Cuestión de principios

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Una de las reacciones más repetidas ante los atentados de Bruselas del pasado día 22   ha sido la de que esos actos terroristas se dirigían contra nuestros valores y principios. Estoy de acuerdo. De lo que no estoy tan seguro es de que todos nos refiramos a lo mismo. Tengo la seguridad de que, en muchos casos, se está pensando en los “nuestros” frente a los “suyos”; lo que implica reforzar la voluntad de parapetarnos en una supuesta superior cultura judeo-cristiana-occidental.  Creo que tal concepción encierra dos errores esenciales. El primero se prueba con el evidente dato de que cerca del 90% de las víctimas de los yihadistas sunitas son musulmanes. El segundo atenta contra la piedra angular: el principio de los principios: todos los humanos nacemos iguales en dignidad y derechos. Asumir esta proposición, la primera de la Declaración Universal de Derechos, implica una gran responsabilidad; supone el compromiso recíproco, entre todos los que decimos defenderla y con el resto de nuestros congéneres. De ese principio se derivan el derecho de todos los hombres a condiciones materiales suficientes, alimento, vivienda, salud;  a la libertad de pensar y expresar lo que se piensa y siente; a vivir sin amenazas la propia condición sexual, étnica, religiosa, cultural; a elegir y disfrutar un lugar en el mundo… y, por tanto, el compromiso de todos para que esos derechos sean efectivos. Que los asesinos de Bruselas… y de Lahore (Pakistán) y de tantos otros lugares en Siria, Irak, Yemen, Mali… atentan contra esos principios desde su ideología excluyente nos resulta evidente. Lo que nos cuesta más trabajo ver es el terrible castigo a que los somete la actitud del Occidente desarrollado, heredero de quienes crearon y lucharon por esos principios. Basta ver la atención que reclaman los medios de comunicación para unos u otros atentados. Cada ser humano sufriente ha de ser un desgarro similar y cada sufrimiento evitable un aldabonazo para actuar. Ese es el compromiso al que apelan nuestros “principios”. La vergüenza de cerrar las puertas a  cientos de miles de congéneres que huyen de la guerra y la intolerancia, dejando atrás sus hogares, su tierra, su modo de vida… destruye nuestros valores y principios de un modo más intenso que los ataques del terrorismo, porque viene de quienes decimos defenderlos.

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¿Quiénes son los antisistema?

Las elecciones europeas han dejado una resaca de incertidumbre y miedo entre quienes piensan en la política como “su” modo de vida y entre los medios de comunicación que les sirven de altavoz. En su nerviosismo espetan descalificaciones genéricas sin muchos argumentos. Una de las más repetida es “anti-sistema”. La cuestión está en qué entendemos por “sistema”. Si hemos de entender un  modo tal de gobernarnos que posibilita la explotación del hombre por el hombre, la exclusión del desfavorecido, la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, la miseria para millones de congéneres, la pobreza extrema y la muerte por hambre y enfermedades fácilmente curables de un niño cada 30 segundos… , entonces antisistema no sería un insulto, sino más bien una alabanza.  Sin embargo, si por sistema entendemos el modo en que hemos decidido organizarnos para que la sociedad posibilite la felicidad de sus individuos y la justicia, es decir, un modo que aun está en construcción, en conflicto, pero que tiene objetivos definidos, ¿Quienes son los a favor y quienes los “anti”? Dedico esta entrada a pensar un poco sobre ello.

Margaret thatcher

Esta extraordinaria especie a la que pertenecemos se originó y ha evolucionado superando su vulnerabilidad mediante la cooperación, la empatía, el reconocimiento de los otros, la creación de vínculos con ellos y, al tiempo, mediante la conciencia individual, la constitución de una identidad propia a la que no le sirve el determinismo genético como guía de comportamiento. Somos constitutivamente híbridos de egoísmo y altruismo, somos individuos sociales y somos la única especie capaz de autodeterminar sus modos de actuar y organizarse desde el futuro, mirando a lo que queremos ser y no desde el pasado, desde el dictado de los instintos. ¿Y donde hemos decidido ir? Sin duda, a la búsqueda de la felicidad (En anteriores entradas del blog esta teoría está desarrollada y sustentada con algunas citas y referencias; o sea que a los 4 lectores habituales os resultará repetitivo, pero necesito iniciar así la reflexión ). He aquí los ingredientes de un conflicto permanente individuo – sociedad, entre los comportamientos que maximizan mi propia felicidad y los que contribuyen a la felicidad social, a la justicia. Necesitamos a los otros, progresamos en tanto somos miembros de una sociedad que progresa, pero las motivaciones egoístas son, como señaló Russell y como nos muestra el laboratorio de la Historia, más potentes que las altruistas. De este conflicto nace la política, nacen las morales, las normas, el derecho. Es imprescindible regular el modo de organizarnos para evitar que las pulsiones egoístas: el gorrón, el corrupto, el que se aprovecha de lo conseguido como comunidad sin aportar, acaben con la cohesión de la comunidad y, a la postre, con todos sus individuos.
No defiendo un desarrollo lineal de la Historia, pero sí veo con claridad que los hombres buscamos la felicidad y sólo podemos construir nuestros caminos hacia ese objetivo en el marco de sociedades que posibiliten para todos sus individuos condiciones que lo permitan. Me parece bastante gráfica y bastante fiel con la realidad la imagen de un bucle. Los humanos, las civilizaciones avanzan y retroceden, caen en los mismos errores, tropiezan con las mismas piedras, pero van creando nuevas ideas y nuevas praxis en el camino hacia una sociedad que destierre la explotación, la marginación, el sufrimiento innecesario del hombre por el hombre. Es “La lucha por la dignidad” (lo entrecomillo porque es el título del ensayo de J.A. Marina y M de la Válgoma que estudia esa evolución). Una lucha que ha producido grandes victorias. Voy a hacer mención sólo a una: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su preámbulo dice: “La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana. (la cursiva en iguales y todos es mía). A partir de aquí nos reconocemos mutuamente derechos y los incorporamos en nuestras constituciones nacionales. Se trata de auténticos contratos sociales (no ya el teórico contrato constituyente de la sociedad o del cuerpo social de que hablaron Rousseau o Hobbes), pactos que rigen entre gobernantes y gobernados, acuerdos que suponen la base de nuestro sistema social.
Y dicho esto vuelvo a la pregunta del título ¿Quiénes son los antisistema? Hay ciudadanos reclamando más democracia, que los gobernantes no sean diferentes de los gobernados, que su acción se dirija a igualar las oportunidades, a igualar el acceso a los recursos y la riqueza que la sociedad genera, a evitar la discriminación y el sufrimiento, a universalizar servicios esenciales y el acceso y ejercicio efectivo de los derechos. Hay ciudadanos que acumulan cantidades enormes de riqueza y recursos en sociedades cada vez más escandalosamente desiguales, que utilizan el sistema de lo público para maximizar su propio beneficio, que niegan a sus conciudadanos el acceso al trabajo, a condiciones materiales mínimas, al ejercicio efectivo de sus derechos bajo la premisa de que nadie debe impedir al individuo progresar todo lo que pueda (aunque necesitan de lo público para posibilitarlo y, eventualmente, rescatarlos). Es posible que algunos de los primeros lleven camisas étnicas de comercio justo y se sumen a cada marea reivindicativa y algunos de los segundos vistan traje y corbata y se sienten en consejos de administración. No nos dejemos engañar. Hay ciudadanos e ideologías que defienden la generación del mayor beneficio “para mí, aquí y ahora” a costa de sus conciudadanos, de nuestros hijos y del planeta. No me cabe duda. Ellos son los antisistema. La gran consigna contra todo sistema social, contra la construcción de la órbita de la ética, contra el progreso, aunque sea haciendo bucles, hacia la ciudad feliz, esto es, hacia la justicia, es esta: “No existe la sociedad, tan solo individuos” y no la pronunció un joven con rastas, sino Margaret Thatcher.

