Y 8. Sobre la construcción de la ética y la justicia

Recapitulando. Partimos de la evidencia de que la nuestra es una especie extraordinaria, excepcional. Esa excepcionalidad se ha fraguado en su evolución. Hemos sobrevivido a la vulnerabilidad, constituyéndonos como seres conscientes de nuestra individualidad, al tiempo que cooperantes, sociales, compasivos. En ese proceso hemos desarrollado una inteligencia que ha superado en capacidad a la del resto de especies pero, sobre todo, ha ampliado sus competencias con la de previsión, anticipación del futuro, planteamiento de proyectos. Esa capacidad que nos otorga libertad, nos deja desamparados. Nuestros comportamientos ya no están predeterminados por y para la supervivencia y la continuidad. Ello nos obliga a decidir y a determinar nuestros objetivos. De lo que estamos seguros es de que queremos ser felices. También sabemos con seguridad que sólo es posible en sociedad. Y hemos descubierto que el mejor modo de garantizar las condiciones que nos permitan ser felices es reconocernos derechos, comprometernos recíprocamente a garantizarnos su cumplimiento efectivo y afirmarnos solemnemente como seres dotados de dignidad.

Ese es el cimiento. Ahora toca poner hiladas: ¿Qué derechos? Puesto que ya sabemos que no nacemos con derechos sino que nos los reconocemos, son nuestra creación, ¿vale cualquier derecho?, ¿puedo con legitimidad afirmar, por ejemplo, mi derecho a explotarte porque soy miembro de una raza superior o porque soy dueño del capital y tú no? Desde luego que NO. Espero haber dado argumentos convincentes en los siete artículos anteriores. Sintetizo. NO, porque los derechos no son creaciones arbitrarias. Se asientan en mi individualidad, pero al mismo nivel, en la necesidad de reciprocidad; en la evidencia de que TODOS queremos ser felices, TODOS necesitamos las mismas premisas para serlo y solo podemos conseguirlas en sociedad.

De estas premisas podemos deducir un primer derecho, una primera hilada de esta construcción que,  para que pueda soportar las hiladas siguientes, ha de superponerse a los cimientos. -De lo contrario, como nos demuestra sobradamente la experiencia, histórica y presente, fracasamos; es decir, provocamos condiciones de sufrimiento y no de felicidad- . Ese primer derecho universal no puede ser otro que el reconocimiento de la igualdad de todos los miembros de la especie humana como sujetos de derechos. A partir de él ningún otro derecho que enunciemos puede establecer exclusiones entre humanos. En el momento que estableciésemos alguna discriminación, nos saldríamos del cimiento de la reciprocidad, el altruismo y la compasión. En cuanto se pretendiera justificar la exclusión de un grupo humano en función de un criterio, perderíamos todos la seguridad, porque no podríamos evitar que, cambiando el criterio, fuésemos nosotros los excluidos. Vuelvo a no ser original. Este es el espíritu de los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Para ir ascendiendo en el edificio, disponemos de  evidencias de la existencia de necesidades y premisas para la felicidad comunes a todos los hombres. Si admitimos que todos necesitamos, para vivir dignamente, la oportunidad de aportar a la sociedad y recibir de ella a cambio, podemos afirmar el derecho al trabajo; si necesitamos salud, el derecho a la atención sanitaria; si necesitamos un espacio y un refugio, el derecho a la vivienda; si necesitamos libertad, el derecho a la seguridad jurídica; si necesitamos la relación con los otros, el derecho a disponer de nuestro pensamiento y nuestro cuerpo, de expresarnos, reunirnos, asociarnos, formar familias …..  Podemos, pues, construir un edificio fiable y no arbitrario; lo que no quiere decir inamovible. También la ciencia está sujeta a  cambios por el avance de los conocimientos o la aparición de evidencias que superan las anteriormente aceptadas. Aquello a lo que aspiramos o que necesitamos está sujeto a variaciones similares.

He aquí el boceto de los planos del edificio. ¿Satisfecho?… Desde luego que no. La tarea es construirlo. ¿Por qué la humanidad no ha conseguido aproximarse a un modo de organización y comportamiento que podamos considerar justo?

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¿Por qué cualquier civilización que analicemos, cualquier momento de la Historia, nuestra propia contemporaneidad posterior a la Declaración de Derechos Humanos aboca a una parte de los humanos al sufrimiento? O estoy totalmente equivocado y lo que propongo no es racional o quien no es racional es el hombre. Al parecer a Kant le paso algo parecido. Después de afirmar que el cumplimiento del deber era un imperativo de la razón, constata la existencia del mal, del comportamiento desacorde con el deber y la razón.

