Sobre dónde se funda la ética (4). Esta vez sí: los factores de la fórmula

Veamos si me pongo de acuerdo conmigo mismo y si estáis de acuerdo en la clasificación que propongo de universales de felicidad. En una entrada anterior, apuntaba seis elementos. Pueden ser más o menos según se agrupen o desagrupen. (De hecho, ilustro la entrada con la pirámide de Maslow, un psicólogo americano de principios del pasado siglo, que propuso una prelación de necesidades diferente -pero no contradictoria- con la de este artículo).  Voy a mantener la nómina en atención a quienes leísteis  aquel post (en particular a Mamen, de quien he aprendido, entre otras muchísimas cosas que, por supuesto, no voy a detallar, el necesario hedonismo).

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Repito aquí la enumeración de las premisas de la felicidad, para que desde el principio se visibilicen: La satisfacción de necesidades físicas y materiales,  La estabilidad emocional,  Las relaciones satisfactorias con los otros, La seguridad respecto del futuro, el placer físico e intelectual  y la ampliación de posibilidades. Trataré de hacer entender a que me refiero con cada una en éste y el próximo artículo.

–  La satisfacción de necesidades físicas y materiales. Hace unos días colgaba Luis Sanjuán en su facebook el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos humanos y ya aproveché para refrescarlo. Ese texto, más el del artículo 23, que se refiere al trabajo, recogen a lo que me refiero en este punto. Alimento, abrigo, refugio, vivienda, salud… ; se trata de lo que todos estaríamos de acuerdo en considerar necesidades básicas. Si bien el concepto de necesidad es movedizo, en función, sobre todo, del grado de desarrollo material de la sociedad de que se trate, hay niveles sin los cuales parece imposible hablar de felicidad. Hay experimentos (E. Punset cita a Daniel Gilbert, catedrático de Psicología en Harvard en El viaje a la felicidad )que demuestran que, a partir de un nivel de riqueza, que permite la satisfacción de necesidades básicas y la seguridad sobre el futuro, la acumulación no aumenta el nivel de satisfacción (haciendo bueno el dicho de que el dinero no da la felicidad). Es posible que no todos estemos plenamente de acuerdo con la afirmación anterior, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, el hambre endémico, los ingresos que no permiten superar el límite de la pobreza, la afectación de enfermedades para las que existen técnicas de prevención y cura contrastadas, la desatención del discapacitado, el anciano o el niño… son las mayores barreras para que cada uno de los miles de millones de hombres afectados por ellas tengan siquiera la más mínima oportunidad de buscar su felicidad. Para evidenciar que la política económica puede generar desdicha solo hay que asomarse a la ventana (en mi caso, que soy un afortunado); que la política económica puede posibilitar condiciones materiales dignas de vida para TODOS es algo que he defendido en varias entradas anetriores. No insisto más. De lo que no cabe duda es de que la economía concierne a la ética; por eso la ética ha de comprometer a la economía.

 La estabilidad emocional. la felicidad es un estado emocional. Hay quien ha definido la felicidad como “ausencia de miedo”.  Me parece, tal como estoy defendiendo, que son necesarios algunos elementos más que la sola tranquilidad para ser feliz, pero, concurran esos elementos en mayor o menor medida, en último término la sensación de plenitud es emocional. (de hecho suele ponerse al yogui o al hombre sin camisa como ejemplos de hombre feliz). Para desarrollar este punto necesitaría hacer un tratado de psicología ( mi desfachatez no llega a tanto). Como he sufrido de miedo (utilizo el pretérito perfecto tocando madera) sé cómo desestabiliza. Somos seres enormemente complejos. Hemos convertido nuestras propias creaciones: la cultura, en nuestra segunda naturaleza, nuestro marco, el campo de nuestro juego; pero biológicamente, genéticamente somos similares desde hace doscientos mil años (por ahí más o menos sitúan paleontólogos y genetistas el surgimiento del homo sapiens).  Esto hace que generemos respuestas sentimentales diseñadas para sobrevivir en un ambiente que nada tiene que ver con nuestra sociedad actual. Activamos los resortes mentales y físicos diseñados para salvarnos del ataque de un oso pensando, por ejemplo, en que el próximo mes hemos de subir a un avión. Este tipo de lecturas inconscientes de las situaciones de peligro es fuente de sufrimiento. Nuestro hipocampo, (o nuestro subsconsciente, si ha de expresarlo un psicoanalista) acumula la memoria de la especie y la historia del individuo. Allí se parapetan miedos, represiones, normas morales y pulsiones  (el super ego y el ello freudianos), creencias irracionales ( el término lo acuñó el psicólogo Albert Ellis)… A partir de esa información cincelada fuera del acceso de nuestra conciencia evaluamos la realidad. De esa valoración provienen los sentimientos: alegría, tristeza, miedo, repugnancia, ira, sorpresa… (sobre estos, básicos, como somos así de enrevesados, construimos todo un laberinto sentimental). Nuestra felicidad depende en último término de como lidiemos con nuestros sentimientos. Tanto desoir lo que tratan de decirnos como dejarnos llevar por ellos son causas de infelicidad. Por eso hablo de estabilidad emocional. No es el momento de insistir más en ello, pero lo que es seguro es que la felicidad compete a la psicología y, por tanto la psicología también concierne a la ética.