Y 8. Sobre la construcción de la ética y la justicia

Recapitulando. Partimos de la evidencia de que la nuestra es una especie extraordinaria, excepcional. Esa excepcionalidad se ha fraguado en su evolución. Hemos sobrevivido a la vulnerabilidad, constituyéndonos como seres conscientes de nuestra individualidad, al tiempo que cooperantes, sociales, compasivos. En ese proceso hemos desarrollado una inteligencia que ha superado en capacidad a la del resto de especies pero, sobre todo, ha ampliado sus competencias con la de previsión, anticipación del futuro, planteamiento de proyectos. Esa capacidad que nos otorga libertad, nos deja desamparados. Nuestros comportamientos ya no están predeterminados por y para la supervivencia y la continuidad. Ello nos obliga a decidir y a determinar nuestros objetivos. De lo que estamos seguros es de que queremos ser felices. También sabemos con seguridad que sólo es posible en sociedad. Y hemos descubierto que el mejor modo de garantizar las condiciones que nos permitan ser felices es reconocernos derechos, comprometernos recíprocamente a garantizarnos su cumplimiento efectivo y afirmarnos solemnemente como seres dotados de dignidad.

Ese es el cimiento. Ahora toca poner hiladas: ¿Qué derechos? Puesto que ya sabemos que no nacemos con derechos sino que nos los reconocemos, son nuestra creación, ¿vale cualquier derecho?, ¿puedo con legitimidad afirmar, por ejemplo, mi derecho a explotarte porque soy miembro de una raza superior o porque soy dueño del capital y tú no? Desde luego que NO. Espero haber dado argumentos convincentes en los siete artículos anteriores. Sintetizo. NO, porque los derechos no son creaciones arbitrarias. Se asientan en mi individualidad, pero al mismo nivel, en la necesidad de reciprocidad; en la evidencia de que TODOS queremos ser felices, TODOS necesitamos las mismas premisas para serlo y solo podemos conseguirlas en sociedad.

De estas premisas podemos deducir un primer derecho, una primera hilada de esta construcción que,  para que pueda soportar las hiladas siguientes, ha de superponerse a los cimientos. -De lo contrario, como nos demuestra sobradamente la experiencia, histórica y presente, fracasamos; es decir, provocamos condiciones de sufrimiento y no de felicidad- . Ese primer derecho universal no puede ser otro que el reconocimiento de la igualdad de todos los miembros de la especie humana como sujetos de derechos. A partir de él ningún otro derecho que enunciemos puede establecer exclusiones entre humanos. En el momento que estableciésemos alguna discriminación, nos saldríamos del cimiento de la reciprocidad, el altruismo y la compasión. En cuanto se pretendiera justificar la exclusión de un grupo humano en función de un criterio, perderíamos todos la seguridad, porque no podríamos evitar que, cambiando el criterio, fuésemos nosotros los excluidos. Vuelvo a no ser original. Este es el espíritu de los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Para ir ascendiendo en el edificio, disponemos de  evidencias de la existencia de necesidades y premisas para la felicidad comunes a todos los hombres. Si admitimos que todos necesitamos, para vivir dignamente, la oportunidad de aportar a la sociedad y recibir de ella a cambio, podemos afirmar el derecho al trabajo; si necesitamos salud, el derecho a la atención sanitaria; si necesitamos un espacio y un refugio, el derecho a la vivienda; si necesitamos libertad, el derecho a la seguridad jurídica; si necesitamos la relación con los otros, el derecho a disponer de nuestro pensamiento y nuestro cuerpo, de expresarnos, reunirnos, asociarnos, formar familias …..  Podemos, pues, construir un edificio fiable y no arbitrario; lo que no quiere decir inamovible. También la ciencia está sujeta a  cambios por el avance de los conocimientos o la aparición de evidencias que superan las anteriormente aceptadas. Aquello a lo que aspiramos o que necesitamos está sujeto a variaciones similares.

He aquí el boceto de los planos del edificio. ¿Satisfecho?… Desde luego que no. La tarea es construirlo. ¿Por qué la humanidad no ha conseguido aproximarse a un modo de organización y comportamiento que podamos considerar justo?

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¿Por qué cualquier civilización que analicemos, cualquier momento de la Historia, nuestra propia contemporaneidad posterior a la Declaración de Derechos Humanos aboca a una parte de los humanos al sufrimiento? O estoy totalmente equivocado y lo que propongo no es racional o quien no es racional es el hombre. Al parecer a Kant le paso algo parecido. Después de afirmar que el cumplimiento del deber era un imperativo de la razón, constata la existencia del mal, del comportamiento desacorde con el deber y la razón.

Estamos dotados de capacidades intelectuales. Podemos usarlas racionalmente o no. Y aun el uso racional de la inteligencia puede dirigir sus procedimientos lógicos a la maximización de la satisfacción individual. Una de las capacidades de nuestra inteligencia es la de poder dirigir nuestra atención. Bertrand Russell ya advertía que las motivaciones egoístas son más poderosas que las altruistas. Esto parece evidente a la vista del laboratorio de la Historia (si bien es variable según las culturas, lo que nos da la pista de importancia de una educación cooperativa en lugar de competitiva). Por tanto, la construcción del orbe de la ética no es automática. Es una empresa consciente. Es un proyecto que requiere de un compromiso constituyente de la humanidad y de una tensión constante para actualizarlo a cada paso y, sobre todo, para evitar que las enormes fuerzas centrífugas de las motivaciones egoístas e identitarias nos devuelvan al homo lupus homini.

Como puede deducirse, defiendo que la sola declaración de los derechos no basta para crear sociedades justas. Se que la frase es una perogrullada y, para que quede claro, lo dejo dicho. Hemos gestado sociedades injustas (con independencia de mi opinión ). La palabra justicia ha ido apareciendo en mi narración un poco de tapadillo, sin justificar su presencia. No voy a meterme en ese lío. Pero sí quiero decir que me refiero a la justicia como la felicidad social; como el estado social que posibilita la felicidad de sus miembros. La primera acepción de justicia es: principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Si declaramos que los derechos nos corresponden, nos pertenecen, una sociedad justa es aquella capaz de garantizar el ejercicio efectivo de derechos a todos sus ciudadanos; esto es, de dar a cada uno lo suyo. No me resisto a citar la teoría ética de la justicia de John Rawls. Si pusiéramos un velo de ignorancia – a modo del que cubre los ojos a las representaciones de la justicia- a los miembros de la sociedad de manera que no supieran cual es el lugar, la posición social que ocupan, tomarían sus decisiones para  que nadie quedara desasistido o excluido. Esas serían decisiones justas.

Si la sola afirmación de derechos no basta, si es necesario un compromiso constituyente universal, si el contrato social no escrito que permitía, según Hobbes salir del estado lupino, del estado de naturaleza al que tiende el egoísmo (sobre todo el egoísmo tribal)  no ha conducido a un estado de justicia, es hora de que ese contrato universal se plasme realmente y tenga efectos reales. Marina y de la Válgoma reclamaban una Constitución Universal y proponían su primer artículo(1). Esa Constitución y la Declaración de Derechos tendrían su justificación en la consideración de la humanidad como un único pueblo, y en una vinculación de los sentimientos innatos de identidad y pertenencia a la humanidad entera. (Ello no implica la desaparición de los sentimientos identitarios parciales que cada uno posea, ni la limitación de las manifestaciones culturales diferenciadoras. Bien al contrario, podrían adquirir un mayor sentido en sí mismas y no como elementos de confrontación con las de los otros. Amin Maaluf ha reflexionado sobre ello, desde su propia y consciente posición mestiza). Y habrían de desarrollarse mediante instituciones legislativas, fiscales, ejecutivas y judiciales que las hicieran efectivas.

Se que cualquiera que lea la frase anterior, incluido yo mismo, me tildará de ingenuo o, siendo benevolente, de ignorante bienintencionado. Sin embargo, hay veces que en la Historia  se producen actos creativos monumentales.  Señalo dos: la Declaración de Derechos por la Asamblea Nacional en 1789, tras el estallido de la Revolución Francesa y los acuerdos de Bretton Woods, antes del fin de la 2ª Guerra Mundial. Supongo que ha de estar maduro el caldo de cultivo y han de darse las circunstancias. Espero que la constatación de la creciente desigualdad y del sufrimiento de miles de millones de congéneres sea suficiente y no se necesiten detonantes violentos para provocar cambios radicales. Veremos.