Estamos dotados de capacidades intelectuales. Podemos usarlas racionalmente o no. Y aun el uso racional de la inteligencia puede dirigir sus procedimientos lógicos a la maximización de la satisfacción individual. Una de las capacidades de nuestra inteligencia es la de poder dirigir nuestra atención. Bertrand Russell ya advertía que las motivaciones egoístas son más poderosas que las altruistas. Esto parece evidente a la vista del laboratorio de la Historia (si bien es variable según las culturas, lo que nos da la pista de importancia de una educación cooperativa en lugar de competitiva). Por tanto, la construcción del orbe de la ética no es automática. Es una empresa consciente. Es un proyecto que requiere de un compromiso constituyente de la humanidad y de una tensión constante para actualizarlo a cada paso y, sobre todo, para evitar que las enormes fuerzas centrífugas de las motivaciones egoístas e identitarias nos devuelvan al homo lupus homini.

Como puede deducirse, defiendo que la sola declaración de los derechos no basta para crear sociedades justas. Se que la frase es una perogrullada y, para que quede claro, lo dejo dicho. Hemos gestado sociedades injustas (con independencia de mi opinión ). La palabra justicia ha ido apareciendo en mi narración un poco de tapadillo, sin justificar su presencia. No voy a meterme en ese lío. Pero sí quiero decir que me refiero a la justicia como la felicidad social; como el estado social que posibilita la felicidad de sus miembros. La primera acepción de justicia es: principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Si declaramos que los derechos nos corresponden, nos pertenecen, una sociedad justa es aquella capaz de garantizar el ejercicio efectivo de derechos a todos sus ciudadanos; esto es, de dar a cada uno lo suyo. No me resisto a citar la teoría ética de la justicia de John Rawls. Si pusiéramos un velo de ignorancia – a modo del que cubre los ojos a las representaciones de la justicia- a los miembros de la sociedad de manera que no supieran cual es el lugar, la posición social que ocupan, tomarían sus decisiones para  que nadie quedara desasistido o excluido. Esas serían decisiones justas.

Si la sola afirmación de derechos no basta, si es necesario un compromiso constituyente universal, si el contrato social no escrito que permitía, según Hobbes salir del estado lupino, del estado de naturaleza al que tiende el egoísmo (sobre todo el egoísmo tribal)  no ha conducido a un estado de justicia, es hora de que ese contrato universal se plasme realmente y tenga efectos reales. Marina y de la Válgoma reclamaban una Constitución Universal y proponían su primer artículo(1). Esa Constitución y la Declaración de Derechos tendrían su justificación en la consideración de la humanidad como un único pueblo, y en una vinculación de los sentimientos innatos de identidad y pertenencia a la humanidad entera. (Ello no implica la desaparición de los sentimientos identitarios parciales que cada uno posea, ni la limitación de las manifestaciones culturales diferenciadoras. Bien al contrario, podrían adquirir un mayor sentido en sí mismas y no como elementos de confrontación con las de los otros. Amin Maaluf ha reflexionado sobre ello, desde su propia y consciente posición mestiza). Y habrían de desarrollarse mediante instituciones legislativas, fiscales, ejecutivas y judiciales que las hicieran efectivas.

Se que cualquiera que lea la frase anterior, incluido yo mismo, me tildará de ingenuo o, siendo benevolente, de ignorante bienintencionado. Sin embargo, hay veces que en la Historia  se producen actos creativos monumentales.  Señalo dos: la Declaración de Derechos por la Asamblea Nacional en 1789, tras el estallido de la Revolución Francesa y los acuerdos de Bretton Woods, antes del fin de la 2ª Guerra Mundial. Supongo que ha de estar maduro el caldo de cultivo y han de darse las circunstancias. Espero que la constatación de la creciente desigualdad y del sufrimiento de miles de millones de congéneres sea suficiente y no se necesiten detonantes violentos para provocar cambios radicales. Veremos.

No quiero acabar con una propuesta utópica, que fácilmente puede calificarse de inalcanzable, y dejar el sabor de boca amargo de que todo lo reflexionado es inútil. El que no se implemente ese sueño de máximos no impide que se pueda ir desarrollando el proyecto de la ética y la justicia en los actuales marcos sociales y políticos de los Estados-nación. El reconocimiento de derechos y el compromiso de su garantía efectiva supondría, para la sociedad que lo asuma, cambios reales. Si el contrato social en un Estado incluye el derecho a la vivienda, por ejemplo, las políticas fiscales, económicas, sociales o productivas habrían de hacerlo efectivo. Acercando más el zoom: España 2013; cientos de miles de viviendas desocupadas; un gobierno estaría incumpliendo ese pacto constituyente si una sola familia se viera privada de un techo. La Sareb, antes de lanzar al mercado global el stock de viviendas, antes de privatizarse en un 55%, habría sido la institución pública garante de ese derecho. Como puede verse en el ejemplo, la plasmación de la garantía efectiva de derechos en los contratos sociales, en las constituciones de los países, puede y debe tener consecuencias prácticas. Sería necesario blindar porcentajes de riqueza y fondos de reserva para hacer frente a los derechos fundamentales. Serían necesarias políticas fiscales redistributivas y limitadoras de las enormes brechas de desigualdad para proveer de sus derechos a los desfavorecidos. Serían necesarios sistemas de reparto equitativo tanto para la producción como para la distribución de bienes y servicios. No se trata ni del fin de las diferencias de modelos políticos, ni del fin del incentivo egoísta en el dinamismo creativo. La posibilidad de comportarse para maximizar el beneficio individual o corporativo quedaría, sin embargo limitada. Es el mismo principio por el que no puedo coger los narcisos de los jardines públicos, aunque haya contribuido a que estén ahí con mis  impuestos. Eso no me impide la posibilidad de  plantar mis propios narcisos .

