos dos décadas se ha sostenido el consumo y el empleo mediante el endeudamiento. Es en el análisis de la enorme masa de capital gestionada por los mercados financieros, su ingeniería, la desregulación y, en el caso europeo, los desequilibrios internos en la zona euro y la falta de mecanismos comunes donde se suele situar el origen. Es cierto, pero lo que alimenta ese monstruo financiero es la desigualdad. Es, sin duda, la causa de la causa y, por tanto, como sostiene el aforismo jurídico, la causa del mal causado.

Las consecuencias son intolerables: millones de personas (sólo en España) quedan excluidas de algunos de los derechos básicos de los que hemos determinado dotarnos como sociedad y que hemos declarado universales, porque de ellos depende la dignidad de cada individuo: el trabajo, la vivienda, ingresos suficientes para la alimentación, el vestido, la movilidad, la salud, la atención en situaciones de desprotección como la infancia, la enfermedad, la discapacidad, la senectud…

Si un solo ciudadano considera vulnerado su derecho a expresarse, si un solo ciudadano se ve arbitrariamente privado de libertad, si un solo ciudadano es discriminado por sus creencias o faltado en su honor, se ponen en marcha todos los mecanismos públicos necesarios para restituir su derecho y, en la medida de lo posible, resarcir el daño.

Los derechos económicos y sociales, sin embargo, no gozan de la misma protección social. Hay una ideología, individualizante, que entiende que la condición económica y social ha de ser fruto de la acción – y las circunstancias y puntos de partida- del individuo y, por tanto, no merecen esfuerzo común. Hay ideologías que consideran el estado, la nación, el pueblo como entes superiores, sujetos de derecho por encima de los individuos; los derechos de los individuos quedan supeditados a aquellos. Necesitamos una ideología de la dignidad: de todos y cada uno de los derechos para todos y cada uno de los individuos. Y necesitamos una praxis social, un sistema de lo común que lo garantice efectivamente. Si un solo ciudadano se ve privado de la posibilidad de ganarse su sustento, o de un techo o de ingresos que le permitan subsistir o de ser atendido en la enfermedad u otras situaciones discapacitantes, uno solo, el sistema público, el gobierno de lo común, la polis, estará fracasando.

Tal como empezaba diciendo, tenemos capacidad de producir lo que necesitamos (Hago un inciso. Si el razonamiento se sustenta en las necesidades, puede derribarse argumentando que es un concepto sin determinación, variable en función de épocas, culturas, lugares e incluso sujetos. Sin embargo, podemos establecer unas necesidades objetivas o intersubjetivas para un espacio y un tiempo, en función de los derechos que nos hemos autootorgado. Es cierto que derechos y necesidades están en permanente estado de creación y revisión -como, por otro lado, las verdades científicas-, pero eso no les resta actualidad, efectividad y vigencia ni para la argumentación teórica, ni, desde luego, para sustentar implicaciones prácticas.) y existe riqueza suficiente acumulada para implantar modos que permitan hacerlo.

Probablemente no sea necesario tanto inventar, como  aprender del laboratorio de la historia. Aplicar lo que sabemos que funciona y corregir lo que sabemos que nos conduce al fracaso, con la mirada puesta en el objetivo de todos los derechos para todos los individuos:

–  Un Estado fuerte que garantiza con servicios y prestaciones públicas los derechos de los ciudadanos y una red de dotaciones e infraestructuras facilitadoras de la creación de riqueza;

– Una regulación estricta de los sistemas de obtención de rentas para restringir y gravar las que se obtienen sin generar riqueza e incentivar cuando producen beneficios sociales;

– Y un mercado competitivo que permita aprovechar el incentivo del beneficio para mantener una economía innovadora, dinámica y creadora de bienes y servicios ampliadores del bienestar general.

Concretando:

* Se puede cerrar la enorme brecha de desigualdad mediante un sistema fiscal que establezca una profunda transferencia de riqueza desde quienes la acumulan improductivamente hacia el gasto público y social: sanidad, educación e investigación, seguridad social, dependencia; todos ellos sectores muy exigentes en mano de obra, por lo que, además de garantizar derechos, esa transferencia de riqueza distribuye capacidad de compra y aumenta la demanda. El margen para hacerlo es grande; en el caso de España especialmente, tanto por la gran desigualdad (penúltimo país de la UE-27 en el índice GINI. fuhem , 1 de mayo) como por la presión fiscal actual (en el 33% de PIB, frente al 44% de promedio de la UE-15  v. navarro)

* Se puede incentivar una transferencia de riqueza, para lo que hay igualmente un enorme margen, entre la acumulación improductiva y la implementación de proyectos productivos, mediante planes y pactos para reindustrializar, equilibrando la estructura productiva y generando empleo.