No quiero acabar con una propuesta utópica, que fácilmente puede calificarse de inalcanzable, y dejar el sabor de boca amargo de que todo lo reflexionado es inútil. El que no se implemente ese sueño de máximos no impide que se pueda ir desarrollando el proyecto de la ética y la justicia en los actuales marcos sociales y políticos de los Estados-nación. El reconocimiento de derechos y el compromiso de su garantía efectiva supondría, para la sociedad que lo asuma, cambios reales. Si el contrato social en un Estado incluye el derecho a la vivienda, por ejemplo, las políticas fiscales, económicas, sociales o productivas habrían de hacerlo efectivo. Acercando más el zoom: España 2013; cientos de miles de viviendas desocupadas; un gobierno estaría incumpliendo ese pacto constituyente si una sola familia se viera privada de un techo. La Sareb, antes de lanzar al mercado global el stock de viviendas, antes de privatizarse en un 55%, habría sido la institución pública garante de ese derecho. Como puede verse en el ejemplo, la plasmación de la garantía efectiva de derechos en los contratos sociales, en las constituciones de los países, puede y debe tener consecuencias prácticas. Sería necesario blindar porcentajes de riqueza y fondos de reserva para hacer frente a los derechos fundamentales. Serían necesarias políticas fiscales redistributivas y limitadoras de las enormes brechas de desigualdad para proveer de sus derechos a los desfavorecidos. Serían necesarios sistemas de reparto equitativo tanto para la producción como para la distribución de bienes y servicios. No se trata ni del fin de las diferencias de modelos políticos, ni del fin del incentivo egoísta en el dinamismo creativo. La posibilidad de comportarse para maximizar el beneficio individual o corporativo quedaría, sin embargo limitada. Es el mismo principio por el que no puedo coger los narcisos de los jardines públicos, aunque haya contribuido a que estén ahí con mis  impuestos. Eso no me impide la posibilidad de  plantar mis propios narcisos .

Por otro lado, la conciencia de ciudadanos, la asunción consciente de que somos sujetos de derechos, de cuales son esos derechos, cual es su origen y, sobre todo, de que su cumplimiento o ejercicio efectivos depende, en los casos que así sea, de las acciones, decisiones u omisiones de quienes ejercen el gobierno de lo común nos permite evaluar en cada momento la salud de nuestra sociedad y la idoneidad de nuestros gobernantes. Una sociedad o una cultura serán tanto mejores cuanto más sólidas sean las garantías y más avanzados los recursos para la felicidad de sus miembros y cuanto más amplíen sus posibilidades. Para una ciudadanía consciente, un gobierno pierde su legitimidad cuando no es capaz de cumplir este  contrato social.

Y para terminar con un párrafo optimista y evidenciar la deuda de esta serie de artículos con el pensamiento de Marina, voy a reproducir su “Ley del progreso ético de la sociedad”. La copio de las culturas fracasadasdonde la reescribe con algún matiz respecto de su enunciado original que formuló junto a María de la Válgoma en su trabajo citado:

“Cuando una sociedad se libera de la pobreza extrema, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio tribal, su inteligencia social evoluciona hacia un sistema normativo que se caracteriza, al menos, por defender los derechos individuales, el rechazo a las desigualdades no justificadas, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas, la racionalidad como modo de resolver conflictos, la función social de la propiedad y las políticas de ayuda”

(1) MARINA, José Antonio y VÁLGOMA, María de la. La lucha por la dignidad. 1ª edición en Compactos. Barcelona: Anagrama, 2005, p. 300.

Sobre dónde se funda la ética (7). Nos dotamos de derechos en tanto somos egoístas, compasivos e inteligentes

Ya tengo los derechos en el eje de la construcción ética. Sin embargo se que los derechos no existen. ¡Menudo pilar me he buscado! Aunque estamos acostumbrados a decir –“Tengo derecho a…” , lo cierto es que no nacemos con derechos. Los derechos son una construcción, una creación de la inteligencia y una creación vulnerable porque su fortaleza depende de la reciprocidad. Su poder es sólo efectivo si hay un sistema social que los sustente. Esto es fácil de entender si pensamos en cómo el reconocimiento de derechos económicos como el trabajo o la vivienda se desmoronan  de hecho  cuando el sistema económico – social no los garantiza.

8 de marzo derechos de la mujer

Construir la ética sobre los derechos me parece un enorme progreso, pero adolece de la misma inestabilidad que arriba señalaba: los derechos son creaciones humanas. Qué derechos y para quién son dos cuestiones básicas que estarían sujetas al albur de quien se arrogue el poder de determinarlo. J.A. Marina y M. de la Válgoma le dedican a este asunto un capítulo, el decimotercero, de su “La lucha por la dignidad”. Ellos concluyen, al igual que los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que la justificación de los derechos es la dignidad. Ellos saben que están apoyando la construcción de la  ciudad feliz y de la ética en una creación humana y reconocen el riesgo, pero entienden que, de la expansión de los conceptos de dignidad y derecho mediante el uso racional de la inteligencia y la experiencia del desarrollo histórico – razón práctica- se infieren, se inducen, principios universalmente válidos. Estoy de acuerdo, pero creo que se puede apoyar más sólidamente el edificio. Ese es el motivo por el que, con cierto pudor, estoy escribiendo. Creo que el cimiento no está  en una creación humana, sino en su propia esencia constitutiva. La humanidad se constituye en la evolución desde la biología como determinante de los comportamientos hacia la creación individual y cultural de los modos de actuación o, expresado en términos de objetivos, desde los comportamientos guiados hacia la reproducción y la supervivencia a los dirigidos a la felicidad.  En ese camino evolutivo nos constituimos  como seres híbridos de egoísmo y altruismo, de individualidad y cooperación, de identidad individual y pertenencia al grupo. Nos constituye la conciencia de nosotros mismos y la conciencia del otro, la empatía, la compasión. Esa realidad -de la que hay sobradas y cada vez más sólidas evidencias- es la base sobre la que construir, fundar, la ética. ¿De qué modo?

Yo, dotado de conciencia individual, quiero ser feliz. Sé, por mi conciencia del otro, que él quiere ser feliz y, por la empatía y la compasión, deseo también su felicidad. Los seres humanos, TODOS, queremos ser felices. Dotados como estamos de inteligencia, y haciendo un uso racional de ella, podemos encontrar universales de felicidad: premisas o condiciones necesarias para poder ser felices comunes a todos los hombres; y sabemos que sólo pueden cumplirse en sociedad. Para garantizar ese cumplimiento podemos imponer deberes o bien reconocernos recíprocamente derechos. La primera opción – la Historia nos lo muestra con claridad- , no nos posibilita condiciones universales de felicidad. Supone un fracaso. Implica una jerarquía entre el impositor de las morales y los que han de cumplirlas, entre los que tienen por sí o como grupo poder suficiente para garantizase sus propias condiciones de felicidad y los que quedan excluidos o forzados a construir las mejores condiciones para la élite, sin tenerlas para ellos mismos. Es la opción del egoísmo individualista y del egoísmo tribal, triunfantes. Pero queremos construir un modo de ser en el mundo y de actuar en el mundo coherente, además, con la parte cooperante, altruista y empática que también nos constituye. Y el mejor modo que nuestra inteligencia creadora ha encontrado para garantizar las mejores condiciones posibles de felicidad para todos es la segunda opción: el reconocimiento recíproco de derechos y la asunción de los deberes individuales y colectivos que conlleva. No se trata de la opción altruista frente a la egoísta. Se trata de la mejor opción. No puedo garantizar mis condiciones de felicidad, aun cuando esté bien asentado en la parte privilegiada de la sociedad o del mundo, si no garantizo recíprocamente las condiciones del resto. Si no veo una situación moralmente inaceptable en la desigualdad de acceso al ejercicio de los derechos, no tendré justificación moral para reivindicar mis derechos si cambian las circunstancias y caigo en la parte excluida o los excluidos revierten la situación. Por tanto, la afirmación del hombre como ser digno, como ser dotado, por determinación mancomunada de toda la humanidad, de dignidad es una de las más trascendentes creaciones de la inteligencia.

Hasta este párrafo pretendía llegar. Es, en cierto modo, la conclusión de todo lo anterior. Los cimientos sobre los que podría asentarse la construcción de una ética universalmente aceptable. Quiero dejar claro que mi parte en la autoría  es mínima. Lo que he escrito lo he ido descubriendo leyendo, básicamente, a José Antonio Marina. Espero no haber traicionado mucho sus ideas. Lo he escrito para ordenar mis ideas, por si le resulta interesante a algún amigo que se haya decidido a leerlo y para dejar plasmada una pequeña aportación. Desde mi humilde punto de vista, vincular el reconocimiento de los derechos y la afirmación de la dignidad a la condición constitutiva de la humanidad como especie social y cooperante y de cada hombre como ser dotado de conciencia individual y de empatía y compasión para con sus semejantes, supone profundizar unos palmos la solidez de los cimientos de esta construcción.