Por otro lado, la conciencia de ciudadanos, la asunción consciente de que somos sujetos de derechos, de cuales son esos derechos, cual es su origen y, sobre todo, de que su cumplimiento o ejercicio efectivos depende, en los casos que así sea, de las acciones, decisiones u omisiones de quienes ejercen el gobierno de lo común nos permite evaluar en cada momento la salud de nuestra sociedad y la idoneidad de nuestros gobernantes. Una sociedad o una cultura serán tanto mejores cuanto más sólidas sean las garantías y más avanzados los recursos para la felicidad de sus miembros y cuanto más amplíen sus posibilidades. Para una ciudadanía consciente, un gobierno pierde su legitimidad cuando no es capaz de cumplir este  contrato social.

Y para terminar con un párrafo optimista y evidenciar la deuda de esta serie de artículos con el pensamiento de Marina, voy a reproducir su “Ley del progreso ético de la sociedad”. La copio de las culturas fracasadasdonde la reescribe con algún matiz respecto de su enunciado original que formuló junto a María de la Válgoma en su trabajo citado:

“Cuando una sociedad se libera de la pobreza extrema, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio tribal, su inteligencia social evoluciona hacia un sistema normativo que se caracteriza, al menos, por defender los derechos individuales, el rechazo a las desigualdades no justificadas, la participación en el poder político, las seguridades jurídicas, la racionalidad como modo de resolver conflictos, la función social de la propiedad y las políticas de ayuda”

(1) MARINA, José Antonio y VÁLGOMA, María de la. La lucha por la dignidad. 1ª edición en Compactos. Barcelona: Anagrama, 2005, p. 300.

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Sobre dónde se funda la ética (7). Nos dotamos de derechos en tanto somos egoístas, compasivos e inteligentes

Ya tengo los derechos en el eje de la construcción ética. Sin embargo se que los derechos no existen. ¡Menudo pilar me he buscado! Aunque estamos acostumbrados a decir –“Tengo derecho a…” , lo cierto es que no nacemos con derechos. Los derechos son una construcción, una creación de la inteligencia y una creación vulnerable porque su fortaleza depende de la reciprocidad. Su poder es sólo efectivo si hay un sistema social que los sustente. Esto es fácil de entender si pensamos en cómo el reconocimiento de derechos económicos como el trabajo o la vivienda se desmoronan  de hecho  cuando el sistema económico – social no los garantiza.

8 de marzo derechos de la mujer

Construir la ética sobre los derechos me parece un enorme progreso, pero adolece de la misma inestabilidad que arriba señalaba: los derechos son creaciones humanas. Qué derechos y para quién son dos cuestiones básicas que estarían sujetas al albur de quien se arrogue el poder de determinarlo. J.A. Marina y M. de la Válgoma le dedican a este asunto un capítulo, el decimotercero, de su “La lucha por la dignidad”. Ellos concluyen, al igual que los redactores de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que la justificación de los derechos es la dignidad. Ellos saben que están apoyando la construcción de la  ciudad feliz y de la ética en una creación humana y reconocen el riesgo, pero entienden que, de la expansión de los conceptos de dignidad y derecho mediante el uso racional de la inteligencia y la experiencia del desarrollo histórico – razón práctica- se infieren, se inducen, principios universalmente válidos. Estoy de acuerdo, pero creo que se puede apoyar más sólidamente el edificio. Ese es el motivo por el que, con cierto pudor, estoy escribiendo. Creo que el cimiento no está  en una creación humana, sino en su propia esencia constitutiva. La humanidad se constituye en la evolución desde la biología como determinante de los comportamientos hacia la creación individual y cultural de los modos de actuación o, expresado en términos de objetivos, desde los comportamientos guiados hacia la reproducción y la supervivencia a los dirigidos a la felicidad.  En ese camino evolutivo nos constituimos  como seres híbridos de egoísmo y altruismo, de individualidad y cooperación, de identidad individual y pertenencia al grupo. Nos constituye la conciencia de nosotros mismos y la conciencia del otro, la empatía, la compasión. Esa realidad -de la que hay sobradas y cada vez más sólidas evidencias- es la base sobre la que construir, fundar, la ética. ¿De qué modo?

