¿Quiénes son los antisistema?

Las elecciones europeas han dejado una resaca de incertidumbre y miedo entre quienes piensan en la política como “su” modo de vida y entre los medios de comunicación que les sirven de altavoz. En su nerviosismo espetan descalificaciones genéricas sin muchos argumentos. Una de las más repetida es “anti-sistema”. La cuestión está en qué entendemos por “sistema”. Si hemos de entender un  modo tal de gobernarnos que posibilita la explotación del hombre por el hombre, la exclusión del desfavorecido, la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, la miseria para millones de congéneres, la pobreza extrema y la muerte por hambre y enfermedades fácilmente curables de un niño cada 30 segundos… , entonces antisistema no sería un insulto, sino más bien una alabanza.  Sin embargo, si por sistema entendemos el modo en que hemos decidido organizarnos para que la sociedad posibilite la felicidad de sus individuos y la justicia, es decir, un modo que aun está en construcción, en conflicto, pero que tiene objetivos definidos, ¿Quienes son los a favor y quienes los “anti”? Dedico esta entrada a pensar un poco sobre ello.

Margaret thatcher

Esta extraordinaria especie a la que pertenecemos se originó y ha evolucionado superando su vulnerabilidad mediante la cooperación, la empatía, el reconocimiento de los otros, la creación de vínculos con ellos y, al tiempo, mediante la conciencia individual, la constitución de una identidad propia a la que no le sirve el determinismo genético como guía de comportamiento. Somos constitutivamente híbridos de egoísmo y altruismo, somos individuos sociales y somos la única especie capaz de autodeterminar sus modos de actuar y organizarse desde el futuro, mirando a lo que queremos ser y no desde el pasado, desde el dictado de los instintos. ¿Y donde hemos decidido ir? Sin duda, a la búsqueda de la felicidad (En anteriores entradas del blog esta teoría está desarrollada y sustentada con algunas citas y referencias; o sea que a los 4 lectores habituales os resultará repetitivo, pero necesito iniciar así la reflexión ). He aquí los ingredientes de un conflicto permanente individuo – sociedad, entre los comportamientos que maximizan mi propia felicidad y los que contribuyen a la felicidad social, a la justicia. Necesitamos a los otros, progresamos en tanto somos miembros de una sociedad que progresa, pero las motivaciones egoístas son, como señaló Russell y como nos muestra el laboratorio de la Historia, más potentes que las altruistas. De este conflicto nace la política, nacen las morales, las normas, el derecho. Es imprescindible regular el modo de organizarnos para evitar que las pulsiones egoístas: el gorrón, el corrupto, el que se aprovecha de lo conseguido como comunidad sin aportar, acaben con la cohesión de la comunidad y, a la postre, con todos sus individuos.
No defiendo un desarrollo lineal de la Historia, pero sí veo con claridad que los hombres buscamos la felicidad y sólo podemos construir nuestros caminos hacia ese objetivo en el marco de sociedades que posibiliten para todos sus individuos condiciones que lo permitan. Me parece bastante gráfica y bastante fiel con la realidad la imagen de un bucle. Los humanos, las civilizaciones avanzan y retroceden, caen en los mismos errores, tropiezan con las mismas piedras, pero van creando nuevas ideas y nuevas praxis en el camino hacia una sociedad que destierre la explotación, la marginación, el sufrimiento innecesario del hombre por el hombre. Es “La lucha por la dignidad” (lo entrecomillo porque es el título del ensayo de J.A. Marina y M de la Válgoma que estudia esa evolución). Una lucha que ha producido grandes victorias. Voy a hacer mención sólo a una: la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su preámbulo dice: “La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana. (la cursiva en iguales y todos es mía). A partir de aquí nos reconocemos mutuamente derechos y los incorporamos en nuestras constituciones nacionales. Se trata de auténticos contratos sociales (no ya el teórico contrato constituyente de la sociedad o del cuerpo social de que hablaron Rousseau o Hobbes), pactos que rigen entre gobernantes y gobernados, acuerdos que suponen la base de nuestro sistema social.
Y dicho esto vuelvo a la pregunta del título ¿Quiénes son los antisistema? Hay ciudadanos reclamando más democracia, que los gobernantes no sean diferentes de los gobernados, que su acción se dirija a igualar las oportunidades, a igualar el acceso a los recursos y la riqueza que la sociedad genera, a evitar la discriminación y el sufrimiento, a universalizar servicios esenciales y el acceso y ejercicio efectivo de los derechos. Hay ciudadanos que acumulan cantidades enormes de riqueza y recursos en sociedades cada vez más escandalosamente desiguales, que utilizan el sistema de lo público para maximizar su propio beneficio, que niegan a sus conciudadanos el acceso al trabajo, a condiciones materiales mínimas, al ejercicio efectivo de sus derechos bajo la premisa de que nadie debe impedir al individuo progresar todo lo que pueda (aunque necesitan de lo público para posibilitarlo y, eventualmente, rescatarlos). Es posible que algunos de los primeros lleven camisas étnicas de comercio justo y se sumen a cada marea reivindicativa y algunos de los segundos vistan traje y corbata y se sienten en consejos de administración. No nos dejemos engañar. Hay ciudadanos e ideologías que defienden la generación del mayor beneficio “para mí, aquí y ahora” a costa de sus conciudadanos, de nuestros hijos y del planeta. No me cabe duda. Ellos son los antisistema. La gran consigna contra todo sistema social, contra la construcción de la órbita de la ética, contra el progreso, aunque sea haciendo bucles, hacia la ciudad feliz, esto es, hacia la justicia, es esta: “No existe la sociedad, tan solo individuos” y no la pronunció un joven con rastas, sino Margaret Thatcher.