Comencé esta serie de artículos, entre el asombro y el pasmo, con la pretensión de buscar un buen cobijo ante la intemperie, y de momento me he quedado en los cimientos. Construir sobre ellos ya solo requiere usar nuestras capacidades intelectuales. De este modo podríamos aparejar y consolidar los principios, los valores y las leyes de una ética universal con la misma solidez con la que las ciencias descubren las leyes de la naturaleza. Sin grandes pretensiones, para ilustrar lo que quiero decir, voy a plantear el inicio de ese desarrollo, pero ya en otro artículo.

Sobre dónde se funda la ética (6). Nos imponen deberes, pero queremos derechos.

Pues bien, si no ando muy desencaminado, los humanos, desdibujados los fines de la existencia determinados genéticamente, pretendemos la felicidad como objeto de vida y todos necesitamos el mismo tipo de elementos o premisas para construir, autodeterminar nuestro camino a la felicidad. Y así las cosas ¿Por que he de obrar bien?¿Por qué he de hacer lo que debo? ¿Por qué no comportarme exclusivamente guiado por el mejor modo de maximizar mi propia felicidad? ¿No puedo considerar eso como obrar bien, como hacer lo que debo?

Ya he señalado que somos constitutivamente seres sociales. Nos necesitamos, necesitamos al grupo para ser. Hemos evolucionado comprendiendo y empatizando con los sentimentos de los otros y cooperando. No somos ni hormigas incapaces de comportamientos diferentes al del sacrificio por el hormiguero, ni leones solitarios expulsados de la manada. Entre ambos extremos, decidimos nuestro modo de ser en el mundo. El banco de pruebas de la Historia y nuestro propio laboratorio de vida personal nos muestran el permanente conflicto entre guiarnos por aquello que nos resulta más ventajoso hoy y a mi y aquello que genera mejores condiciones para el prójimo, el grupo o la sociedad.

En ese conflicto nacen las morales, las instituciones, las normas, los deberes, las respuestas de las diferentes culturas, de los grupos humanos para garantizar la cohesión, la supervivencia y el control del grupo. La necesidad de convivir y de resolver los problemas de la convivencia nos fue constituyendo, al tiempo que construíamos los modos de convivir: La moral fue conformando al hombre al tiempo que el hombre conformaba la moral. La importancia de los límites morales y la importancia de las religiones como proveedoras de códigos morales avalados trascendentalmente por las divinidades es indudable en nuestra historia. Pero no podemos perder de vista que sus objetivos son el control del conflicto invididuo-sociedad y, por tanto, el dominio sobre la sociedad y sobre los individuos, no la felicidad ni la justicia.

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Las morales particulares, las morales tribales, las morales religiosas nos han permitido llegar hasta aquí; pero el laboratorio de la Historia y una mirada por la ventana hacia nuestro mundo nos muestran la inmensa cantidad de sufrimiento que generan. El egoísmo individualista y el egoísmo tribal están en el origen de las guerras, de la exclusión del diferente, de los genocidios, de las esclavitudes, de la dominación de un sexo sobre otro y del poseedor sobre el desposeído, de las identidades asesinas y de las desigualdades asesinas.

Aun desde la evidencia de que los comportamientos guiados hacia mi máxima satisfacción, o la de mi tribu, mi nación, mi clase, mi sexo, mi élite generan sufrimiento en otros,¿Por qué he de variar esos comportamientos si me satisfacen?¿Por que ha de preocuparme el otro cuando el ocuparme de su felicidad compromete la maximización de la mía y cuando él es tanto como yo para ocuparse de su propia satisfacción? ¿Por qué mi nación, mi sociedad, mi economía, mi clase, mi sexo ha de proponer un modo de conducirse tal que no pretenda solo su mayor desarrollo y beneficio sino el de toda la humanidad?

Todas las morales y diferentes intentos de generar sistemas éticos con validez universal han buscado la fundamentación de sus propuestas en un poder imperativo. Propongo dos ejemplos: Hay que hacer lo que hay que hacer porque Dios lo manda, o porque lo dicta el derecho natural. Estos asideros, estas justificaciones se pretenden trascendentes. Pero son, en realidad, creaciones  del hombre. Fundamentar los valores y deberes en una creación humana es peligroso. Podemos encontrarnos al albur de quien maneje e interprete esa creación. O quien, por el mismo proceso creativo, proponga otra, como, por ejemplo, el espíritu del pueblo o la superioridad de mi raza. Vuelvo a los ejemplos iniciales propuestos. No hay que esforzarse mucho para justificar que en el nombre de Dios se han promovido y se promueven proyectos imbuidos de solidaridad, fraternidad, equidad y justicia y que en el mismo nombre se han cometido y se cometen enormes atrocidades y se justifican explotaciones, humillaciones o matanzas. Algo parecido puede decirse del derecho natural, una notable invención, pero una invención. Ya sabemos que en el hombre es difícil hablar en puridad de naturaleza, porque nuestra hibridación de biología y cultura no permite separar ambos elementos. Pero es de la ley natural, de la selección natural de lo que se aleja nuestra evolución cultural, no a lo que tiende. De hecho, hubo ideólogos del nacismo que justificaron su régimen y la superioridad de su raza en su interpretación del derecho natural.

En todo caso, incluidos los ejemplos anteriores, se ha pretendido instaurar la ética desde la instancia ajena y odiosa del deber. Sea cual sea el origen del deber: Dios, la Naturaleza, la conciencia, la Razón… el proponente del sistema ético o moral “exige” su cumplimiento. El gran descubrimiento que yo hice leyendo Ética para náufragos, de J.A. Marina, fue la crítica del deber como piedra angular de la ética y la propuesta de sustitución de su papel estelar por el derecho. Los deberes se nos imponen como losas, los entendemos como limitaciones a nuestra libertad, los interiorizamos y acumulamos en el superego, generando un peso que no siempre somos capaces de soportar sin perder el equilibrio. En cambio los derechos juegan a nuestro favor, son queridos. Todos somos proclives a gritar: – “tengo derecho a…”. En la pg 101 de la octava  edición en Compactos Anagrama. Barcelona. 2008, que es la que tengo delante leo: “La más elemental formulación de este proyecto sería: Todo ser humano considera bueno tener derechos”. Tal vez me equivoque, pero veo con clara evidencia que las desventuras de la moral proceden de su precipitación en afirmar que el concepto fundamental es el deber y no el derecho”.  Desde luego, esto no supone la muerte del deber. Un derecho, es un poder. Si afirmo mi derecho, por ejemplo, a expresarme libremente, o a la jubilación, estoy afirmando que puedo expresarme y que puedo (tengo el poder, no la posibilidad) recibir una prestación económica cuando ya no sea productivamente activo. Pero esos poderes no son intrínsecos, no dependen de mi fuerza, de mi inteligencia o de mi capacidad personal. Dependen de la sociedad, de su reconocimiento social, lo que supone reciprocidad. En esa reciprocidad están incluidos los deberes. Mi derecho te compromete y tu derecho me compromete. Si reconozco tu derecho a la  atención sanitaria, me obligo a contribuir con el sistema que permita hacerlo efectivo. Mis propios derechos autorreconocidos conllevan deberes: si quiero disfrutar de tomates sanos y recién cogidos me obligo a cultivar mi huerto. Así planteados, los deberes dejan de ser una carga impuesta y se transfiguran en medios para un fin deseado.

Sobre dónde se funda la ética (4). Esta vez sí: los factores de la fórmula

Veamos si me pongo de acuerdo conmigo mismo y si estáis de acuerdo en la clasificación que propongo de universales de felicidad. En una entrada anterior, apuntaba seis elementos. Pueden ser más o menos según se agrupen o desagrupen. (De hecho, ilustro la entrada con la pirámide de Maslow, un psicólogo americano de principios del pasado siglo, que propuso una prelación de necesidades diferente -pero no contradictoria- con la de este artículo).  Voy a mantener la nómina en atención a quienes leísteis  aquel post (en particular a Mamen, de quien he aprendido, entre otras muchísimas cosas que, por supuesto, no voy a detallar, el necesario hedonismo).