Yo, dotado de conciencia individual, quiero ser feliz. Sé, por mi conciencia del otro, que él quiere ser feliz y, por la empatía y la compasión, deseo también su felicidad. Los seres humanos, TODOS, queremos ser felices. Dotados como estamos de inteligencia, y haciendo un uso racional de ella, podemos encontrar universales de felicidad: premisas o condiciones necesarias para poder ser felices comunes a todos los hombres; y sabemos que sólo pueden cumplirse en sociedad. Para garantizar ese cumplimiento podemos imponer deberes o bien reconocernos recíprocamente derechos. La primera opción – la Historia nos lo muestra con claridad- , no nos posibilita condiciones universales de felicidad. Supone un fracaso. Implica una jerarquía entre el impositor de las morales y los que han de cumplirlas, entre los que tienen por sí o como grupo poder suficiente para garantizase sus propias condiciones de felicidad y los que quedan excluidos o forzados a construir las mejores condiciones para la élite, sin tenerlas para ellos mismos. Es la opción del egoísmo individualista y del egoísmo tribal, triunfantes. Pero queremos construir un modo de ser en el mundo y de actuar en el mundo coherente, además, con la parte cooperante, altruista y empática que también nos constituye. Y el mejor modo que nuestra inteligencia creadora ha encontrado para garantizar las mejores condiciones posibles de felicidad para todos es la segunda opción: el reconocimiento recíproco de derechos y la asunción de los deberes individuales y colectivos que conlleva. No se trata de la opción altruista frente a la egoísta. Se trata de la mejor opción. No puedo garantizar mis condiciones de felicidad, aun cuando esté bien asentado en la parte privilegiada de la sociedad o del mundo, si no garantizo recíprocamente las condiciones del resto. Si no veo una situación moralmente inaceptable en la desigualdad de acceso al ejercicio de los derechos, no tendré justificación moral para reivindicar mis derechos si cambian las circunstancias y caigo en la parte excluida o los excluidos revierten la situación. Por tanto, la afirmación del hombre como ser digno, como ser dotado, por determinación mancomunada de toda la humanidad, de dignidad es una de las más trascendentes creaciones de la inteligencia.

Hasta este párrafo pretendía llegar. Es, en cierto modo, la conclusión de todo lo anterior. Los cimientos sobre los que podría asentarse la construcción de una ética universalmente aceptable. Quiero dejar claro que mi parte en la autoría  es mínima. Lo que he escrito lo he ido descubriendo leyendo, básicamente, a José Antonio Marina. Espero no haber traicionado mucho sus ideas. Lo he escrito para ordenar mis ideas, por si le resulta interesante a algún amigo que se haya decidido a leerlo y para dejar plasmada una pequeña aportación. Desde mi humilde punto de vista, vincular el reconocimiento de los derechos y la afirmación de la dignidad a la condición constitutiva de la humanidad como especie social y cooperante y de cada hombre como ser dotado de conciencia individual y de empatía y compasión para con sus semejantes, supone profundizar unos palmos la solidez de los cimientos de esta construcción.

Comencé esta serie de artículos, entre el asombro y el pasmo, con la pretensión de buscar un buen cobijo ante la intemperie, y de momento me he quedado en los cimientos. Construir sobre ellos ya solo requiere usar nuestras capacidades intelectuales. De este modo podríamos aparejar y consolidar los principios, los valores y las leyes de una ética universal con la misma solidez con la que las ciencias descubren las leyes de la naturaleza. Sin grandes pretensiones, para ilustrar lo que quiero decir, voy a plantear el inicio de ese desarrollo, pero ya en otro artículo.

Sobre dónde se funda la ética (6). Nos imponen deberes, pero queremos derechos.

Pues bien, si no ando muy desencaminado, los humanos, desdibujados los fines de la existencia determinados genéticamente, pretendemos la felicidad como objeto de vida y todos necesitamos el mismo tipo de elementos o premisas para construir, autodeterminar nuestro camino a la felicidad. Y así las cosas ¿Por que he de obrar bien?¿Por qué he de hacer lo que debo? ¿Por qué no comportarme exclusivamente guiado por el mejor modo de maximizar mi propia felicidad? ¿No puedo considerar eso como obrar bien, como hacer lo que debo?

Ya he señalado que somos constitutivamente seres sociales. Nos necesitamos, necesitamos al grupo para ser. Hemos evolucionado comprendiendo y empatizando con los sentimentos de los otros y cooperando. No somos ni hormigas incapaces de comportamientos diferentes al del sacrificio por el hormiguero, ni leones solitarios expulsados de la manada. Entre ambos extremos, decidimos nuestro modo de ser en el mundo. El banco de pruebas de la Historia y nuestro propio laboratorio de vida personal nos muestran el permanente conflicto entre guiarnos por aquello que nos resulta más ventajoso hoy y a mi y aquello que genera mejores condiciones para el prójimo, el grupo o la sociedad.

