Identidades mezquinas.

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Por qué crece EEUU y no la eurozona, se preguntaba Juan Ignacio Crespo hace unos días en El Pais. Como estoy enganchado a los artículos de Krugman de cada domingo, la cuestión me es familiar y también su respuesta (me refiero, claro está, a la respuesta que le dan los economistas a los que leo). Ambas partes del mundo, ambas economías, son grandes, muy pobladas, muy desarrolladas y muy heterogéneas en cuanto a su geografía, recursos e incluso especialización económica. De hecho EEUU tiene entre Estados más diferencias geográficas, poblacionales y productivas que la Eurozona entre sus Estados. Ambas partes del mundo alimentaron un voraz sistema de especulación financiera nutrido por una indecente desigualdad en la distribución de la renta y la riqueza; ambas mantuvieron desequilibrios internos entre Estados deudores y acreedores; en ambas explotaron burbujas inmobiliarias localizadas en determinados Estados; ambas rescataron sus bancos con enormes y parecidas cantidades de dinero; en ambas creció el endeudamiento público en determinados Estados. Sin embargo EEUU no ha sufrido una crisis de deuda soberana, ha mantenido el empleo y ha limitado el período de recesión.
Desde un punto de vista económico, y siguiendo las tesis de estos economistas que cito y otros de su escuela (más o menos neokeynesianos) la razón es que en EEUU el Estado Federal ha mantenido políticas monetarias y fiscales de estímulo. Toda deuda de cualquiera de sus Estados tiene la garantía del Estado Federal y su banco central, la Reserva Federal, ha comprado toda la deuda necesaria, incluso futura. Pero además, ha invertido en sector público o para-público 4 billones de dólares. ¡Sorprendente!. Por el contrario, la Eurozona dejó a sus Estados con problemas abandonados a su suerte, permitiendo que los intereses de sus deudas subieran hasta porcentajes inasumibles, para después diseñar rescates pensando en los acreedores, no en los deudores. (El artículo de Krugman publicado el 1 de febrero en El País lo explica bastante bien) Y en lugar de promover gasto público, ha obligado a que sus Estados lo reduzcan en eso que se ha llamado muy acertadamente “austericidio”.
Lo dicho hasta aquí lo han escrito y documentado quienes saben y nada añado ni aporto; lo traigo a colación porque creo que hay un elemento, no económico, que es fundamental para explicar porqué se está infligiendo a la población de los países periféricos de la zona Euro y a tantos y tantos seres humanos en el mundo un sufrimiento innecesario. Se trata del sentimiento de pertenencia. Para un neoyorquino, un californiano es un compatriota, pese a la gran distancia geográfica, cultural, productiva… y por mucho que su Estado acumulase desequilibrios económicos y endeudamiento enormes. Para un alemán, un griego es un extranjero (y, además, vago, trilero, bajito y moreno). Para la Unión Europea o para el Banco Central del euro, corregir el endeudamiento griego e invertir para armonizar su economía con las de quienes compartimos moneda habría tenido un coste insignificante, desde luego mucho menor que el de la integración de la antigua Alemania del Este en la Alemania unida. Sin embargo, en este caso, el sentimiento identitario facilitó cualquier esfuerzo.
En este, como en prácticamente todos los grandes y pequeños conflictos humanos, subyace el egoísmo individual o tribal. Nuestra evolución como especie lo ha dejado grabado en lo más recóndito e inaccesible de cada una de nuestras mentes. Somos individuos sociales (con toda la contradicción que, incluso en sus propios términos, supone); pero tendemos a reconocer como propios y a reconocernos como integrantes de uno o varios más o menos pequeños grupos y a sentir como extraños, cuando no enemigos, a los otros: familia, tribu, equipo de fútbol, nación, religión, raza… Estos sentimientos, directores de comportamientos que nos han servido en el proceso evolutivo por selección natural, nos lastran en la evolución cultural con la que tratamos de paliar la desorientación a que nuestra “humanidad” nos avoca. El gran e inacabado edificio de la ética, en cuya construcción hemos ido tratando de enterrar situaciones como la esclavitud, la consideración de inferioridad de los individuos en razón de su sexo o su raza, la explotación económica o la opresión respecto de las libertades (con desiguales resultados), parte de la consideración, de la autoproclamación de que todos los humanos, por el solo hecho de serlo, nos reconocemos nacidos iguales en dignidad y derechos. Sólo los sentimiento de hermandad, de identidad con todos los hombres, de pertenencia a una única y gran familia humana, nos pueden llevar a poner como objetivo de nuestro trabajo, de las ciencias, de la tecnología, de la economía… el paliar el sufrimiento y crear las condiciones para que cada individuo tenga la oportunidad de construir sus caminos de felicidad.