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Repito aquí la enumeración de las premisas de la felicidad, para que desde el principio se visibilicen: La satisfacción de necesidades físicas y materiales,  La estabilidad emocional,  Las relaciones satisfactorias con los otros, La seguridad respecto del futuro, el placer físico e intelectual  y la ampliación de posibilidades. Trataré de hacer entender a que me refiero con cada una en éste y el próximo artículo.

–  La satisfacción de necesidades físicas y materiales. Hace unos días colgaba Luis Sanjuán en su facebook el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos humanos y ya aproveché para refrescarlo. Ese texto, más el del artículo 23, que se refiere al trabajo, recogen a lo que me refiero en este punto. Alimento, abrigo, refugio, vivienda, salud… ; se trata de lo que todos estaríamos de acuerdo en considerar necesidades básicas. Si bien el concepto de necesidad es movedizo, en función, sobre todo, del grado de desarrollo material de la sociedad de que se trate, hay niveles sin los cuales parece imposible hablar de felicidad. Hay experimentos (E. Punset cita a Daniel Gilbert, catedrático de Psicología en Harvard en El viaje a la felicidad )que demuestran que, a partir de un nivel de riqueza, que permite la satisfacción de necesidades básicas y la seguridad sobre el futuro, la acumulación no aumenta el nivel de satisfacción (haciendo bueno el dicho de que el dinero no da la felicidad). Es posible que no todos estemos plenamente de acuerdo con la afirmación anterior, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, el hambre endémico, los ingresos que no permiten superar el límite de la pobreza, la afectación de enfermedades para las que existen técnicas de prevención y cura contrastadas, la desatención del discapacitado, el anciano o el niño… son las mayores barreras para que cada uno de los miles de millones de hombres afectados por ellas tengan siquiera la más mínima oportunidad de buscar su felicidad. Para evidenciar que la política económica puede generar desdicha solo hay que asomarse a la ventana (en mi caso, que soy un afortunado); que la política económica puede posibilitar condiciones materiales dignas de vida para TODOS es algo que he defendido en varias entradas anetriores. No insisto más. De lo que no cabe duda es de que la economía concierne a la ética; por eso la ética ha de comprometer a la economía.

 La estabilidad emocional. la felicidad es un estado emocional. Hay quien ha definido la felicidad como “ausencia de miedo”.  Me parece, tal como estoy defendiendo, que son necesarios algunos elementos más que la sola tranquilidad para ser feliz, pero, concurran esos elementos en mayor o menor medida, en último término la sensación de plenitud es emocional. (de hecho suele ponerse al yogui o al hombre sin camisa como ejemplos de hombre feliz). Para desarrollar este punto necesitaría hacer un tratado de psicología ( mi desfachatez no llega a tanto). Como he sufrido de miedo (utilizo el pretérito perfecto tocando madera) sé cómo desestabiliza. Somos seres enormemente complejos. Hemos convertido nuestras propias creaciones: la cultura, en nuestra segunda naturaleza, nuestro marco, el campo de nuestro juego; pero biológicamente, genéticamente somos similares desde hace doscientos mil años (por ahí más o menos sitúan paleontólogos y genetistas el surgimiento del homo sapiens).  Esto hace que generemos respuestas sentimentales diseñadas para sobrevivir en un ambiente que nada tiene que ver con nuestra sociedad actual. Activamos los resortes mentales y físicos diseñados para salvarnos del ataque de un oso pensando, por ejemplo, en que el próximo mes hemos de subir a un avión. Este tipo de lecturas inconscientes de las situaciones de peligro es fuente de sufrimiento. Nuestro hipocampo, (o nuestro subsconsciente, si ha de expresarlo un psicoanalista) acumula la memoria de la especie y la historia del individuo. Allí se parapetan miedos, represiones, normas morales y pulsiones  (el super ego y el ello freudianos), creencias irracionales ( el término lo acuñó el psicólogo Albert Ellis)… A partir de esa información cincelada fuera del acceso de nuestra conciencia evaluamos la realidad. De esa valoración provienen los sentimientos: alegría, tristeza, miedo, repugnancia, ira, sorpresa… (sobre estos, básicos, como somos así de enrevesados, construimos todo un laberinto sentimental). Nuestra felicidad depende en último término de como lidiemos con nuestros sentimientos. Tanto desoir lo que tratan de decirnos como dejarnos llevar por ellos son causas de infelicidad. Por eso hablo de estabilidad emocional. No es el momento de insistir más en ello, pero lo que es seguro es que la felicidad compete a la psicología y, por tanto la psicología también concierne a la ética.

– Las relaciones satisfactorias con los otros. Bajo este epígrafe caben muchos elementos que conforman nuestra felicidad. Somos una especie social. Inventamos la gran herramienta del lenguaje porque necesitamos al otro, necesitamos comunicarnos y compartir de un modo en que ninguna otra especie social ha necesitado. Las más intensas satisfacciones y las más intensas desdichas provienen de la relación con los demás: la amistad, las relaciones de pareja, la familia, el grupo social, la ciudad, las estructuras organizativas y de poder de lo distintos niveles  sociales de los que somos partícipes. Ya decía que somos constitutivamente cooperantes. Pero además, al parecer, experimentos tanto en psicología como en neurociencias (que descubrieron las neuronas espejo en los pasados años 90) nos dicen que colaborar, contribuir a la felicidad del otro, nos aporta felicidad. Compartir tareas, comunicar los procesos, crear equipos, corresponsabilizar, implicar e implicarse, ser partícipe y hacer participes… son elementos en boga porque aumentan la eficacia en equipos de trabajo; en realidad aumentan la satisfacción de los integrantes de cualquier grupo. La pirámide de Maslow dedica un piso al reconocimiento y otro a la afiliación. Ambos caen en este epígrafe. Necesitamos ser aceptados por el grupo. El rechazo duele (1). En una ocasión me apuntó una psiquiatra que, conceptualmente, persona deriva de personaje y no al revés. Etimológicamente la palabra proviene de la griega máscara; la que utilizaban los actores en el teatro. La necesidad de aceptación nos lleva a asumir la moral del grupo y a adaptar nuestra personalidad- personaje a lo que se espera de nosotros. Es el superego freudiano. El alago, el reconocimiento, la aceptación causa placer. El deber estricto, el peso excesivo de la moral del grupo genera sufrimiento. No se si el autorreconocimiento puede equipararse al reconocimiento del grupo. Maslow parece situarlo en el mismo bloque; el artículo que cito y enlazo en la llamada 1 también. De lo que sí estoy seguro es de la importancia determinante de la autoestima para enfrentar con éxito la vida. En la cúspide de nuestros sentimientos complejos, de nuestra necesidad de recibir y transmitir reconocimiento y afecto, de integrar al otro e integrarnos en él se sitúa el amor. Cada uno de nosotros tenemos en la memoria momentos de intensa felicidad y de intensa desesperanza asociados al amor… yo ya no digo más.  Se que me alargo, pero no puedo dejar de mencionar la necesidad de pertenencia por sus gigantescas implicaciones. La necesidad de identificarnos con un grupo está profundamente grabada en nuestro paleocerebro. Sin ella no seríamos: nuestros antepasados no habrían sobrevivido sin el amparo del grupo. Lo dramático es que el sentimiento de pertenencia  a la tribu se forja frente a otra(s) tribu(s). Es la más potente motivación del enfrentamiento, la guerra, la infelicidad infligida conscientemente a gran escala. Una de las tesis de esta serie de artículos es que la generación de un sentimiento de pertenencia a la humanidad, unido a la asunción de múltiples identidades y al respeto a las de los otros es básico para superar las morales particulares en una ética universal. Creo que algo así defiende Amin Maaluf en Identidades asesinas. En cada nivel de relación social, esta puede hacer que aumente o disminuya la felicidad de los individuos. Esto vale, por supuesto y especialmente, para las grandes organizaciones sociales. El poder puede tomar decisiones políticas que aumenten las condiciones de felicidad para todos, o sólo para una parte de la sociedad o que las disminuya. Por tanto, la política incide en la felicidad; la ética debe comprometer a la política.

Me tomo un respiro. Y aprovecho para seguir pidiendo colaboración. Lo hice en la entrada anterior, pero supongo que no estaba claro lo que pretendía. Espero que ahora se entienda mejor. Todos sabemos los momentos en los que nos sentimos felices o infelices. Ese estado sentimental nos lo provoca (o nos lo provocamos en) una situación concreta. Si tengo razón, esa situación tendría encaje en alguno o algunos de los elementos, premisas o condiciones que enumero en este artículo o citaré en el siguiente, lo que demostraría que son, efectivamente, universales de felicidad.