En ese conflicto nacen las morales, las instituciones, las normas, los deberes, las respuestas de las diferentes culturas, de los grupos humanos para garantizar la cohesión, la supervivencia y el control del grupo. La necesidad de convivir y de resolver los problemas de la convivencia nos fue constituyendo, al tiempo que construíamos los modos de convivir: La moral fue conformando al hombre al tiempo que el hombre conformaba la moral. La importancia de los límites morales y la importancia de las religiones como proveedoras de códigos morales avalados trascendentalmente por las divinidades es indudable en nuestra historia. Pero no podemos perder de vista que sus objetivos son el control del conflicto invididuo-sociedad y, por tanto, el dominio sobre la sociedad y sobre los individuos, no la felicidad ni la justicia.

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Las morales particulares, las morales tribales, las morales religiosas nos han permitido llegar hasta aquí; pero el laboratorio de la Historia y una mirada por la ventana hacia nuestro mundo nos muestran la inmensa cantidad de sufrimiento que generan. El egoísmo individualista y el egoísmo tribal están en el origen de las guerras, de la exclusión del diferente, de los genocidios, de las esclavitudes, de la dominación de un sexo sobre otro y del poseedor sobre el desposeído, de las identidades asesinas y de las desigualdades asesinas.

Aun desde la evidencia de que los comportamientos guiados hacia mi máxima satisfacción, o la de mi tribu, mi nación, mi clase, mi sexo, mi élite generan sufrimiento en otros,¿Por qué he de variar esos comportamientos si me satisfacen?¿Por que ha de preocuparme el otro cuando el ocuparme de su felicidad compromete la maximización de la mía y cuando él es tanto como yo para ocuparse de su propia satisfacción? ¿Por qué mi nación, mi sociedad, mi economía, mi clase, mi sexo ha de proponer un modo de conducirse tal que no pretenda solo su mayor desarrollo y beneficio sino el de toda la humanidad?

Todas las morales y diferentes intentos de generar sistemas éticos con validez universal han buscado la fundamentación de sus propuestas en un poder imperativo. Propongo dos ejemplos: Hay que hacer lo que hay que hacer porque Dios lo manda, o porque lo dicta el derecho natural. Estos asideros, estas justificaciones se pretenden trascendentes. Pero son, en realidad, creaciones  del hombre. Fundamentar los valores y deberes en una creación humana es peligroso. Podemos encontrarnos al albur de quien maneje e interprete esa creación. O quien, por el mismo proceso creativo, proponga otra, como, por ejemplo, el espíritu del pueblo o la superioridad de mi raza. Vuelvo a los ejemplos iniciales propuestos. No hay que esforzarse mucho para justificar que en el nombre de Dios se han promovido y se promueven proyectos imbuidos de solidaridad, fraternidad, equidad y justicia y que en el mismo nombre se han cometido y se cometen enormes atrocidades y se justifican explotaciones, humillaciones o matanzas. Algo parecido puede decirse del derecho natural, una notable invención, pero una invención. Ya sabemos que en el hombre es difícil hablar en puridad de naturaleza, porque nuestra hibridación de biología y cultura no permite separar ambos elementos. Pero es de la ley natural, de la selección natural de lo que se aleja nuestra evolución cultural, no a lo que tiende. De hecho, hubo ideólogos del nacismo que justificaron su régimen y la superioridad de su raza en su interpretación del derecho natural.

En todo caso, incluidos los ejemplos anteriores, se ha pretendido instaurar la ética desde la instancia ajena y odiosa del deber. Sea cual sea el origen del deber: Dios, la Naturaleza, la conciencia, la Razón… el proponente del sistema ético o moral “exige” su cumplimiento. El gran descubrimiento que yo hice leyendo Ética para náufragos, de J.A. Marina, fue la crítica del deber como piedra angular de la ética y la propuesta de sustitución de su papel estelar por el derecho. Los deberes se nos imponen como losas, los entendemos como limitaciones a nuestra libertad, los interiorizamos y acumulamos en el superego, generando un peso que no siempre somos capaces de soportar sin perder el equilibrio. En cambio los derechos juegan a nuestro favor, son queridos. Todos somos proclives a gritar: – “tengo derecho a…”. En la pg 101 de la octava  edición en Compactos Anagrama. Barcelona. 2008, que es la que tengo delante leo: “La más elemental formulación de este proyecto sería: Todo ser humano considera bueno tener derechos”. Tal vez me equivoque, pero veo con clara evidencia que las desventuras de la moral proceden de su precipitación en afirmar que el concepto fundamental es el deber y no el derecho”.  Desde luego, esto no supone la muerte del deber. Un derecho, es un poder. Si afirmo mi derecho, por ejemplo, a expresarme libremente, o a la jubilación, estoy afirmando que puedo expresarme y que puedo (tengo el poder, no la posibilidad) recibir una prestación económica cuando ya no sea productivamente activo. Pero esos poderes no son intrínsecos, no dependen de mi fuerza, de mi inteligencia o de mi capacidad personal. Dependen de la sociedad, de su reconocimiento social, lo que supone reciprocidad. En esa reciprocidad están incluidos los deberes. Mi derecho te compromete y tu derecho me compromete. Si reconozco tu derecho a la  atención sanitaria, me obligo a contribuir con el sistema que permita hacerlo efectivo. Mis propios derechos autorreconocidos conllevan deberes: si quiero disfrutar de tomates sanos y recién cogidos me obligo a cultivar mi huerto. Así planteados, los deberes dejan de ser una carga impuesta y se transfiguran en medios para un fin deseado.