* Y se puede establecer una transferencia de riqueza hacia los excluidos tanto desde el beneficio del capital como desde rentas del trabajo mediante el reparto del tiempo de trabajo y el aumento del salario mínimo.

¿Por qué no repartir el trabajo?

Dediqué mi primera entrada a poner el punto de mira sobre la desigual distribución de la riqueza y concluía afirmando que la situación de injusticia se puede revertir, que otras políticas son posibles. Mirando la pirámide con que ilustraba ese post la solución salta a la vista: transferir la riqueza que acumula el piquito superior a quienes ocupan la inmensa base de los desfavorecidos. Espero poder ir plasmando o enlazando algunas ideas al respecto. Empiezo, no obstante con una que toca poco o nada a esa minoría de los ultrarricos, cuya acumulación – no me voy a cansar de decirlo – es injusta, antiética, aberrante, indecente y un dramático fracaso de nuestra construcción social. Quería hablar de una idea que implica la solidaridad de quienes tenemos un trabajo hacia quienes no lo tienen, una idea que estuvo y está en todos los manifiestos y reivindicaciones de los movimientos alternativos, que es inmediatamente aplicable desde la determinación política: el reparto del trabajo. La propuesta se concretaría en reducción, en principio generalizada (aunque pueden establecerse matices), de la jornada laboral, incentivo al trabajo a tiempo parcial, jornadas de 6 horas en trabajo a turnos.

a. De modo ideal, si en un momento dado en una semana laboral, el total de la producción requiere un total de Y horas de trabajo y la población activa suma N trabajadores, el número de horas que ha de trabajar cada uno es el cociente de ambas, Y/N. La mayor productividad o la mecanización no deben suponer perdida de empleos, aumento de excluidos e incremento de beneficio, sino reducción de horas de trabajo y por tanto distribución de la riqueza.descarga

b. Existen, variables que condicionan esa cuenta ideal, como que en determinados tipos de empleos acortar la jornada de un trabajador y repartir sus cometidos resta productividad. No es menos cierto, sin embargo que en otro tipo de empleos una jornada menor conllevaría más productividad por menor agotamiento y disminución de los accidentes laborales. Pero sobre todo existe la reticencia del empleador que prefiere prolongar el tiempo de trabajo y la intensidad más que aumentar el número de trabajadores porque considera los costes sociales mayores (sobre todo si escamotea parte de las horas). Ahora bien, esta propuesta, como  parte de un plan global, preferiblemente pactado en que el empleador , defiende que, con carácter general, la “cuenta del pleno empleo” debe ser un punto de referencia.

c. La experiencia y los modelos nos dicen que para crear un porcentaje de empleo es necesario hacer crecer el PIB al menos de dicho porcentaje, esto obligaría a hacer crecer la producción de riqueza en cantidad manifiestamente insostenible: explotación de recursos, generación de residuos, contaminación, etc.

d. El retorno a la normalidad económica debe implicar aumento de productividad y mejora tecnológica, lo que aumentaría, a jornadas laborales constantes, el desempleo estructural. Desde el punto de vista del empleo, la “revolución tecnológica” de la información y la comunicación, la 3ª revolución, tiene de peculiar frente a las dos anteriores  (agrícola e industrial) que no existe un nuevo sector significativo al que pueda desplazarse la mano de obra (Rifkin, J, El fin del trabajo. México,Paidós, I996). La Historia de la civilización supone una progresiva automatización de procesos; ello y el incremento de la esperanza de vida debería permitir una drástica disminución del gasto en inversión (nutrición y reproducción requerían el 100% de la energía y el tiempo de nuestros antepasados) y un aumento del gasto en mantenimiento, en vivir, en felicidad (Punset, E. El viaje a la felicidad. Barcelona, Destino 2005). Si la riqueza generada en procesos automatizados se acumula en lugar de repartirse, lejos de ser fuente de tiempo y felicidad lo será de desigualdad e inseguridad.