El proyecto significativo de las palabras

Esta pasada semana he tenido ocasión de compartir algunos ratos con Juan Carlos Mestre y de escucharlo dirigiéndose a chavales de 16 o 17 años. Mestre es poeta y artista plástico; un creador de pensamientos y emociones. Es encantador; sus palabras fluyen diciendo exactamente aquello que quieren decir. Y aunque a la seducción y el encantamiento contribuye el cómo dice, me ha interesado, sobre todo, lo que quiere decir.

Mi hija Lucía, a la que le toco leerse atragantadamente todo Machado para un examen, me decía que no entiende por qué alguien cuenta sus sentimientos y reflexiones, que a ella no le interesa. Creo que está equivocada y ella, tan emotiva y tan expresiva, lo sabe. Comunicar lo que sentimos y reflexionamos cumple, al menos tres funciones: aprehendemos lo que pensamos o sentimos cuando lo plasmamos en palabras; la empatía es un sentimiento constituyente de la humanidad; y las palabras forman parte de un proyecto compartido. Esto lo digo aquí porque es la justificación de este blog y la razón por la que dedico esta entrada a las emociones y reflexiones ocurridas al hilo de mi encuentro con Mestre.

El poeta habló a los chavales de poesía. No pretendo reproducir su discurso. No sabría, no aportaría nada nuevo y mi encorsetada mente racionalista se aviene mal con la creación que surge de la intuición y la imaginación. Pero sí me creo capaz de conectar y contribuir con una idea central de su propuesta que me permito enunciar con sus propias palabras como “el proyecto significativo de las palabras”. Enseguida enlazó en mi mente con otra propuesta de otro creador de pensamiento, José Antonio Marina, el proyecto de la inteligencia creadora. ¿Cuáles son esos proyectos?.

Somos una especie a la intemperie…, náufragos de nacimiento, por usar una metáfora de cada uno de los autores. La biología no prevé un destino para nosotros. No estamos programados para morir por el hormiguero, ni para obedecer un “sit” y recibir una galleta a cambio. Estamos obligados a crear nuestro destino sin un guión previo. Contamos con la gran herramienta del lenguaje, contamos con la capacidad de seducirnos desde el futuro con nuestros proyectos, lo que diferencia a nuestra inteligencia de cualquier otra animal o artificial y contamos con los otros, con el prójimo. La construcción de que hablamos es un proyecto compartido. Ahí están el proyecto de las palabras y el proyecto de la inteligencia. Ante nosotros se abre un horizonte sin caminos, pero será diferente el futuro según la dirección hacia la que dirijamos nuestros pasos. Las propuestas de que hablo dibujan senderos comunes porque sitúan su fin en el mismo orbe de la ética, en la consecución de un tiempo y un espacio donde todos los hombres dispongan de las mejores condiciones posibles para buscar su felicidad.

En ese gran empeño colectivo sitúa Mestre el valor y el significado de las palabras. El proyecto de la palabra libertad, de la palabra misericordia, de la palabra piedad… de la palabra compasión, diría Marina. Solo si somos dueños de las palabras y sabemos utilizarlas a nuestro favor podremos defendernos contra el gran robo, el enorme latrocinio de los usureros que nos arrebatan los derechos y nos manipulan hasta la conciencia de felicidad. Las palabras contra aquellos que nos venden la felicidad en un frasco de colonia, la libertad en las burbujas de un refresco, la suprema satisfacción en la victoria de mi equipo, la superioridad de mi patria, la imposición de mi dios ( dicho en pasiva, la derrota de tu equipo, la humillación de tu patria, la aniquilación de tu dios). ¿Habría sido posible el amor entre parejas de distinta clase y condición sin el Romeo y Julieta de Shakespeare?. La lucha por la dignidad, la lucha contra la esclavitud, por la igualdad de hombres y mujeres, por la seguridad jurídica, por el derecho a hablar… están sembradas de palabras. Mestre diría de poetas. Cuenta que John Keats, poeta romántico inglés, al ser preguntado sobre qué era un poeta, contesto algo así como que es quien se siente un igual ante todos los hombres, ni inferior a un rey, ni superior al último de los mendigos. Ese sentimiento de fraternidad fundamenta la ética.

Ahora me gustaría poder dirigirme a esos muchachos de los institutos de Segovia que han escuchado a Mestre estos días, para decirles que esos derechos de los que nos pensamos poseedores, son nuestros porque los hemos pensado y los hemos construidos con palabras y con el trabajo de tantos otros antes que nosotros. No nacemos con derechos del modo al que nacemos con un hígado. Por eso, para conservar el derecho a una educación universal, pública y laica, a una función en la sociedad que nos asegure un refugio ante la intemperie, a pensar, expresar, manifestarnos, elegir, participar… necesitamos reivindicarlos. Necesitamos las palabras y la determinación y la inteligencia y a los otros. Somos responsables de cada otro y él es responsable de nosotros, porque eso es lo que hemos decidido; ese es el proyecto de la ética, en el que cumplen su proyecto significativo las palabras. Citaba Mestre el título de un poema de Gabriel Celaya .” La poesía es una arma cargada de futuro” y planteaba que acaso podamos construir un tiempo sin imágenes bélicas y decir: la poesía es un alma cargada de futuro.

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