Sobre dónde se funda la ética (4). Esta vez sí: los factores de la fórmula

Veamos si me pongo de acuerdo conmigo mismo y si estáis de acuerdo en la clasificación que propongo de universales de felicidad. En una entrada anterior, apuntaba seis elementos. Pueden ser más o menos según se agrupen o desagrupen. (De hecho, ilustro la entrada con la pirámide de Maslow, un psicólogo americano de principios del pasado siglo, que propuso una prelación de necesidades diferente -pero no contradictoria- con la de este artículo).  Voy a mantener la nómina en atención a quienes leísteis  aquel post (en particular a Mamen, de quien he aprendido, entre otras muchísimas cosas que, por supuesto, no voy a detallar, el necesario hedonismo).

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Repito aquí la enumeración de las premisas de la felicidad, para que desde el principio se visibilicen: La satisfacción de necesidades físicas y materiales,  La estabilidad emocional,  Las relaciones satisfactorias con los otros, La seguridad respecto del futuro, el placer físico e intelectual  y la ampliación de posibilidades. Trataré de hacer entender a que me refiero con cada una en éste y el próximo artículo.

–  La satisfacción de necesidades físicas y materiales. Hace unos días colgaba Luis Sanjuán en su facebook el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos humanos y ya aproveché para refrescarlo. Ese texto, más el del artículo 23, que se refiere al trabajo, recogen a lo que me refiero en este punto. Alimento, abrigo, refugio, vivienda, salud… ; se trata de lo que todos estaríamos de acuerdo en considerar necesidades básicas. Si bien el concepto de necesidad es movedizo, en función, sobre todo, del grado de desarrollo material de la sociedad de que se trate, hay niveles sin los cuales parece imposible hablar de felicidad. Hay experimentos (E. Punset cita a Daniel Gilbert, catedrático de Psicología en Harvard en El viaje a la felicidad )que demuestran que, a partir de un nivel de riqueza, que permite la satisfacción de necesidades básicas y la seguridad sobre el futuro, la acumulación no aumenta el nivel de satisfacción (haciendo bueno el dicho de que el dinero no da la felicidad). Es posible que no todos estemos plenamente de acuerdo con la afirmación anterior, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, el hambre endémico, los ingresos que no permiten superar el límite de la pobreza, la afectación de enfermedades para las que existen técnicas de prevención y cura contrastadas, la desatención del discapacitado, el anciano o el niño… son las mayores barreras para que cada uno de los miles de millones de hombres afectados por ellas tengan siquiera la más mínima oportunidad de buscar su felicidad. Para evidenciar que la política económica puede generar desdicha solo hay que asomarse a la ventana (en mi caso, que soy un afortunado); que la política económica puede posibilitar condiciones materiales dignas de vida para TODOS es algo que he defendido en varias entradas anetriores. No insisto más. De lo que no cabe duda es de que la economía concierne a la ética; por eso la ética ha de comprometer a la economía.

 La estabilidad emocional. la felicidad es un estado emocional. Hay quien ha definido la felicidad como “ausencia de miedo”.  Me parece, tal como estoy defendiendo, que son necesarios algunos elementos más que la sola tranquilidad para ser feliz, pero, concurran esos elementos en mayor o menor medida, en último término la sensación de plenitud es emocional. (de hecho suele ponerse al yogui o al hombre sin camisa como ejemplos de hombre feliz). Para desarrollar este punto necesitaría hacer un tratado de psicología ( mi desfachatez no llega a tanto). Como he sufrido de miedo (utilizo el pretérito perfecto tocando madera) sé cómo desestabiliza. Somos seres enormemente complejos. Hemos convertido nuestras propias creaciones: la cultura, en nuestra segunda naturaleza, nuestro marco, el campo de nuestro juego; pero biológicamente, genéticamente somos similares desde hace doscientos mil años (por ahí más o menos sitúan paleontólogos y genetistas el surgimiento del homo sapiens).  Esto hace que generemos respuestas sentimentales diseñadas para sobrevivir en un ambiente que nada tiene que ver con nuestra sociedad actual. Activamos los resortes mentales y físicos diseñados para salvarnos del ataque de un oso pensando, por ejemplo, en que el próximo mes hemos de subir a un avión. Este tipo de lecturas inconscientes de las situaciones de peligro es fuente de sufrimiento. Nuestro hipocampo, (o nuestro subsconsciente, si ha de expresarlo un psicoanalista) acumula la memoria de la especie y la historia del individuo. Allí se parapetan miedos, represiones, normas morales y pulsiones  (el super ego y el ello freudianos), creencias irracionales ( el término lo acuñó el psicólogo Albert Ellis)… A partir de esa información cincelada fuera del acceso de nuestra conciencia evaluamos la realidad. De esa valoración provienen los sentimientos: alegría, tristeza, miedo, repugnancia, ira, sorpresa… (sobre estos, básicos, como somos así de enrevesados, construimos todo un laberinto sentimental). Nuestra felicidad depende en último término de como lidiemos con nuestros sentimientos. Tanto desoir lo que tratan de decirnos como dejarnos llevar por ellos son causas de infelicidad. Por eso hablo de estabilidad emocional. No es el momento de insistir más en ello, pero lo que es seguro es que la felicidad compete a la psicología y, por tanto la psicología también concierne a la ética.