La economía es política

Las decisiones de política económica afectan a la vida de los ciudadanos. Y la falta de decisiones también.

En los últimos días se han publicado algunos estudios e informes que ilustran y documentan situaciones sobre las que cabe atribuir una responsabilidad determinante a las políticas económicas. Me refiero, en concreto, a “Gobernar para la élites. Secuestro democrático y desigualdad económica” de Intermon Oxfam y ” 2.826.549 razones. La protección de la infancia frente a la pobreza: un derecho, una obligación y una inversión. de Save the Children . Son documentos que refieren la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, tanto a nivel mundial como en el seno de los países, sean o no desarrollados, y sus dramáticas consecuencias en términos de sufrimiento, muerte, falta de oportunidades, ausencia de derechos y dignidad… , en particular para nuestros congéneres más desvalidos. Estos estudios no retratan realidades nuevas, pero las hacen visibles y tengo la sensación de que han tenido más repercusión que otros anteriores de contenido similar. La primera entrada de este blog se refería a la desigualdad como madre de todos los males. Desde luego, estos asuntos no me resultan indiferentes. Es cierto que tenemos la tendencia de buscar y centrar nuestra atención en las opiniones que confirman y refuerzan las nuestras. En este caso no se trata sólo de argumentos . Son datos, son hechos y son inaceptables. Esto es incuestionable. Pero, además las propuestas que ofrecen se alinean con algunas de las plasmadas en este blog y, sobre todo, en trabajos y artículos de gente con absoluta solvencia, algunos de los cuales he ido enlazando. Creo que revertir estas situaciones es necesario y es posible.

Volviendo a los estudios referidos, quiero resaltar la claridad con la que afirman y argumentan, desde sus propios títulos, que las situaciones a que se refieren son generadas por la política  y pueden revertirse desde la política: con políticas diferentes. La desigualdad extrema en la distribución de la riqueza y las rentas es causa de sufrimiento, de desequilibrio e ineficiencia económicos, del sesgo favorecedor de la propiedad y la riqueza en la legislación en general y la regulación fiscal en particular, de la erosión de la gobernanza democrática, del recelo hacia el diferente y la profundización de otras desigualdades de sexo, raza o procedencia. Es, en definitiva, causa del secuestro de los derechos por los intereses de las élites. Y la causa del incremento de la desigualdad son las políticas económicas. Esta es la idea que pretendo autoafirmarme y trasmitir con este artículo. No es el determinismo del mercado. Es la desregulación, que se adopta políticamente y la regulación en favor de quien más tiene, que es igualmente política. Ahora lo grita Oxfam, apoyándose en datos de tal desmesura como este: la riqueza del1% de la población más rica del mundo es 65 veces mayor que la que posee la mitad más pobre. Es igualmente la tesis de J. Stiglitz en ” El precio de la desigualdad. El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita”. Vicenç Navarro  lo señala con claridad en muchos de sus artículos; dejo enlazado uno reciente. Y tantos otros cuya visibilidad mediática es casi nula. Se transmite, sin embargo, la idea de que hay un triunfo de la economía sobre la política, como si la primera fuese un ente autónomo e incontrolable y la política, el gobierno de lo común, aun luchando contra ella, nada pudiese hacer por evitar sus desmanes. Es fácil hacernos caer en la desesperanza y la dejación cuando nos sentimos impotentes ante una fuerza ciega, ingobernable y enormemente potente. Pero no es verdad. La economía es política. Son la decisiones políticas o su ausencia las que determinan, al menos en parte, la producción de riqueza y, sobre todo su distribución.

Tras siglos de evolución cultural hemos llegado a autodotarnos de derechos para comprometernos con la felicidad individual y social. Una premisa en ese compromiso y, por tanto, un derecho básico es la garantía de condiciones materiales dignas de vida y de seguridad en que se mantendrán en el futuro. El desarrollo de la ciencia y la técnica nos han conducido a un tiempo en el que esa garantía es posible para todos los hombres hoy y sostenible para generaciones futuras, contando con que el progreso del conocimiento y la técnica lo seguirán haciendo posible. A la política económica le corresponde implantar las fórmulas para incentivar que sea efectiva la producción sostenible de los bienes y servicios necesarios y, sobre todo, que su distribución llegue a todos los hombres. Y el gran problema de la economía no es la mano ciega del mercado, sino las políticas económicas dictadas en su beneficio por esa élite que acumula la riqueza que  el resto de la humanidad necesita para tener la oportunidad de ejercer sus derechos, vivir con dignidad y buscar su camino de felicidad.

No nos dejemos engañar por tecnicismos. No escuchemos sólo los discursos dominantes. La cosa es tan sencilla como promover que la riqueza que necesitamos la generemos entre todos en condiciones dignas y llegue a todos en cantidad suficiente para garantizar unas condiciones de vida dignas. No podemos desistir, no podemos desesperar de la política ni hacer dejación de ciudadanía.

Se que es osado por mi parte señalar qué hay que hacer, pero no voy a caer en la inibición del “esto es muy complicado”, “yo de esto no entiendo” a la que tratan de abocarnos con el discurso oficial y el “pan y circo” (cada vez menos pan y más circo) de los eventos deportivos y las cortinas de humo. Ya en otras entradas de este blog y en otros foros he apuntado algunas ideas, la mayor parte de las cuales tomadas o contrastadas de gente que de esto sabe mucho más que yo. Stiglitz titula el último capítulo de su libro citado “El camino a seguir. Otro mundo es posible” El informe de Oxfam finaliza con el epigrafe “Recomendaciones” . Vinceç Navarro, junto a Juan Torres y Alberto Garzón publicaron en 2011 “Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España” … En todos los casos se proponen medidas de política económica con el objetivo de garantizar los derechos de los ciudadanos, no el crecimiento económico o el beneficio y, que no nos quepa ninguna duda, son posibles. Hemos de establecer un sistema de gobernanza universal de la economía global. No es imposible, ya se hizo en Bretton Woods en 1944. Mi admirado J.A.Marina, junto a María de la Valgoma proponían en “La lucha por la dignidad. Teoría de la felicidad política” la promulgación de una Constitución Universal para que toda decisión, tanto de un futuro sistema de gobierno global como de las políticas nacionales, se ajustase al marco de los derechos de los individuos. Hay que acabar con los paraisos fiscales. Hay que construir y armonizar una fiscalidad progresiva sobre rentas y patrimonios. Hay que garantizar y blindar los servicios esenciales: asistencia sanitaria, educación, protección social. Hay que fijar y blindar un salario digno para todos los trabajadores. Hay que desmontar los sistemas institucionalizados de presión de las élites sobre la política. Hay que regular y fiscalizar el mercado financiero. Hay que igualar los derechos y oportunidades de las mujeres. Hay que revertir toda política que suponga una transferencia de riqueza de quien tiene menos a quien tiene más. Hay que distribuir equitativamente, tanto la riqueza como su producción. Es posible.

Aborto o interrupción del embarazo

¿Podemos llegar a establecer algún criterio universalmente aceptable para resolver este problema de hecho que se produce cuando queda embarazada una mujer que no lo desea?.

Creo en la posibilidad y la necesidad de construir la ética como se construye la ciencia; sobre un cimiento sólido y con un método que permita la aceptación universal del estado de las evidencias que en cada momento se alcance. Esa ética parte del universal humano de la búsqueda de la felicidad; de la búsqueda de la propia felicidad y del reconocimiento de esa misma necesidad en el prójimo. De ahí nace la afirmación de los derechos como un compromiso recíproco. Nos reconocemos iguales y dignos. Tú te comprometes, te responsabilizas con mis derechos y yo con los tuyos, de modo que construimos juntos las mejores condiciones posibles en cada momento para que cada uno transite su propio camino de felicidad.

Y, ¿En qué consiste esa felicidad? Pues aunque cada uno establezcamos nuestras metas y nuestras vías, después de leer y reflexionar un poco, he identificado seis elementos necesarios para que cada individuo formule su propia ecuación de felicidad: la satisfacción de necesidades físicas y materiales; la estabilidad emocional; la seguridad respecto del futuro; las relaciones satisfactorias con los otros; el disfrutar, el placer físico e intelectual; y la ampliación de posibilidades, la libertad para autoseducirnos  desde el futuro con proyectos y elegir los caminos que consideremos nos permitan alcanzar nuestras metas.

