¿Por qué no repartir el trabajo?

Dediqué mi primera entrada a poner el punto de mira sobre la desigual distribución de la riqueza y concluía afirmando que la situación de injusticia se puede revertir, que otras políticas son posibles. Mirando la pirámide con que ilustraba ese post la solución salta a la vista: transferir la riqueza que acumula el piquito superior a quienes ocupan la inmensa base de los desfavorecidos. Espero poder ir plasmando o enlazando algunas ideas al respecto. Empiezo, no obstante con una que toca poco o nada a esa minoría de los ultrarricos, cuya acumulación – no me voy a cansar de decirlo – es injusta, antiética, aberrante, indecente y un dramático fracaso de nuestra construcción social. Quería hablar de una idea que implica la solidaridad de quienes tenemos un trabajo hacia quienes no lo tienen, una idea que estuvo y está en todos los manifiestos y reivindicaciones de los movimientos alternativos, que es inmediatamente aplicable desde la determinación política: el reparto del trabajo. La propuesta se concretaría en reducción, en principio generalizada (aunque pueden establecerse matices), de la jornada laboral, incentivo al trabajo a tiempo parcial, jornadas de 6 horas en trabajo a turnos.

a. De modo ideal, si en un momento dado en una semana laboral, el total de la producción requiere un total de Y horas de trabajo y la población activa suma N trabajadores, el número de horas que ha de trabajar cada uno es el cociente de ambas, Y/N. La mayor productividad o la mecanización no deben suponer perdida de empleos, aumento de excluidos e incremento de beneficio, sino reducción de horas de trabajo y por tanto distribución de la riqueza.descarga

b. Existen, variables que condicionan esa cuenta ideal, como que en determinados tipos de empleos acortar la jornada de un trabajador y repartir sus cometidos resta productividad. No es menos cierto, sin embargo que en otro tipo de empleos una jornada menor conllevaría más productividad por menor agotamiento y disminución de los accidentes laborales. Pero sobre todo existe la reticencia del empleador que prefiere prolongar el tiempo de trabajo y la intensidad más que aumentar el número de trabajadores porque considera los costes sociales mayores (sobre todo si escamotea parte de las horas). Ahora bien, esta propuesta, como  parte de un plan global, preferiblemente pactado en que el empleador , defiende que, con carácter general, la “cuenta del pleno empleo” debe ser un punto de referencia.

c. La experiencia y los modelos nos dicen que para crear un porcentaje de empleo es necesario hacer crecer el PIB al menos de dicho porcentaje, esto obligaría a hacer crecer la producción de riqueza en cantidad manifiestamente insostenible: explotación de recursos, generación de residuos, contaminación, etc.

d. El retorno a la normalidad económica debe implicar aumento de productividad y mejora tecnológica, lo que aumentaría, a jornadas laborales constantes, el desempleo estructural. Desde el punto de vista del empleo, la “revolución tecnológica” de la información y la comunicación, la 3ª revolución, tiene de peculiar frente a las dos anteriores  (agrícola e industrial) que no existe un nuevo sector significativo al que pueda desplazarse la mano de obra (Rifkin, J, El fin del trabajo. México,Paidós, I996). La Historia de la civilización supone una progresiva automatización de procesos; ello y el incremento de la esperanza de vida debería permitir una drástica disminución del gasto en inversión (nutrición y reproducción requerían el 100% de la energía y el tiempo de nuestros antepasados) y un aumento del gasto en mantenimiento, en vivir, en felicidad (Punset, E. El viaje a la felicidad. Barcelona, Destino 2005). Si la riqueza generada en procesos automatizados se acumula en lugar de repartirse, lejos de ser fuente de tiempo y felicidad lo será de desigualdad e inseguridad.

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