– Las relaciones satisfactorias con los otros. Bajo este epígrafe caben muchos elementos que conforman nuestra felicidad. Somos una especie social. Inventamos la gran herramienta del lenguaje porque necesitamos al otro, necesitamos comunicarnos y compartir de un modo en que ninguna otra especie social ha necesitado. Las más intensas satisfacciones y las más intensas desdichas provienen de la relación con los demás: la amistad, las relaciones de pareja, la familia, el grupo social, la ciudad, las estructuras organizativas y de poder de lo distintos niveles  sociales de los que somos partícipes. Ya decía que somos constitutivamente cooperantes. Pero además, al parecer, experimentos tanto en psicología como en neurociencias (que descubrieron las neuronas espejo en los pasados años 90) nos dicen que colaborar, contribuir a la felicidad del otro, nos aporta felicidad. Compartir tareas, comunicar los procesos, crear equipos, corresponsabilizar, implicar e implicarse, ser partícipe y hacer participes… son elementos en boga porque aumentan la eficacia en equipos de trabajo; en realidad aumentan la satisfacción de los integrantes de cualquier grupo. La pirámide de Maslow dedica un piso al reconocimiento y otro a la afiliación. Ambos caen en este epígrafe. Necesitamos ser aceptados por el grupo. El rechazo duele (1). En una ocasión me apuntó una psiquiatra que, conceptualmente, persona deriva de personaje y no al revés. Etimológicamente la palabra proviene de la griega máscara; la que utilizaban los actores en el teatro. La necesidad de aceptación nos lleva a asumir la moral del grupo y a adaptar nuestra personalidad- personaje a lo que se espera de nosotros. Es el superego freudiano. El alago, el reconocimiento, la aceptación causa placer. El deber estricto, el peso excesivo de la moral del grupo genera sufrimiento. No se si el autorreconocimiento puede equipararse al reconocimiento del grupo. Maslow parece situarlo en el mismo bloque; el artículo que cito y enlazo en la llamada 1 también. De lo que sí estoy seguro es de la importancia determinante de la autoestima para enfrentar con éxito la vida. En la cúspide de nuestros sentimientos complejos, de nuestra necesidad de recibir y transmitir reconocimiento y afecto, de integrar al otro e integrarnos en él se sitúa el amor. Cada uno de nosotros tenemos en la memoria momentos de intensa felicidad y de intensa desesperanza asociados al amor… yo ya no digo más.  Se que me alargo, pero no puedo dejar de mencionar la necesidad de pertenencia por sus gigantescas implicaciones. La necesidad de identificarnos con un grupo está profundamente grabada en nuestro paleocerebro. Sin ella no seríamos: nuestros antepasados no habrían sobrevivido sin el amparo del grupo. Lo dramático es que el sentimiento de pertenencia  a la tribu se forja frente a otra(s) tribu(s). Es la más potente motivación del enfrentamiento, la guerra, la infelicidad infligida conscientemente a gran escala. Una de las tesis de esta serie de artículos es que la generación de un sentimiento de pertenencia a la humanidad, unido a la asunción de múltiples identidades y al respeto a las de los otros es básico para superar las morales particulares en una ética universal. Creo que algo así defiende Amin Maaluf en Identidades asesinas. En cada nivel de relación social, esta puede hacer que aumente o disminuya la felicidad de los individuos. Esto vale, por supuesto y especialmente, para las grandes organizaciones sociales. El poder puede tomar decisiones políticas que aumenten las condiciones de felicidad para todos, o sólo para una parte de la sociedad o que las disminuya. Por tanto, la política incide en la felicidad; la ética debe comprometer a la política.

Me tomo un respiro. Y aprovecho para seguir pidiendo colaboración. Lo hice en la entrada anterior, pero supongo que no estaba claro lo que pretendía. Espero que ahora se entienda mejor. Todos sabemos los momentos en los que nos sentimos felices o infelices. Ese estado sentimental nos lo provoca (o nos lo provocamos en) una situación concreta. Si tengo razón, esa situación tendría encaje en alguno o algunos de los elementos, premisas o condiciones que enumero en este artículo o citaré en el siguiente, lo que demostraría que son, efectivamente, universales de felicidad.

Sobre dónde se funda la ética (2). De los genes a la felicidad.