Me comprometo a desarrollar algunos puntos de esta ética apresuradamente enunciada, pero no ahora. Lo que ahora pretendo es un ejercicio de ética práctica: cómo abordamos socialmente y, por tanto, desde la legislación, el asunto enunciado en el título. Si lo entendemos como problema ético es porque consideramos que existe un conflicto entre derechos. ¿Es real este conflicto? ¿Podemos encontrar respuesta?

Empecemos por lo sencillo: los derechos de la mujer. No cabe duda alguna que toda mujer en edad de procrear es sujeto de derechos. No debería ser necesario justificarlo, pero voy a dedicar algunas líneas a hacerlo. Es sujeto de derechos porque así lo hemos decidido. Nadie nace con derechos al modo en que nacemos con riñones o con orejas. Los derechos, como decía arriba, son un compromiso recíproco. Hemos decidido tener derechos, pero no de un modo arbitrario, sino porque es el mejor modo que hemos encontrado para garantizarnos las mejores condiciones para la felicidad. Por tanto, una mujer embarazada tiene, como todo humano, derecho a decidir lo que afecte a su futuro y a sus proyectos vitales. El problema está, como para todo humano, en las líneas de colisión con los derechos y los proyectos de los otros. En esto estábamos.

Una mujer, por sí misma, sea dentro o fuera de una relación estable o una familia constituida, puede decidir embarcarse en el proyecto vital de tener un hijo. Y es igualmente cierto que muchas mujeres quedan embarazadas sin haber tomado esa decisión y sin voluntad alguna de asumir el proyecto vital que implica. El traer al mundo un hijo compromete para la madre todos y cada uno de los elementos que señalaba arriba como necesarios para buscar la felicidad, en mayor o menor medida según las circunstancias. Había previsto analizar uno por uno esos elementos, incidiendo en cómo se ven afectados en el caso de que una mujer se vea forzada, contra su voluntad, a asumir la gestación, alumbramiento y obligaciones propias de un hijo. Lo veo ahora innecesario; es un ejercicio que todos podemos hacer con un resultado obvio. La mujer tiene derecho a decidir. El que una instancia ajena a ella, sociedad, moral o ley, la obligue a culminar un embarazo es un atentado evidente a ese derecho y condiciona sustancialmente sus posibilidades de autoderminar sus caminos de búsqueda de la felicidad.

Sin embargo, una conducta fundada en mi derecho puede afectar a derechos del otro. Cuando se producen esos conflictos, hemos de evaluar para determinar el derecho preeminente. La vida es una premisa sine qua non; se constituye, por tanto en un derecho prioritario. He aquí un principio universalmente aceptado. El derecho de todo humano nacido vivo a conservar la vida prevalece sobre cualquier derecho de otro humano, salvo que sea igualmente conservar la vida. Nacemos inacabados y vulnerables. La compasión, los sentimientos de afecto, apego, ternura que despiertan los infantes son imprescindibles para nuestra conformación y supervivencia como especie. La cuestión se centra en determinar si el no nacido es sujeto de un derecho similar.

Para llevar el asunto a su punto inicial, hemos de situarnos en la fecundación. En el momento anterior tenemos un espermatozoide y un óvulo: células vivas, humanas y susceptibles de reproducir un humano. Sin embargo no creo que nadie las considere sujetos de derecho. Nos interesa el momento en que se unen y se inicia la división celular. ¿Es ese cigoto o ese embrión sujeto de derechos?

La respuesta está, en nuestro entorno, contaminada por una verdad particular, por una creencia religiosa: el dogma, o en todo caso el magisterio ordinario de la iglesia católica, de que, en el momento de la fecundación, Dios infunde el alma. Si pretendemos construir una respuesta ética universalmente válida, hemos de aislar las creencias y buscar evidencias. Es evidente que ese embrión sólo tiene de humano la potencialidad de llegar a ser. No tiene ninguna característica física, no tiene percepciones ni, desde luego, nada que pueda asemejarse a sensaciones, sentimientos o conciencia. Aun cuando existe una tendencia, que consideramos progresista, de dotar de ciertos derechos y dignidad a todo ser vivo, esa predisposición la vinculamos a su capacidad de sentir y, sobre todo, sufrir; ampliamos nuestra compasión al sufrimiento de cualquier ser vivo, aunque no sea humano. Podemos concluir que el embrión, al menos durante el tiempo en que podemos evidenciar que no siente  ni sufre, no es objeto de derechos, frente a los que sí hemos evidenciado para la persona que lo lleva en su interior.

En la medida en que podamos reconocer estas premisas, estaríamos cerca de una solución universalmente aceptable, en el bien entendido que el reconocimiento no compromete ninguna creencia particular. El aceptar que un embrión no es un ser sujeto de derechos, en nada condiciona el comportamiento respecto de él de la embarazada que crea que en el mismo momento de la fecundación acontece algún tipo de intervención sobrenatural. Ahora bien, esa creencia, por mucho que la comparta el Ministro de Justicia o el Gobierno en pleno, no pueden condicionar, ni mucho menos forzar, la decisión de quien no la comparte.

Como puede suponerse, esta argumentación concluye en la defensa de una regulación de plazos para la interrupción voluntaria del embarazo.

El proyecto significativo de las palabras

Esta pasada semana he tenido ocasión de compartir algunos ratos con Juan Carlos Mestre y de escucharlo dirigiéndose a chavales de 16 o 17 años. Mestre es poeta y artista plástico; un creador de pensamientos y emociones. Es encantador; sus palabras fluyen diciendo exactamente aquello que quieren decir. Y aunque a la seducción y el encantamiento contribuye el cómo dice, me ha interesado, sobre todo, lo que quiere decir.

Mi hija Lucía, a la que le toco leerse atragantadamente todo Machado para un examen, me decía que no entiende por qué alguien cuenta sus sentimientos y reflexiones, que a ella no le interesa. Creo que está equivocada y ella, tan emotiva y tan expresiva, lo sabe. Comunicar lo que sentimos y reflexionamos cumple, al menos tres funciones: aprehendemos lo que pensamos o sentimos cuando lo plasmamos en palabras; la empatía es un sentimiento constituyente de la humanidad; y las palabras forman parte de un proyecto compartido. Esto lo digo aquí porque es la justificación de este blog y la razón por la que dedico esta entrada a las emociones y reflexiones ocurridas al hilo de mi encuentro con Mestre.

El poeta habló a los chavales de poesía. No pretendo reproducir su discurso. No sabría, no aportaría nada nuevo y mi encorsetada mente racionalista se aviene mal con la creación que surge de la intuición y la imaginación. Pero sí me creo capaz de conectar y contribuir con una idea central de su propuesta que me permito enunciar con sus propias palabras como “el proyecto significativo de las palabras”. Enseguida enlazó en mi mente con otra propuesta de otro creador de pensamiento, José Antonio Marina, el proyecto de la inteligencia creadora. ¿Cuáles son esos proyectos?.

Somos una especie a la intemperie…, náufragos de nacimiento, por usar una metáfora de cada uno de los autores. La biología no prevé un destino para nosotros. No estamos programados para morir por el hormiguero, ni para obedecer un “sit” y recibir una galleta a cambio. Estamos obligados a crear nuestro destino sin un guión previo. Contamos con la gran herramienta del lenguaje, contamos con la capacidad de seducirnos desde el futuro con nuestros proyectos, lo que diferencia a nuestra inteligencia de cualquier otra animal o artificial y contamos con los otros, con el prójimo. La construcción de que hablamos es un proyecto compartido. Ahí están el proyecto de las palabras y el proyecto de la inteligencia. Ante nosotros se abre un horizonte sin caminos, pero será diferente el futuro según la dirección hacia la que dirijamos nuestros pasos. Las propuestas de que hablo dibujan senderos comunes porque sitúan su fin en el mismo orbe de la ética, en la consecución de un tiempo y un espacio donde todos los hombres dispongan de las mejores condiciones posibles para buscar su felicidad.