– Las relaciones satisfactorias con los otros. Bajo este epígrafe caben muchos elementos que conforman nuestra felicidad. Somos una especie social. Inventamos la gran herramienta del lenguaje porque necesitamos al otro, necesitamos comunicarnos y compartir de un modo en que ninguna otra especie social ha necesitado. Las más intensas satisfacciones y las más intensas desdichas provienen de la relación con los demás: la amistad, las relaciones de pareja, la familia, el grupo social, la ciudad, las estructuras organizativas y de poder de lo distintos niveles  sociales de los que somos partícipes. Ya decía que somos constitutivamente cooperantes. Pero además, al parecer, experimentos tanto en psicología como en neurociencias (que descubrieron las neuronas espejo en los pasados años 90) nos dicen que colaborar, contribuir a la felicidad del otro, nos aporta felicidad. Compartir tareas, comunicar los procesos, crear equipos, corresponsabilizar, implicar e implicarse, ser partícipe y hacer participes… son elementos en boga porque aumentan la eficacia en equipos de trabajo; en realidad aumentan la satisfacción de los integrantes de cualquier grupo. La pirámide de Maslow dedica un piso al reconocimiento y otro a la afiliación. Ambos caen en este epígrafe. Necesitamos ser aceptados por el grupo. El rechazo duele (1). En una ocasión me apuntó una psiquiatra que, conceptualmente, persona deriva de personaje y no al revés. Etimológicamente la palabra proviene de la griega máscara; la que utilizaban los actores en el teatro. La necesidad de aceptación nos lleva a asumir la moral del grupo y a adaptar nuestra personalidad- personaje a lo que se espera de nosotros. Es el superego freudiano. El alago, el reconocimiento, la aceptación causa placer. El deber estricto, el peso excesivo de la moral del grupo genera sufrimiento. No se si el autorreconocimiento puede equipararse al reconocimiento del grupo. Maslow parece situarlo en el mismo bloque; el artículo que cito y enlazo en la llamada 1 también. De lo que sí estoy seguro es de la importancia determinante de la autoestima para enfrentar con éxito la vida. En la cúspide de nuestros sentimientos complejos, de nuestra necesidad de recibir y transmitir reconocimiento y afecto, de integrar al otro e integrarnos en él se sitúa el amor. Cada uno de nosotros tenemos en la memoria momentos de intensa felicidad y de intensa desesperanza asociados al amor… yo ya no digo más.  Se que me alargo, pero no puedo dejar de mencionar la necesidad de pertenencia por sus gigantescas implicaciones. La necesidad de identificarnos con un grupo está profundamente grabada en nuestro paleocerebro. Sin ella no seríamos: nuestros antepasados no habrían sobrevivido sin el amparo del grupo. Lo dramático es que el sentimiento de pertenencia  a la tribu se forja frente a otra(s) tribu(s). Es la más potente motivación del enfrentamiento, la guerra, la infelicidad infligida conscientemente a gran escala. Una de las tesis de esta serie de artículos es que la generación de un sentimiento de pertenencia a la humanidad, unido a la asunción de múltiples identidades y al respeto a las de los otros es básico para superar las morales particulares en una ética universal. Creo que algo así defiende Amin Maaluf en Identidades asesinas. En cada nivel de relación social, esta puede hacer que aumente o disminuya la felicidad de los individuos. Esto vale, por supuesto y especialmente, para las grandes organizaciones sociales. El poder puede tomar decisiones políticas que aumenten las condiciones de felicidad para todos, o sólo para una parte de la sociedad o que las disminuya. Por tanto, la política incide en la felicidad; la ética debe comprometer a la política.

Me tomo un respiro. Y aprovecho para seguir pidiendo colaboración. Lo hice en la entrada anterior, pero supongo que no estaba claro lo que pretendía. Espero que ahora se entienda mejor. Todos sabemos los momentos en los que nos sentimos felices o infelices. Ese estado sentimental nos lo provoca (o nos lo provocamos en) una situación concreta. Si tengo razón, esa situación tendría encaje en alguno o algunos de los elementos, premisas o condiciones que enumero en este artículo o citaré en el siguiente, lo que demostraría que son, efectivamente, universales de felicidad.

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