Los seres vivos con los que compartimos hoy la Tierra están ahí porque han conseguido llegar en un proceso evolutivo que arrancó, al parecer, hace más de 3.000 millones de años; Un proceso regido por lo que llamamos selección natural. Es una ley despiadada; solo indulta las mutaciones que mejoran la adaptación, los genes de los individuos que consiguen sobrevivir y reproducirse en competencia fratricida con sus congéneres. Nuestra especie no es ajena a esta ley. La necesidad de sobrevivir y reproducirnos está grabada en las zonas más antiguas e impenetrables de nuestro cerebro. De ella parten pulsiones, emociones, sentimientos que motivan comportamientos. No podemos olvidarlo. Como tampoco podemos olvidar que los animales sociales hemos evolucionado en sociedad. Las posibilidades de transmitir los genes individuales dependen del éxito del grupo. La supervivencia del hormiguero y no la fortaleza de la reina es la que garantiza la continuidad. Esa necesidad de cooperación y de pertenencia está igualmente cincelada en el recóndito hipocampo. La selección natural, que suele entenderse como una ley egoísta, individualista, implica, en las especies sociales, también comportamientos cooperativos determinados genéticamente.*

 

 

Sin embargo, los humanos hemos dado un paso másimages

. Somos tanto más humanos cuanto más desligamos nuestros comportamientos del determinismo genético (lo que no quiere decir cuanto más los alejemos). Tomamos decisiones influidos, pero no determinados por la biología. Muchos han hablado de la cultura como la verdadera naturaleza del hombre. Sin duda nos influyen la historia de la especie y la historia personal emboscadas en nuestro cerebro interior, allá donde se sitúa el subconsciente freudiano; nos influyen las pulsiones, las emociones y los sentimientos – que son elaboraciones, evaluaciones conscientes de lo que suscita en nuestro subconsciente una situación y que nos predisponen a actuar-. Pero son nuestras propias creaciones sociales: instituciones, creencias, costumbres, morales, religiones ; nuestra razón, nuestra inteligencia y ,con ellas, nuestros proyectos las guías para orientarnos .

¿Cómo se ha operado ese cambio? ¿De dónde nos viene la humanidad? Uno de los elementos clave en ese salto es nuestra vulnerabilidad. Nacemos inacabados. Somos monos desnudos. De la necesidad de completarnos y sobrevivir en la intemperie nació y fue desarrollándose nuestro sistema para enfrentarnos a una realidad ante la que la genética nos había situado desvalidos. Es indudable que el éxito vino posibilitado por los cambios fisiológicos que condujeron, entre otras cosas, a un cerebro de mayor tamaño y al desarrollo del cortex cerebral. Pero muy probablemente, como decía arriba, el desarrollo del cerebro vino requerido por la vulnerabilidad, por la necesidad de completarnos con los demás: una expansión del cerebro que podemos relacionar con la necesidad de salvarnos apoyándonos en una sociedad cada vez más compleja. Un bucle en el que nos hemos ido construyendo y del que he señalado dos elementos constituyentes: el egoísmo, que parte de la conciencia de individualidad y la necesidad de sobrevivir y perpetuar los genes y el altruismo del cooperante que necesita de los otros y ha podido superar sus carencias por la empatía y la reciprocidad. La compasión nos constituye tanto como la individualidad. Cuando una persona experimenta dolor surge un cierto modelo de activación cerebral. Al parecer, cuando alguien ve a otra persona que experimenta dolor, surge exactamente el mismo modelo de activación. Existe una correspondencia entre las áreas del cerebro en el contexto de la empatía. (La observación es de Marc.D.Hauser y lo recoge E.Punset en El viaje al poder de la mente. Barcelona: Destino, 2010. pg.168.).

Por tanto, una vez perdida la seguridad de la “Ley natural” , del comportamiento dirigido al objetivo no consciente de sobrevivir,  transmitir los genes y perpetuar la especie, necesitamos encontrar nuestros propios fines, nuestros objetivos, el objeto o el sentido de nuestra vida. A ese objetivo lo hemos llamado felicidad. Buscamos nuestra felicidad como sujetos conscientes de nuestra individualidad. Y buscamos la felicidad de los otros desde la empatía, la conciencia de su individualidad idéntica a la nuestra y desde la necesidad de la reciprocidad para garantizar nuestra propia felicidad.

*(De lo que yo he leído al respecto, esta matización la argumenta y documenta E. Punset en varios lugares, p.ej. El viaje a la felicidad, sobre todo en el capítulo 5 o El viaje al poder de la mente en el capítulo 7 titulado la moral es innata; J. C. Monedero  la utiliza, expresándola con gran claridad,  en Curso urgente de política para gente decente, capítulo 2: “No es verdad que fuéramos tan egoistas” y J.A. Marina lo estudia también en varios lugares de su obra, p.ej en el primer capítulo de Las culturas fracasadas. En todos los casos se apoyan en referencias a estudios científicos ).