En ese gran empeño colectivo sitúa Mestre el valor y el significado de las palabras. El proyecto de la palabra libertad, de la palabra misericordia, de la palabra piedad… de la palabra compasión, diría Marina. Solo si somos dueños de las palabras y sabemos utilizarlas a nuestro favor podremos defendernos contra el gran robo, el enorme latrocinio de los usureros que nos arrebatan los derechos y nos manipulan hasta la conciencia de felicidad. Las palabras contra aquellos que nos venden la felicidad en un frasco de colonia, la libertad en las burbujas de un refresco, la suprema satisfacción en la victoria de mi equipo, la superioridad de mi patria, la imposición de mi dios ( dicho en pasiva, la derrota de tu equipo, la humillación de tu patria, la aniquilación de tu dios). ¿Habría sido posible el amor entre parejas de distinta clase y condición sin el Romeo y Julieta de Shakespeare?. La lucha por la dignidad, la lucha contra la esclavitud, por la igualdad de hombres y mujeres, por la seguridad jurídica, por el derecho a hablar… están sembradas de palabras. Mestre diría de poetas. Cuenta que John Keats, poeta romántico inglés, al ser preguntado sobre qué era un poeta, contesto algo así como que es quien se siente un igual ante todos los hombres, ni inferior a un rey, ni superior al último de los mendigos. Ese sentimiento de fraternidad fundamenta la ética.

Ahora me gustaría poder dirigirme a esos muchachos de los institutos de Segovia que han escuchado a Mestre estos días, para decirles que esos derechos de los que nos pensamos poseedores, son nuestros porque los hemos pensado y los hemos construidos con palabras y con el trabajo de tantos otros antes que nosotros. No nacemos con derechos del modo al que nacemos con un hígado. Por eso, para conservar el derecho a una educación universal, pública y laica, a una función en la sociedad que nos asegure un refugio ante la intemperie, a pensar, expresar, manifestarnos, elegir, participar… necesitamos reivindicarlos. Necesitamos las palabras y la determinación y la inteligencia y a los otros. Somos responsables de cada otro y él es responsable de nosotros, porque eso es lo que hemos decidido; ese es el proyecto de la ética, en el que cumplen su proyecto significativo las palabras. Citaba Mestre el título de un poema de Gabriel Celaya .” La poesía es una arma cargada de futuro” y planteaba que acaso podamos construir un tiempo sin imágenes bélicas y decir: la poesía es un alma cargada de futuro.

Hagamos que sea posible

Pongamos que tenemos potencial suficiente para producir todo lo que necesitamos. De hecho lo tenemos. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué infligir ese sufrimiento innecesario a tanta gente?…

Porque el mercado no produce para cubrir necesidades, sino demandas.

Si se reduce la capacidad de compra, se reduce el consumo, si se reduce el  consumo, baja la producción, a menor producción, menor necesidad de trabajo y menos empleos, con menos empresas y trabajadores se reduce la capacidad de compra … ¿Cómo salimos?

Esto, que parece un círculo vicioso, es más bien una espiral; una espiral que se cierra progresivamente y que, en el caso de España, no acaba de estrangularse por el aumento de las exportaciones, ligadas a una depreciación interna centrada en la disminución de salarios. La ventaja de visualizar la situación como espiral y no como círculo es que en el análisis se puede buscar el origen, la causa, el punto de inicio.

Según el planteamiento señalado, parece que el origen está en la disminución de demanda. ¿Por qué partiendo de una situación de creación de riqueza en máximos (El PIB de 2008 en España fue el mayor de su historia) y una población creciente en número y necesidades, cae la demanda? Indudablemente por la desigualdad en la distribución de la riqueza, profundizada en los años de bonanza, y por el desequilibrio en la estructura de la producción, fruto igualmente de la desigual distribución de la riqueza, ya que la acumulación hace que el gasto se concentre en actividades especulativas, en el caso de España especialmente la inmobiliaria.

La enorme desigualdad, he ahí el origen y la clave.  Durante al menos dos décadas se ha sostenido el consumo y el empleo mediante el endeudamiento. Es en el análisis de la enorme masa de capital gestionada por los mercados financieros, su ingeniería, la desregulación y, en el caso europeo, los desequilibrios internos en la zona euro y la falta de mecanismos comunes donde se suele situar el origen. Es cierto, pero lo que alimenta ese monstruo financiero es la desigualdad. Es, sin duda, la causa de la causa y, por tanto, como sostiene el aforismo jurídico, la causa del mal causado.

Las consecuencias son intolerables: millones de personas (sólo en España) quedan excluidas de algunos de los derechos básicos de los que hemos determinado dotarnos como sociedad y que hemos declarado universales, porque de ellos depende la dignidad de cada individuo: el trabajo, la vivienda, ingresos suficientes para la alimentación, el vestido, la movilidad, la salud, la atención en situaciones de desprotección como la infancia, la enfermedad, la discapacidad, la senectud…

Si un solo ciudadano considera vulnerado su derecho a expresarse, si un solo ciudadano se ve arbitrariamente privado de libertad, si un solo ciudadano es discriminado por sus creencias o faltado en su honor, se ponen en marcha todos los mecanismos públicos necesarios para restituir su derecho y, en la medida de lo posible, resarcir el daño.

Los derechos económicos y sociales, sin embargo, no gozan de la misma protección social. Hay una ideología, individualizante, que entiende que la condición económica y social ha de ser fruto de la acción – y las circunstancias y puntos de partida- del individuo y, por tanto, no merecen esfuerzo común. Hay ideologías que consideran el estado, la nación, el pueblo como entes superiores, sujetos de derecho por encima de los individuos; los derechos de los individuos quedan supeditados a aquellos. Necesitamos una ideología de la dignidad: de todos y cada uno de los derechos para todos y cada uno de los individuos. Y necesitamos una praxis social, un sistema de lo común que lo garantice efectivamente. Si un solo ciudadano se ve privado de la posibilidad de ganarse su sustento, o de un techo o de ingresos que le permitan subsistir o de ser atendido en la enfermedad u otras situaciones discapacitantes, uno solo, el sistema público, el gobierno de lo común, la polis, estará fracasando.

Tal como empezaba diciendo, tenemos capacidad de producir lo que necesitamos (Hago un inciso. Si el razonamiento se sustenta en las necesidades, puede derribarse argumentando que es un concepto sin determinación, variable en función de épocas, culturas, lugares e incluso sujetos. Sin embargo, podemos establecer unas necesidades objetivas o intersubjetivas para un espacio y un tiempo, en función de los derechos que nos hemos autootorgado. Es cierto que derechos y necesidades están en permanente estado de creación y revisión -como, por otro lado, las verdades científicas-, pero eso no les resta actualidad, efectividad y vigencia ni para la argumentación teórica, ni, desde luego, para sustentar implicaciones prácticas.) y existe riqueza suficiente acumulada para implantar modos que permitan hacerlo.

Probablemente no sea necesario tanto inventar, como  aprender del laboratorio de la historia. Aplicar lo que sabemos que funciona y corregir lo que sabemos que nos conduce al fracaso, con la mirada puesta en el objetivo de todos los derechos para todos los individuos:

–  Un Estado fuerte que garantiza con servicios y prestaciones públicas los derechos de los ciudadanos y una red de dotaciones e infraestructuras facilitadoras de la creación de riqueza;

– Una regulación estricta de los sistemas de obtención de rentas para restringir y gravar las que se obtienen sin generar riqueza e incentivar cuando producen beneficios sociales;

– Y un mercado competitivo que permita aprovechar el incentivo del beneficio para mantener una economía innovadora, dinámica y creadora de bienes y servicios ampliadores del bienestar general.

Concretando:

* Se puede cerrar la enorme brecha de desigualdad mediante un sistema fiscal que establezca una profunda transferencia de riqueza desde quienes la acumulan improductivamente hacia el gasto público y social: sanidad, educación e investigación, seguridad social, dependencia; todos ellos sectores muy exigentes en mano de obra, por lo que, además de garantizar derechos, esa transferencia de riqueza distribuye capacidad de compra y aumenta la demanda. El margen para hacerlo es grande; en el caso de España especialmente, tanto por la gran desigualdad (penúltimo país de la UE-27 en el índice GINI. fuhem , 1 de mayo) como por la presión fiscal actual (en el 33% de PIB, frente al 44% de promedio de la UE-15  v. navarro)

* Se puede incentivar una transferencia de riqueza, para lo que hay igualmente un enorme margen, entre la acumulación improductiva y la implementación de proyectos productivos, mediante planes y pactos para reindustrializar, equilibrando la estructura productiva y generando empleo.

* Y se puede establecer una transferencia de riqueza hacia los excluidos tanto desde el beneficio del capital como desde rentas del trabajo mediante el reparto del tiempo de trabajo y el aumento del salario mínimo.